

Fuego
Magdalena sumergió la punta de su pluma de ganso en el frasco de tinta colocado en la mesa principal de su hacienda. Las palabras alineadas en el pergamino producían un ligero ruido de raspadura al escribirse característico del desgaste. La pluma se abrió un poco más, arriesgando romperse. La mujer enunció entonces las frases por venir en voz alta, subiendo el tono en aquellas que encontraban eco en ella. Eres una romántica insaciable, hubiera asegurado la señora Suárez de encontrase con su amiga en aquel atardecer. Por cierto, Magdalena hubiera asentido con el rostro un poco más inclinado sobre su carta sin terminar. Rogelio, sí, Rogelio era su inspiración secreta desde el encuentro de los amantes durante el concierto dominical. “¿Cómo sabes que este hombre es el que siempre has esperado?” Magdalena le hubiera contestado a su amiga desconcertada. “No lo sé, no es cierto, tan lo sé que lo siento en mí como una verdad incuestionable, absoluta diría”.
Sueño con lugares en los que nunca he estado, sueño con historias que aún no he escrito o leído, en esos mis sueños conjuro fantasías, porque soñar es mi lujo, en un mundo que trata de robártelos escribe Magda en su cuaderno rayado de apuntes, tratando de no pensar en Roger, el hombre que vive en sus sueños nocturnos y despiertos desde que se conocieron afuera del conservatorio de música. Ella es pianista y él toca el saxofón. Nunca han cruzado una palabra, pero sí han tocado piezas donde los instrumentos comunican mejor que en cualquier conversación incipiente entre dos foráneos. Ahora, no existe pensamiento suyo desprovisto de su presencia, por ínfima que ésta sea. ¿Cuándo se volverán a ver?, ella no lo sabe, pero esta situación ni siquiera la preocupa. El momento llegará justo cuando tenga que ocurrir el reencuentro. Recoge una pluma de ganso del piso, preguntándose por qué ventana pudo haberse introducido en su casa. Mientras sucede la cita que aún no se define, Magda sigue componiendo canciones para su amado.
Lena y Helios se encuentran en la plaza central, disfrutando de los fuegos artificiales cuyas chispas de colores fraguan su paso por debajo de las estrellas del cielo nocturno. Es día de San Valentín. “Mira, una pluma de ganso. Siempre he querido escribir un poema con una”. Lena la levanta y se la muestra a Helios en una extraña sonrisa de complicidad. Sus miradas se encuentran, ambos envueltos en un momento de conexión, reconociéndose de lugares y tiempos lejanos, intentando precisarlos a sabiendas de que resultaría imposible.
Con la traición a los sentimientos genuinos como máximo exponente del individualismo renuente a los esfuerzos y consensos de la época en que ellos viven, el amor se define como un acto revolucionario, tal vez el único. Un corazón encendido siendo la llama más poderosa, un estandarte capaz de avanzar sin miedo de por medio en los senderos accidentados de la vida, sin sucumbir ante el llamado ilusorio de las sirenas de la inteligencia que pretende artificializar aún más las relaciones humanas. Su misión: que el amor desaparezca de la faz de la tierra.
Lena y Helios siguen mirándose. Este es un sueño propio, una historia naciente con rumbo indefinido. Sin embargo, ellos ya decidieron seguir este camino desconocido, el único seguro hacia su reencuentro en tiempo presente.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM

