

Minerales y piedras: mucho más que objetos inertes
Hay objetos que parecen inertes. Una piedra, por ejemplo. Fría, callada, sin una historia aparente ni intención alguna: incomunicada. Una piedra está ahí, en el camino y seguimos de largo, sin darle importancia. Ella, la piedra, no se mueve; aparentemente permanece sin cambios, sin transformarse, pero no es así. La piedra puede ser un obstáculo, pero también es un fragmento de mundo que persiste. ¿Qué puede decirnos una piedra?
Para John Sallis en Piedra (Editorial Pre-textos. 2009), la piedra no significa nada. No se deja representar, ni absorber por el lenguaje. Y es justamente esa resistencia la que la vuelve un objeto filosófico. Frente a la tradición que piensa el origen de la filosofía en el asombro o la admiración, Sallis plantea que el pensamiento nace de encontrarse con algo que no cede, que interrumpe. Esta idea va contra la tendencia contemporánea de buscar una utilidad en todo, un sentido, una función. En su absoluta indiferencia, la piedra se vuelve símbolo de lo que escapa a esa lógica. No nos habla, pero está. No produce, pero pesa. No responde, pero desafía. Es una presencia muda que, sin embargo, condiciona el espacio del pensamiento.
La piedra, además del abordaje de Sallis es el insumo de geología. En La flecha del tiempo (FCE, 2020), el siempre virtuoso explica cómo la geología cambió nuestra manera de entender el tiempo. A través de fósiles, capas de roca, estratos, pliegues y rupturas, las piedras se erigen como un archivo, como una fuente de datos. No es que digan algo, pero guardan marcas. El tiempo profundo, esa noción que pone en crisis cualquier cronología humana, está escrito en ellas. Jay Gould nos muestra que el mundo que habitamos tiene una historia abismal, desmesurada, que no gira en torno a nosotros ni responde a nuestra escala. A veces se olvida cuán reciente es la conciencia del tiempo geológico. Hasta hace poco, las piedras eran simplemente materia útil o escenografía. Pero al mirarlas con atención, con instrumentos y teorías, se descubrió que encierran edades, extinciones, catástrofes. Atestiguan y, preguntándoles de la forma correcta, podemos saber lo que vieron y lo que tienen qué decir sobre la historia del mundo. Entender esto cambia todo: desde el lugar que ocupamos en el planeta hasta la urgencia con la que deberíamos pensar nuestro impacto en él.
La piedra y el mineral no solo pueden ser pensados desde la filosofía o vistos desde la geología. Así lo demuestra Jussi Parikka en Una geología de los medios (Caja negra, 2021). En este texto Parikka argumenta que no hay tecnología digital sin minería. Cada pantalla, cada procesador, cada dispositivo “inteligente” está hecho de minerales extraídos de la tierra, como el silicio y el litio, por mencionar solo dos de los minerales principales. Los minerales y su extracción rara vez se mencionan en los discursos entusiastas sobre “la nube” o la inteligencia artificial. Pero sin ellos, no habría nada de eso.
Si la cultura digital, a pesar de su aparente inmaterialidad, se sostiene literalmente de los recursos de la tierra, habría qué pensar cuál es la historia subterránea que da vida a nuestra forma de comunicarnos, o qué relación hay entre la obsolescencia programada y la explotación mineral. En este punto la piedra es una infraestructura invisible, silenciosa pero fundamental. Y, por supuesto, finita.

Ahora que la crisis ecológica nos respira en la nuca y la inteligencia artificial nos hace temer el futuro, volver la mirada a la piedra y lo mineral tal vez sea una forma de volver a empezar por lo básico, pensar más lento y con más profundo. Debemos reconocer que frente a la aparente inmaterialidad de la tecnología y la IA, parafraseando a Berman, “todo la nube se desvanece en la piedra”.
*Comunicador de ciencia / Instagram: @Cacturante

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