Roberto Monroy Álvarez

Será difícil encontrar a un testigo que recuerde a todos; los que podrían hacerlo están ausentes

Rodolfo Walsh, Operación masacre

Santiago nos lleva al Espacio Memoria, antes Escuela de Mecánica de la Armada. Está algo emocionado. Aunque no estoy en Argentina investigando, le he hecho saber mi interés en el tema. De algún modo le alegra que la experiencia argentina, iniciada por el golpe de 1976, es todavía motivo de debates. Si bien no todo el complejo donde se encuentra el espacio funcionó como centro de detención, el campo en su totalidad, durante la postdictadura, se transformó en museos, centros culturales y oficinas de organismos vinculados con los derechos humanos. Hoy, la visita del Museo Sitio de Memoria, ubicada en el edificio principal que funcionó, dice Pilar Calveiro, como un campo de concentración sudamericano, está enmarcada por la advertencia de que ese espacio es una prueba judicial. ¿En qué juicio? ¿Contra quién? ¿De qué es prueba? No lo sé, pero hay sin duda, en las paredes que se ocuparon como una prisión clandestina, cierta espectralidad entre los rastros dejados allí. El edificio mismo, argumenta Rolando Javier Bonato, por su posición geográfica cerca del Río de la Plata, se convirtió en testigo de la desaparición, las torturas y los llamados vuelos de la muerte. Un testigo que solo puede testificar bajo el trabajo arqueológico allí elaborado por visitantes interesados no en una fotografía turística. Santiago, L y yo permanecemos poco tiempo, porque es sábado y el museo debe cerrar temprano, según nos indican. Es enero del 2024, y yo, interesado en el tema, volveré el lunes siguiente, extraviándome de camino al lugar, pues la zona donde se encuentra el complejo queda lejos del popular microcentro, donde me hospedo; quiero entender ese proceso donde los detenidos, víctimas o guerrilleros, eran conducidos a un anonimato límite, convirtiéndose, en la gran mayoría de los casos, en paquetes lanzados al mar, o quemados en hogueras llamadas eufemísticamente asados. Ese último fue, tal vez, el caso del escritor y periodista Rodolfo Walsh, desaparecido en 1977 y cuyos restos hoy siguen en un paradero desconocido. Un año después exactamente de la primera visita, ya con la motosierra descansando del trabajo de recorte, el gobierno de Milei no terminó de clausurar el Espacio de Memoria, pero sí lo dejó sin trabajador o presupuesto que lo procure en un doble sentido, como símbolo de cultura, pero también de barbarie. Es enero otra vez, y se levanta una exposición colectiva que tiene como objetivo, además de albergar la obra de artistas como L, ocupar el espacio de la memoria para hacer ver que este no está olvidado. No sé si lo consigan; lo cierto es que el edifico en una monumentalidad peligrosa, silenciosa, sigue siendo el único que sabe el destino de muchos olvidados, incluido el del escritor de Operación masacre.

Imagen cortesía del autor

La Jornada Morelos