

la vida es solo
un óvulo y un esperma
y el lugar donde se encuentran
y qué tan frecuentemente y qué tan bien
y lo que ahí muere.
Renée Nicole Macklin-Good

¿Y si todos los poetas fueran terroristas domésticos? Esto, según la declaración de una de las funcionarias de la administración de Trump, Kristi Noem, al referirse a la poeta asesinada en Minneapolis, Rénee Nicole Macklin-Good, el pasado 7 de enero por un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés).
Sí, terroristas domésticos. Bribones que imitan la realidad y por eso hay que expulsarlos de cualquier república, como dijo Platón. Kamikazes, marginados, videntes para Rimbaud. Contempladores y rescatistas del instante en la imaginación pródiga de Gaston Bachelard. Gente rara cuyo oficio es arder. Personas buenas para nada y aptas para inventar problemas. Seres humanos desviados del camino que en tiempos de inteligencia artificial no poseen futuro. Hombres y mujeres que siempre se equivocan porque no se adaptaron al lado “correcto” de la historia. Si es que la historia es lo que cuentan los que invaden, colonizan, arrasan territorios, cuerpos y mentes. Si es que la historia vale para aprender porque es miope, ve borroso, anda sin lentes y la graduación aumenta con los siglos hasta que se queda ciega, como el amor. Entonces lo único que resta es la poesía para disparar en defensa propia de lo humano. Si eso es ser terrorista, Kristi Noem tiene razón, pues en este nuevo orden neoimperial, tecnoídolatra, cuya esfera de influencia es un destierro absoluto del espíritu, una rendición obligada a la “moral” de Donald Trump; en este mundo que antepone el dinero, el petróleo, el litio y aluminio; en este mundo que zombifica a los seres humanos mediante el crédito, el consumo de las imágenes en que se convierten, el narcisismo caníbal de Instagram, en este mundo, los poetas contraatacan. No se dan cuenta de su poder, eso es lo más bello. Su resistencia cultural es la fuerza del aliento de los ángeles que, aun cuando László Krasznahorkai, afirma que esos seres divinos se han quedado sin mensajes, en la poesía hierve el núcleo secreto de lo que nos salvará. He ahí el porqué todo fascismo mata o persigue poetas.
Como Lorca, como Ajmátova, como Pasternark, como Tsvietáieva, Macklin-Good no estaba cómoda en su espacio ni en su tiempo. Era una agobiada madre de tres hijos y una poeta en ese país cada vez más entregado al fentanilo, a la inflación, a la doctrina “Don-Roe”, a toda una distopía transformada en realidad. Ni Orwell, Bradbury, Huxley habrían podido describir los excesos de esta nueva SS llamada ICE. La cosecha de su horror ocurre frente a los ojos del planeta y la poesía va despertando de un largo sueño, de una pesadilla dentro de otra pesadilla para la cual sí está preparada. Después de ese letargo y como arma cargada de futuro, la poesía resuena aun cuando creemos que no es poesía, es decir, cuando la limitamos al lenguaje; sin embargo, abandona su coma. Hablo de lenguaje enhiesto. Lenguaje que cuaja como óvulo fecundado. Lenguaje a la altura del puño que levantan las panteras negras de este siglo.
Ahí tienen su resistencia. Ahí, en lo más agrietado del imperio. No vale decir tierra adentro, sino suburbio en ristre porque podemos imaginar una pantera blanca o un león negro. Esas son las paradojas, el invencible oxímoron de la poesía porque la muerte que es una gran traidora también es el toque de la trompeta de los versos que sobreviven en tiempos de hambre, ¿para qué poetas en este momento?, se preguntó Heidegger. ¿Qué decía el mensaje de los ángeles?, es la gran incógnita que Krasznahorkai señala. Guarden silencio. Escuchen un poema.

Memorial a Rénee Nicole Macklin-Good. Foto: Cortesía de la autora

