

A/ Redonda la vasija
como la Tierra, como el Sol, como el Absoluto.
Uno se sienta al aire libre, a la orilla de Pátzcuaro; enciende un puro y sigue con la mirada las volutas de humo que van hacia las estrellas –en ningún cielo, Amaranta, hay tantas estrellas–. De pronto percibe el movimiento de la Tierra, de los astros, del agua que corre sin cesar. De pronto se sabe uno parte de esa máquina infinita y no distingue entre el resbalar de los cielos y el correr de la sangre; no sabe separar tu cuerpo del mío de la noche del agua de la vida.
No hay verdad que sea más profunda que el amor; de pronto, vuelve a deslumbrarme la revelación.
B/ Tierra, de pronto
me parece tocarte

en todos tus contornos
de medalla porosa,
de jarra diminuta,
y en tu forma paseo
mis manos
hallando la cadera de la que amo,
los pequeñitos senos,
el viento como un grano
de suave y tibia arena;
y a ti me abrazo, tierra,
junto a ti duermo,
en tu cintura se atan mis brazos y mis labios,
duermo contigo y siembro mis más profundos besos.
Pablo Neruda
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

