

¿Se puede amar al humo, reencender a las abuelas, interrogar a un alhelí, hablar con una mariposa seriamente? Sí. Todo eso es posible en el mundo mágico y cósico de la poesía. Sobre todo, si la escribe Marosa Di Giorgio, esa alquimista de lo vegetal y lo invisible, esa voz que convierte lo doméstico en prodigio y lo cotidiano en revelación. En su universo, la ternura le gana al dolor de la sangre derramada, y la infancia —esa edad anaranjada— se ilumina con velas, fogatas, luces que también brillan como fuegos artificiales para recordarnos que no todo está perdido. Que el mundo, incluso en su extravío, sigue siendo una cuna donde cada año nace un símbolo de salvación, una promesa encarnada en lo mínimo: una fruta, una flor, una caja de papel de plata.
La Navidad, en la lectura de Marosa, se convierte en un ritual de memoria. No es sólo la celebración del presente, sino la invocación de quienes estuvieron antes: las abuelas con sus cruces de canela, las glicinas con su antigua actitud de uva, los gallos salvajes con su voz de plata. Cada elemento convocado es un testigo que regresa para recordarnos que la fiesta no se sostiene en el consumo inmediato, sino en la persistencia de los símbolos. La memoria se enciende como una fogata: ilumina lo que fue, lo que aún duele, lo que todavía late. Así, la Navidad se vuelve un acto de resistencia contra el olvido, un espacio donde las ausencias se transforman en presencias, donde el humo, las flores y los frutos se convierten en guardianes de la continuidad.
Hoy más que nunca necesitamos de esos rituales, de los recuerdos de nuestros muertos y amores pasados rozando nuestra alma en su mejor mención. Los milagros de esta época, sin duda, son urgentes. Hablo de las palabras que por fin siguen a una estrella, que se dejan alumbrar por emociones verdaderas. Esa es la luz omniabarcante que aparece en las fachadas, en las mesas de las convivios, en el baile de las caudas de las piñatas. Creemos que el adorno es pretexto, pero en realidad es sentido: razón de ser del tiempo que olvida que es tiempo para imaginarse encantamiento.
Así que en el poema de Marosa estas fechas distan mucho de ser un acto solitario: son una convocatoria. Se llama a todos, incluso al más pequeño y al que estaba más lejos, porque la fiesta se sostiene en la reunión de voces, en el coro que rompe la soledad. Es un tiempo donde las presencias se multiplican y las ausencias se vuelven compañía. El humo, las flores, las abuelas, los gallos, las mariposas: todos se reúnen en un mismo espacio simbólico, como si la poesía tejiera un manto común. Ese eco comunitario es la verdadera música de la Navidad: una polifonía que nos recuerda que la salvación no es individual, sino compartida, que el milagro se enciende cuando nadie queda fuera de la llamada.
De todos esos esos brillos hay uno, el de los ojos que dan el mejor regalo. La mirada que grita o declara su amor en un tempo de ternuras o de latidos porque el corazón es el imán más poderoso de todos nuestros cuerpos, porque besarse, tocarse, abrazarse, decirse lo que se ama y por qué, es el mejor regalo como hechizo, es la única verdad que vale sin pretensiones de ser el mejor obsequio de la estancia o la caja con más poder debajo del árbol de Navidad.
De todos esos brillos hay uno que prevalece: el de los ojos que entregan el mejor regalo. La mirada que grita o declara su amor en un tempo de ternuras y latidos, porque el corazón es el imán más poderoso de todos nuestros cuerpos. En esa fuerza magnética se cifra la verdadera Navidad: besarse, tocarse, abrazarse, decirse lo que se ama y por qué. Ese gesto, que parece sencillo, es en realidad el hechizo más antiguo y más eficaz, la única verdad que vale sin pretensiones de grandeza. Ninguna estancia adornada ni caja con poder debajo del árbol puede competir con la transparencia de un abrazo o con la intensidad de una confesión amorosa. Allí, en la desnudez de la emoción compartida, se revela el milagro: la certeza de que el mejor obsequio es siempre el vínculo humano, la ternura que nos sostiene.

También la falla humana, agrego. También la torpeza que enamora, la fragilidad de un interior que no sabe qué hacer con sus heridas, pero está dispuesto a mostrarlas para ser entendido, para pedir ayuda. Pongamos en nuestros brindis todo eso, alcemos nuestras copas en nombre de la magia “y que vengan las verónicas de entonces, las pálidas verónicas —errantes entre las flores y los árboles y el humo— que devuelvan el rostro del azúcar, el retrato de los higos. Y que se mande el aviso a las glicinas para que traigan su vieja actitud de uva. Y a la populosa granada, y a la procesión de las yucas, y al guardián de los nísperos, amarillento y odioso, y a mi cabellera de entonces, todo llena de brujas y planetas, y a las cabañas errantes, y al ángel de los cerros, el de las amatistas —con un ala rosada y la otra azul— y a los azahares del limón, grandes como nardos. Y que vengan todas las cajas de papel de plata, y todas las botellas de colores, y también las llaves y los abanicos, y el pastel de Navidad parado en sus zancos de cerezas.”
*Escritora.

