

Corsi e ricorsi: un bucle infinito en la montaña. Crónica de una carrera
(Segunda parte)
Apenas salí del asfalto el ascenso comenzó sin tregua. Ya en la terracería el camino empezó a complicarse. No solo por el grado de inclinación de la pendiente, sino por el terreno profundamente irregular, con surcos y arena suelta que te hacía derrapar, y pedruscos que absorbían el impulso al ir avanzando. No habían pasado ni 2 horas desde el inicio de la carrera y ya dudaba de la bici que había decidido llevar.
Mi falta de experiencia en una carrera de MTB me hizo pensar que era buena idea llevarme la bicicleta Surly Ghost Grappler en vez de la Giant Talon. “Con las llantas 2.6 a baja presión, no creo que necesite más”, pensé. La Ghost Grappler es una bici que podríamos llamar “moster gravel”. Está fabricada en acero cromoly; con tijera fija, dropbar, dropper post, grupo AdventX 1×10 (11-48t), plato de 38t y unas poderosas llantas Butcher 2.6, montadas sobre aros de 40 mm que las hacen súper anchas, lo suficientemente robustas para absorber los impactos del camino, o eso creía yo.
Al ser de acero, la Grappler es pesada. Además, las llantas anchas y el plato 38t la vuelven muy ruda para pedalear en subidas técnicas, sobre todo si no se tiene mucha fuerza y resistencia en las piernas. Además, como no tiene suspensión cada piedra frena el movimiento y puede hacer que te pares en seco. Cuando llevas suspensión eso no pasa, ya que el amortiguador va “comiéndose” las irregularidades y mantiene la llanta pegada al suelo, lo que permite “flotar” mejor sobre baches y piedras.
El camino seguía y en muchos tramos el terreno me detenía, trataba de volver a pedalear, pero la llanta trasera se barría una y otra vez, haciéndome seguir caminando para retomarlo. Con mucho esfuerzo intentaba mantener la cadencia para subir pedaleando (ya en el piñón más grande), mientras veía cómo otros competidores pasaban a los lados y se alejaban. Pensé en lo mal que lo estaba haciendo y comencé a desanimarme.

Seguí empujando la bici y en algún punto donde se redujo la pendiente logré pedalear sin detenerme. Vino una bajada, recuperé aliento y me animé. El descenso estuvo muy bien y llegué a otro punto decisivo: a la izquierda serían 55 km; a la derecha, 62 km. Confesaré que la soberbia se apoderó de mí cuando en la bajada alcancé a un grupo de ciclistas jóvenes que me habían pasado durante la subida. Ellos dieron a la izquierda y yo, queriendo demostrar que sí podía más, me fui a la derecha, a los 62 km.
De ahí hacia cerca del primer punto de hidratación recorrí la ruta solo. Crucé un túnel y más adelante vi a la primera ciclista después de un buen tramo en solitario. Seguí detrás de ella pedaleando suave, con un calor que ya prometía ser sofocante. Terminó otra cuesta y vino una bajada en la que derrapé y caí. Como iba a poca velocidad, no pasó de un raspón. Poco después de esa bajada y otro túnel (si no me falla la memoria) llegué al primer punto de hidratación. Había agua y plátanos. Bebí mucho, llené los botellines, comí tres pedazos de plátano y seguí detrás de un grupo de unos 5 ciclistas (hombres y mujeres) que parecían venir juntos.
Intenté seguirle el paso a ese grupo, sin lograrlo. Me fui quedando atrás hasta que los perdí. El calor y sol ya eran muy fuertes y paré un poco para descansar. Me senté sobre unas maderas, saqué una manzana para comer y bebí agua. Eran las 10:45 a.m. y estaba cerca del kilómetro 20, aún faltaban 42. Seguí empujando la bici en la subida, que sería la más empinada, de alrededor de 10 km.
A poco me encontré con un chico y una chica que también empujaban sus bicicletas. A decir verdad, no los percibí tan cansados como yo me sentía ya. Ella, sobre todo, tenía una actitud alegre y relajada. Estaba tomándole foto a su bici y me ofrecí a tomarle una con su móvil. Venía de CDMX, me explicó, con un grupo de amigos que iban mucho más adelante, “ellos sí le dan”, dijo. Me senté en busca de sombra, intercambiamos palabras de aliento entre los tres y comenzamos a caminar.
La subida se repetía en bucle: subir empujando la bici, intentar pedalear, bajarse, volver a empujar, pedalear, bajar, volver, detenerse… un bucle, un bucle en la montaña. Hubo un momento en que la ciclista siguió y el chico y yo nos quedamos atrás, recuperando el aliento. Me contó que ya había hecho varias carreras, pero nunca una tan larga. Se arrepentía de haber tomado los 62 km y yo me arrepentí con él. Seguimos y el bucle regresó: empujar, pedalear, tomar agua, pedalear, empujar, detenerse. Revisé la altimetría de la carrera y le dije: “en algún punto debe bajar. Vamos más de veinte kilómetros, si a la mitad es la parte más alta, solo nos faltan máximo 10”. Continuamos. Caminamos, empujamos. El tiempo pasó de forma indefinida, todo lo sentía como si le ocurriera a alguien más, como si viera la película de dos tipos cuyo destino era caminar y empujar, parar, caminar y empujar. Corsi e ricorsi.
Seguíamos caminando y empujando. Los pies se resbalaban en la arena y se atoraban con las piedras. Hacía mucho calor y el sol ya me quemaba horriblemente la cara, sobre todo la nariz. Me dolían los hombros de empujar la bici y las manos de apretar el manubrio. Nos detuvimos de nuevo y nos sentamos en el suelo. Me recosté aunque había insectos o moscos o algo que me picaban las piernas. Me sentía tan cansado que no reparé mucho en ellos, eso lo haría por la noche, luego de bañarme, cuando vería las decenas de marcas en mis piernas y sentiría una desesperante e intensa picazón.
Al buscar en internet qué me había picado y qué hacer, me enteraría que no eran ni moscos ni insectos sino ácaros. Aradores, pinolillos, coloradillas, tlalzahuates; tienen muchos nombres. Lo que leí es que en su fase larvaria se adhieren a la piel, inyectan saliva que licúa las células cutáneas y luego se alimentan de ellas, es su saliva la que causa esa intensa picazón y aunque no son de importancia médica, la sensación que producen me recordó a la sarna. Horrible.
A los pocos minutos de estar sentados apareció un ciclista que en lugar de número de la carrera tenía un cartel con la palabra STAFF sobre el manubrio de la bicicleta. Amablemente nos preguntó si todo estaba bien, si éramos más y nos indicó que era del staff y que éramos los últimos. Teníamos que seguir, dijo, y nos advirtió que venían otros compañeros suyos, checando que nadie se quedara. Otros minutos después (o muchos, no sé realmente) aparecieron dos ciclistas más, ambos de STAFF. Uno era joven, no más de 30 años, de piel morena, alto. El otro era un hombre mayor, 50 años o más, unos 10 cm más bajo que el joven.
“Somos del STAFF” —dijo el mayor— “Ahora sí que ya les cayó el chahuistle”. Me sorprendí con sus palabras. Contesté que estábamos descansando y que después seguiríamos el camino. “No los podemos dejar. Tenemos que llevarlos, es nuestra chamba”, respondió. Mi sorpresa aumentó. No sabía que había un límite de tiempo para hacer la carrera, tampoco tenía idea que uno no podía tomarse el tiempo que necesitara para recorrer la ruta (como cuando uno ciclo viaja). Mi plan era descansar un buen tiempo, tomar agua, quizá dormir un poco y esperar que bajara el calor para seguir. Esto se salía de mi plan y me obligaba a continuar. Sentí que un rayo me recorrió la espalda: el bucle empezó de nuevo. Empujar, detenerse, pedalear, empujar, detenerse… El bucle nunca iba a terminar. Corsi e ricorsi.
*Comunicador de ciencia / Instagram: @Cacturante


