

Crónica de una carrera. Final
Me sentía exhausto. No era un cansancio ordinario, sino una sensación de agotamiento que comenzaba a nublar mis pensamientos. Avanzaba un poco empujando la bicicleta hasta sentir que el cansancio me anegaba; luego soltaba la bici (a veces la recargaba en algo, a veces la dejaba caer), doblaba el cuerpo apoyando las manos en las rodillas, tomaba aire y continuaba. Otras ocasiones me tiraba al suelo a sentarme, tratando de ocultarme del intenso sol y más de una vez me recosté, sintiendo las manos y la cara entumecidas.
En algún punto, después de un par de pequeñas bajadas en roca, la cadena empezó a salirse del plato. Avanzaba un poco y de nuevo se salía. Los hombres del staff me preguntaron si todo estaba bien. Les expliqué lo que pasaba y que suponía se había doblado el desviador. El de mayor edad revisó el plato y dijo: se dobló un diente del plato. Era una desviación apenas visible, pero lo suficiente para “botar” la cadena. “¡Lo que faltaba! ni de bajada voy a poder pedalear”, pensé. El hombre sacó una llave inglesa ajustable (perica) de su bolsa de herramientas o de un canguro, no lo recuerdo, con firmeza enderezó el diente y asunto arreglado. A seguir empujando y pedaleando.
En una de las subidas más escarpadas vimos un pequeño arbusto de hojas verde marrón, con tallos y frutos espinosos. A primera vista, los frutos rojos y redondos parecían jitomates pequeños. Tomé foto y pensé en después buscar qué era. Días después encontré la planta pertenecía al mismo género: Solanum, que además de los jitomates (Solanum lycopersicum), incluye plantas comestibles como las berenjenas (Solanum melongena) y las papas (Solanum tuberosum). Este género es parte de la familia solanaceae, que engloba otros 97 géneros y alrededor de 2,700 especies que incluyen desde plantas tóxicas como mandrágora (Mandragora autumnalis) y belladona (Atropa belladona), hasta el tabaco (Nicotiana tabacum) y los cientos de chiles (Capsicum sp.), donde, por cierto, México posee más de 60 variedades de la especie Capsicum annum. Un dato curioso es que el jitomate, la papa y los chiles son plantas originarias de América. Así que la parafernalia de la comida italiana con su salsa pomodoro no existiría sin nuestros jitomatitos americanos, y podríamos (deberíamos) pensarla como obra del colonialismo y la apropiación gastronómica; un fenómeno que también ocurre con el cacao, originario de América, pero apropiado por países europeos.
De regreso a la carrera y el tortuoso camino de subida, el guía más joven me decía, tratando de animarme que todo está en la mente. “Sientes que no puedes porque escuchas a tu cuerpo” y luego algo que no recuerdo con exactitud pero que sonaba como “la grandeza del hombre es el dominio de su cuerpo” o algo así. Sé que lo decía con convicción y de buena fe, pero en ese momento me parecían palabras de más. Ahora que no estoy exhausto y puedo pensar con claridad sus palabras me sirven para reflexionar sobre lo “incrustada” que tenemos la creencia de la separación entre cuerpo y mente, muy a lo Descartes: res extensa y res cogitans. Para Descartes tanto mente como cuerpo pueden existir de forma independiente. Para él la mente existe más allá del cuerpo. Esta idea que prioriza la mente sobre el cuerpo presupone que una puede existir sin el otro. Que “la mente pueda dominar al cuerpo” como si se tratara de una entidad externa, no es más que el reflejo de la creencia en la mente como alma. No obstante, lo que entendemos por mente, los procesos cognitivos ocurren en el cuerpo, en ese complejísimo órgano que es el cerebro. Cuando el cerebro falla o muere, la mente, la consciencia, mueren con él. Pensar que la mente está fuera del cuerpo es creer la fantasía de un alma que sobrevivirá después de que nuestro cuerpo muera.
*Comunicador de ciencia

Instagram: @Cacturante

