En el corazón del Centro Histórico, un edificio de varios pisos se convirtió en un termómetro de una disputa que rebasa sus pasillos y vitrinas. La Plaza Izazaga, conocida también como México Mart, concentra mayoristas ligados a redes de mercancías asiáticas, sobre todo textiles, electrónicos y artículos de bajo costo, y al mismo tiempo emplea, en condiciones precarias, a personas migrantes latinoamericanas. Hoy, ese cruce entre bienes y movilidad humana la colocó en la mira del Estado mexicano, en un momento en que la presión comercial y la presión migratoria se mueven en paralelo. Aquí algunas notas.

La escena no es nueva, pero sí más intensa. Desde 2019, Donald Trump amenazó con imponer aranceles a México si no endurecía su política migratoria, y en el mismo periodo se instaló la idea de que el país podía funcionar como “puerta trasera” para el ingreso de ciertos productos chinos. En respuesta, el gobierno mexicano combinó medidas que van desde cambios arancelarios a textiles de origen asiático, hasta el reforzamiento del control migratorio y operativos en espacios comerciales específicos. En 2024 y 2025, Izazaga apareció como un blanco recurrente de inspecciones, decomisos y anuncios de extinción de dominio.

La Plaza Izazaga está ubicada en José María Izazaga 89, y su tamaño alimenta su peso simbólico: 16 pisos y un promedio de 40 tiendas por nivel. Afuera, un letrero en español anuncia “México Mart”, mientras que otro en mandarín apunta a un vínculo más directo con el comercio global: “Ciudad de Comercio Internacional de Yiwu, China”. Esa mezcla de lenguajes también es una mezcla de circuitos: mercancías que llegan por rutas de importación complejas y redes de distribución que irrigan desde lo formal hasta el comercio popular.

En ese entramado, el trabajo migrante aparece como engrane. Antes del cierre, el lugar vendía ropa, electrónicos, accesorios y juguetes a precios bajos, y funcionaba como nodo mayorista. La administración estaba en manos de comerciantes chinos, mientras que una parte importante de empleados eran migrantes hondureños, venezolanos o colombianos, con pagos en efectivo y sin contrato ni prestaciones.

La sucesión de operativos ubicó a Izazaga en el centro del debate público sobre piratería, comercio chino y “seguridad económica”. En marzo, julio y noviembre de 2024 se realizaron inspecciones y suspensiones de actividades. Pero el punto de quiebre llegó el 28 de noviembre de 2024, con un despliegue que involucró a dependencias federales y que fue presentado como una cruzada contra mercancía ilegal. Se reportó el decomiso de miles de productos, valuados en 7 millones de pesos, además de la intención de aplicar extinción de dominio al inmueble.

El argumento oficial se apoyó en denuncias ante el IMPI por parte de empresas como Disney, Marvel y Nintendo, por la venta de artículos sin licencias para uso de marcas y personajes. El discurso público insistió en la legalidad y en la protección de la industria mexicana. En ese contexto, desde la Secretaría de Economía se buscó despegar la operación de una orden directa desde Washington. Marcelo Ebrard ironizó con la idea de que Trump estuviera “preocupado” por Izazaga, en una frase que circuló como síntoma de la sospecha que acompañó al operativo: ¿era solo antipiratería o también un gesto político de cara a Estados Unidos?

El cuestionamiento creció porque la intervención se concentró en un enclave visible, mientras otras zonas de comercio popular y plazas con mercancías similares han tenido de manera histórica una vigilancia intermitente. Si la mercancía llegó, ¿por dónde entró?, ¿quién controla las aduanas?, ¿por qué el foco se fija en Izazaga y no en el mapa completo del comercio informal en la ciudad? La operación, así, pareció funcionar también como narrativa de control.

Tras meses de negociaciones, el inmueble reabrió en marzo de 2025 bajo un esquema más regulado y con un giro simbólico: un piso dedicado a artesanías mexicanas. Para unos, fue corrección institucional. Para otros, fue la señal de que el objetivo no era “apagar” el mercado, sino reconfigurarlo y administrar su visibilidad, su legalidad y su lugar en el Centro Histórico.

En el fondo, el caso revela una política de doble carril. México es, a la vez, frontera de contención migratoria para Estados Unidos y un territorio que se volvió atractivo para la relocalización industrial (nearshoring) en medio de la rivalidad Washington-Pekín. Esa paradoja se traduce en decisiones concretas que gestionan dos flujos distintos, mercancías y personas, con herramientas que se parecen: vigilancia, operativos selectivos, endurecimiento de controles y mensajes de “cumplimiento” hacia audiencias internas y externas.

La historia de Izazaga también ilustra cómo la “frontera” se desplaza hacia adentro. No solo se controla en garitas o ríos. El control se reproduce en ciudades, corredores comerciales, estaciones migratorias y espacios de trabajo precario. En esta lectura, un edificio en el centro de la capital puede operar como punto de condensación donde se cruzan comercio, control territorial y movilidad migrante, sin que el gobierno necesite declarar explícitamente que ambos temas van juntos.

Esa simultaneidad es, el núcleo del argumento: no hay evidencia documental que vincule de manera directa cada operativo con presiones diplomáticas específicas, pero sí hay coincidencias temporales y una lógica de Estado que articula medidas comerciales, control migratorio y administración del espacio urbano. Bajo esa lógica, intervenir Izazaga sirve para mostrar capacidad de control sobre un “enclave” visible, donde la legalidad se percibe como gris y donde los costos políticos pueden desplazarse hacia actores con menor capacidad de defensa, como trabajadores precarizados y población migrante.

Leído en conjunto, el caso sugiere que la confrontación China-Estados Unidos no se queda en discursos de cancillerías ni en cifras macro de comercio. Aterriza en espacios concretos: plazas, bodegas, operativos, sellos de suspensión, decomisos. Y aterriza, también, en cuerpos concretos: quienes cargan, atienden, distribuyen, venden, esperan. Izazaga, así, aparece como un microescenario donde se hace visible la manera en que México intenta equilibrar presiones externas con prioridades internas, mientras gestiona, con intervenciones selectivas, los flujos que hoy definen buena parte de la política regional: la mercancía y la migración.

*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.

Víctor Villarreal Cabello