Con el cartílago de la nostalgia, Marisol Vera Guerra ha tejido un poemario que no sólo canta: reverbera. Su voz, premiada y profundamente encarnada, se despliega como una constelación de memorias femeninas que sostienen la vida y le dan sentido al porvenir. En cada verso, la genealogía se vuelve carne, se vuelve eco, se vuelve advertencia.

La madre habla. La abuela advierte: “Las mujeres sin el dolor somos muñecas de papel maché.” Y esa frase, como un conjuro, atraviesa el libro como columna vertebral. No hay aquí ornamento ni consuelo fácil. Hay una poética del temblor, del deseo contenido que se derrama en charcos sobre la tierra, en la espuma que anuncia la lluvia, en la reverberancia sonora de otras lenguas que iluminan el texto como relámpagos íntimos.

Este poemario no teme a la dualidad: la puta y la madre se abrazan en el centro de la página, dos mujeres salvajes que no se excluyen, sino que se reconocen. En ese abrazo, el presente se afina como el ojo que detecta la geometría de las alas de los insectos, la simbólica presencia de los cuervos que vigilan desde el borde del poema.

Marisol Vera Guerra ha escrito desde el surco de la memoria, desde el barro donde germina la palabra. Su escritura es lumínica, sí, pero también es barroca, orgánica, feroz. Cada poema es una ofrenda a las mujeres que nos anteceden, a las que nos enseñaron que el dolor no es debilidad, sino forma de resistencia.

Pero bucear en estas aguas es peligroso si no se está aferrada a una raíz. Como si el poema fuera un cordón umbilical, un rizoma de vida que advierte de la carne y sus pasiones. Marisol Vera Guerra escribe desde un cuerpo que no tiene nada que no sea cicatriz o canto. Un cuerpo que canta con alas ligeras, donde el llanto “es una flor de agua mecida por el viento”, y esa flor limpia la bóveda celeste, inmanta el camino de las aves, convoca lo invisible.

Lo ancestral se vuelve mitológico en las revelaciones de la abuela. No hay otra palabra posible más que el bufido de la víbora. El lenguaje aquí es animal herido, lengua que se defiende, que se arrastra, que muerde. “Esta es la lengua de tus ancestras / no dejes que muera en el zarzal / comida por los aradores”, dice el poema, y es un llamado urgente. “Ésta es la palabra que retorna al río / pídele al Espíritu del Viento que la guíe.”

Este poemario es un conjuro, una cartografía de lo femenino que no se domestica. La puta y la madre, las abuelas y las niñas, las víboras y las aves: todas habitan estas páginas como presencias vivas, como memorias que no se resignan al olvido. El ojo afina, detecta, se acerca. La lentejuela brilla como una lágrima que no se esconde. Las alas de los insectos trazan geometrías que sólo el cuerpo sabe leer.

Y así, al final, lo que queda es una reverencia. No sólo ante la poeta, sino ante la genealogía que canta en ella. En suma, este libro no se puede leer sin temblar. Porque cada verso es un espejo donde nos vemos con nuestras cicatrices, nuestras lenguas vivas, nuestras ancestras que aún nos hablan desde el zarzal. Por ende, la escritura se vuelve alquimia, cuerpo vegetal, pensamiento encarnado. Porque escribir poemas —como lo hace Marisol Vera Guerra— es una forma de hablar con la muerte desde la vida.

“La abuela decía que morir es dejar de tener miedo / yo pienso que el miedo no siempre es mi enemigo / y que escribir poemas / es una forma de hablar con la Muerte.” Y en ese diálogo, la poeta no se rinde: canta, recuerda, convoca. Su voz es raíz, es víbora, es flor de agua mecida por el viento. Es la lengua de las ancestras que no debe morir en el zarzal.

Este poemario es un cuerpo nuevo, hecho de arena, de memoria, de deseo. Un cuerpo que bulle, que canta, que se defiende. Un cuerpo que nos llama a mirar con el ojo afinado, a escuchar el bufido, a abrazar la dualidad, a sostener la genealogía como faro. Porque en estas páginas, la vida y la muerte se abrazan como dos mujeres salvajes. Y el poema, como siempre, es el lugar donde todo puede volver a empezar.

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Alma Karla Sandoval