Breve crónica de una vacuna inhalada 

Gabriel Millán* 

Entre 20 y 40 niños y niñas están formados en el patio de la escuela primaria Miguel Hidalgo; van vestidos con su uniforme habitual. Murmuran y hablan entre ellos, junto al murmullo se escucha el ruido constante de un compresor de aire. Es un día sin nubes y seguramente caluroso bajo los rayos del sol. Un día cualquiera en el noroeste de Morelos. 

Los niños y las niñas estamos formados frente a un módulo de vacunación itinerante de los Servicios de Salud del estado. Quienes estamos en la fila vamos a recibir una vacuna contra el sarampión. La vacuna no será inyectada sino en aerosol, una vía de aplicación experimental en ese momento. Estamos en la colonia Ciudad Chapultepec, en Cuernavaca; es 1990 y México experimenta un enorme brote de sarampión. 

Junto con el de 1985, el brote de 1989-1990 sería uno de los más grandes que viviría el país, con un total de 89,163 casos reportados y 8,150 muertes, lo que ubicaría al sarampión en 1990 como la segunda causa de muerte en niños de 1 a 14 años y la sexta causa de mortalidad infantil. 

¿Qué debía hacerse frente a un brote de sarampión de esta magnitud, que ponía en riesgo la vida de las niñas y los niños de todo el país? Sin la menor duda, vacunar masivamente contra esta enfermedad y eso hizo el sector Salud: además de hacer campañas intensivas para vacunar a las infancias menores de 1 año, también se incluyeron a escolares, a quienes en muchos casos se les aplicó la primera dosis de vacuna y, en otros, les fue administrada una dosis como refuerzo. 

Morelos fue uno de los 13 estados del país en los que se usó un método experimental de la vacuna contra el sarampión, que consistía en inhalar un aerosol de la misma vacuna que se utilizaba en forma inyectada. Este método había sido desarrollado en México a inicio de los 80 por Albert Sabin, quien en los 60 había creado la vacuna oral contra la polio. Era ingenioso, más barato y permitía vacunar masivamente a muchos más escolares.  

El proceso para aplicar la vacuna en aerosol comenzaba con la preparación de un equipo compacto y móvil, diseñado para operar incluso en zonas sin electricidad. Estaba integrado por un compresor de aire de 12 voltios (como los usados para inflar llantas) y una batería de auto que le suministraba la energía durante toda una semana antes de necesitar recargarse. 

El equipo para vacunar estaba integrado por tres auxiliares de enfermería: una realizaba la inmunización; otra accionaba el compresor, preparaba el biológico, recargaba los nebulizadores, reponía el hielo frappe en los vasos dentro de los que se colocaba el nebulizador y la vacuna; y la tercera hacía el examen para excluir o incluir a los niños en la vacunación y los registraba. Cuando el compresor de aire se accionaba se producía una nube de “vapor” que era conducida por un tubo flexible hasta el extremo donde había un cono de plástico que servía de soporte y dentro, otro cono de papel, de los que se usan para tomar agua, que se desechaba con cada uso. 

Si cierro los ojos puedo verme en la fila y pasar al módulo; recuerdo un color verde, seguramente de los uniformes. Después tener el cono de papel tapando la nariz e inhalar ese vapor por unos segundos, 30 según los documentos. Aún después de tantos años, tengo muy clara la sensación medicamentosa al respirar esa nube, el olor y sabor en la nariz y detrás de la garganta.  

En ese momento sabía que nos habían vacunado, pero jamás me enteré para qué enfermedad. Solo recuerdo que días después tuve mucha fiebre, también vómito y quizá diarrea. Durante años conté a amigos y conocidos sobre esa vacuna que me habían aplicado, pero nadie parecía haber recibido algo así.  

Pasó mucho tiempo, hasta que hace algunos años compartí auto con un investigador en salud pública, ex funcionario de los Servicios de Salud. Mientras platicamos sobre muchos temas, recuerdo haberle mencionado la vacuna en aerosol, a lo que él respondió, palabras más o menos: “ah, tú fuiste uno de esos”. Me dijo que, efectivamente, se habían aplicado dosis de vacuna contra el sarampión en aerosol, y que había sido una decisión nacional ante la emergencia que había representado el sarampión en esos años. Él fue quien me contó que ese proceso se había descrito en la revista Salud Pública de México.  

El texto en cuestión es “La vacunación antisarampionosa en México por el método de aerosol”, publicado en 1996. En el ensayo los autores describen el proceso de aplicación de este método vacunal y aseguran que “la vacuna en aerosol ha demostrado ser igualmente inmunogénica que la subcutánea en este grupo de edad [menores de 6 meses]”. No obstante, reconocen que “se requieren estudios que evalúen de manera controlada la eficacia y seguridad de esta vía de aplicación” y destacan que se encuentran “trabajando en ensayos clínicos controlados para evaluar estos aspectos”. 

… 

De 1988 a 1990, entre 3.7 y 4 millones de niñas y niños de 13 estados del país fuimos inmunizados con la vacuna antisarampionosa en aerosol. En años posteriores se realizaron muchos estudios y ensayos clínicos para evaluar la efectividad de este método en México y varios países más. Uno de los más grandes se realizó en la India (publicado en 2015), donde la vacuna por aerosol mostró ser menos efectiva que a la vacuna inyectada en niños menores de 1 año.  

Actualmente ningún país utiliza la vacuna contra el sarampión en aerosol como método de inmunización.

*Comunicador de ciencia / Instagram: @Cacturante 

Imagen tomada de «Cien años de salud pública en México. Historia en imágenes» 
Gabriel Millán