El arte de no hacer nada

Cynthya Maya* 

En esta vida tan acelerada, cuántas veces podemos disfrutar de momentos a solas, de momentos de inactividad, de no pensar en el trabajo, los pendientes, la casa. Y es que el no hacer nada es un privilegio. ¿Cuántas personas pueden no hacer nada? Pienso en las mujeres que además de trabajar tienen que cuidar a hijas o hijos, o madres y padres. De acuerdo con la última Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (2024), las mujeres destinan el doble de tiempo en actividades no remuneradas, comparadas con los hombres. Sin embargo, aunque en las mujeres es evidente la carga excesiva de trabajo, no es extraño encontrar tanto hombres como mujeres que tienen dos o tres trabajos; que no cuentan con vacaciones; personas con horarios extensos que la vida se les va en el trabajo y en el transporte público; ante eso, ¿en qué momento se puede tener tiempo para no hacer nada?

Si además agregamos la autoexplotación y la autoexigencia constante, quedamos pocas personas privilegiadas que podemos dedicar tiempo para no hacer nada y es extraño cuando una tiene la oportunidad, inclusive la desaprovechamos porque estamos tan acostumbradas a estar siempre haciendo cosas, a estar aceleradas que, aunque lo anhelemos, a veces no sabemos qué hacer con ello, al menos eso fue lo que me ocurrió a mí.

Después de casi dos años en el trabajo en el que laboro actualmente, tomé cinco días de vacaciones continuos en los que me propuse viajar, no hacer nada y desconectarme de todo; ir a la playa, estar sola, descansar, leer. Cuando empecé a planear mis vacaciones la idea sonó magnífica, pero la ejecución no fue tan sencilla.

Y se preguntarán, ¿qué tan difícil es no hacer nada?, pues tiene sus complicaciones.

Lo primero que eché de menos en el viaje fue estar cerca de gente querida; tenía mucho que no viajaba sola y es que, aunque disfruto los momentos a solas, en los viajes me gusta platicar sobre lo que vamos viendo, percibiendo, sintiendo; considero que el compartirlo va nutriendo la experiencia.

Además, cuando llegué a la playa me empecé a sentir enferma (gripe). La enfermedad para mí es un tema complicado porque además de sentirme mal físicamente, también me afecta emocionalmente. Así que llegando me sentí sola, triste y lejos de casa; deseaba estar acompañada.

Rápidamente fui mejorando y así mi ánimo. Empecé a disfrutar mis vacaciones. Salí, caminé, fui a un museo, leí en la playa, comí delicioso. Pero ese disfrute duró poco porque empecé a ver por todas partes publicidad sobre las ofertas de entretenimiento que había en la ciudad. Comencé a pensar que me estaba perdiendo de todo, que al estar recostada en el hotel no estaba disfrutando de lo divertido, de lo que debe hacerse y me empezaba a generar cierto malestar no estar haciendo algo, el estar solo descansando y leyendo, a pesar de que esa era mi idea inicial.

¿Debería ir a correr a la playa?, ¿debería andar en bici por el malecón?, ¿debería rentar un coche e irme a las playas más famosas de estos rumbos?, ¿debería reservar un tour para ir a las dunas?, ¿debería rentar una lancha y hacer esnórquel?, ¿debería ir a nadar con leones marinos?, ¿debería explorar manglares, ver delfines y ver el amanecer en una lancha?

Todo sonaba maravilloso, pero en realidad no quería hacer nada de eso, solo me sentía presionada, ¿por quién?, por mí misma, pero también por todo a mi alrededor, la presión social de demostrar que hacemos cosas increíbles. De hecho, hasta pensé que debía ir más a la playa para broncearme porque si no regresaba “quemada” iba a parecer que no fui a la playa. ¿Pero a quién debería importarle más que a mí?

Al final no pude con la presión, con mi misma presión, y decidí ir a la playa más famosa del lugar: Balandra. Ya me estaba imaginando las fotos que me iba a tomar con la formación rocosa en forma de hongo que todas las personas, que vienen por esos rumbos, presumen. Le pedí a una taxista que al día siguiente pasara por mí no tan temprano, porque quería conservar mi idea de descansar y no presionarme; esta decisión provocó que no pudiera entrar a la playa porque hay ciertos horarios de entrada y un cupo limitado de personas, por lo que si quería acceder debía formarme y esperar dos horas. No quise estar ahí sentada encerrada en un coche para obtener “la foto”, así que la taxista me llevó a la playa contigua, a la cual llegaban las personas después de visitar Balandra.

Recostada en un camastro disfrutando de un fresco ceviche pensé en la posibilidad de regresar al otro día para tomarme la foto con el hongo, obviamente más temprano. Ajustar mi día para hacer eso, luego ir a mi cita de masaje (una de las pocas actividades que planifiqué como parte de mi idea de descanso) y después al aeropuerto. Me estaba presionando, nuevamente, de manera innecesaria, ¿para qué?, ¿por qué no seguir con el plan tranquilo y relajado?

Al final de mi viaje pensé en lo complicado que fue estar sola sin hacer nada, y pensé en Cristian Castro, en cómo él podía hacerlo y que inclusive invitaba a la gente a intentarlo, “le quiero enseñar a la gente a no hacer nada porque siempre quieren hacer algo las personas”. Me parece que en parte podría ser el resultado del ritmo acelerado con el que vivimos, a ser siempre productivas y a las expectativas que nos imponen y nos autoimponemos; también creo que nos estamos acostumbrando a la estimulación constante y las recompensas inmediatas que nos brindan las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), que incluyen celulares, computadoras, internet, televisión, redes sociales, software y aplicaciones, que nos hace más difíciles los momentos de contemplación, lectura y descanso. Al menos es lo que percibo en mí.

Seguramente estas reflexiones las describe a detalle Byung-Chul Han en su libro “Vida contemplativa: elogio de la inactividad”, libro que aún no he leído, pero que, si alguien me lo regala, lo agregaré a mi lista de lecturas pendientes de este año; un año en el que espero dedicar más tiempo a la contemplación y a la lectura.

Ave volando en el cielo

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La única foto que conseguí del Hongo de Balandra (estaba pintada en el hotel donde me hospedé). Foto: Cortesía de la autora

*Comunicóloga, salubrista y godín en el sistema de salud. / c.maya.hdz@gmail.com

La Jornada Morelos