El tono del maestro de la narrativa francesa, Pascal Quignard, alcanza para acercarse a la obra de la mexicana Antolina Ortiz Moore. Al menos al principio de Azul humo, la novela con la cual ganó el cuarto Premio Iberoamericano de Novela Ventosa Arrufat y Fundación Elena Poniatowska Amor. Sin embargo, los referentes se agotan, Ortiz inventa un azul que Quignard no logra hacernos ver ni sentir. Ambos autores apuestan por un lirismo múltiple cuya sensorialidad enhiesta nos captura. Leer a Antolina equivale a deleitarse con la historia de la migración japonesa en México durante los años de las mayores crisis del siglo XX: revoluciones, guerras mundiales, bomba atómica, pero no es sólo eso, la huella del exilio se multiplica en cien azules que titulan cada fragmento presentando no una laguna con centenar de tonos, sino un cielo con su tierra inédita, un catálogo de nubes y de flores imposibles como poco probable, pero cierto, resulta el perfume de las sirenas, las notas de los frutos rojos en su canto .

Más que una novela de imágenes triunfadoras por derivación que episodio tras episodio suma con la delicadeza de un aire estético en el libro y brisas arrancando pétalos, más que ese milagro con sinestesias, en Azul humo es posible encontrar un mapa resiliente. Quien escribe está buscando eso, aun si no lo sabe: un cáliz o piedra filosofal que el lector intuye, es decir, el camino amarillo, en este caso añil, que lleva a la parte menos caliente del infierno. Hablamos de la clave de cómo contraponer la belleza al horror de la tortura, la violencia de los campos de exterminio, el cáncer de cada época con sus respectivas variaciones.

En medio de esa xenofobia, de cartas que no llegan de una punta a otra del mundo, del delirio de un facteur quien las intercepta para distraer su duelo, hay una madre y un hijo que siguen hablándose, una conversación epistolar imposible de detener, un lazo de sangre y leche incluso más fuerte que la historia. De eso trata la novela, del amor que salva. Un mensaje que cualquier historia rosa, que no azul, trata de comunicar; la diferencia es la prosa elegante de Muñiz Moore, el tejido de datos poco conocidos, por ejemplo, que en México hubo campos de concentración para japoneses pasando la revolución o que los jacarandas (así, en masculino porque son árboles, quizá uno de los pocos reproches que le hago a esta novela: esa fidelidad gramatical, ergo normativa in extremis, esa neutralidad inobjetable, esa pulcritud que desarma, esa perfección desconcertante que se precipita al cierre) fueron plantados por manos orientales distanciadas de la tierra y libertad tan utópicas como revolucionarias de los mexicanos incapaces de embellecer la urgencia de los fusilamientos y la bola analfabeta, enemiga de los hacendados. Esto demuestra, desde la mentira de la ficción, una verdad que el retorno de los discursos de extrema derecha no puede vencer: la alteridad aporta, no resta. Las migraciones enriquecen, transforman el paisaje más para bien que para mal.

Antolina Ortiz Moore siempre ha tenido claridad para escribir gracias a la empatía de su pluma y la contemplación de la poeta que la sostiene cuando narra. Es difícil hallar en su obra líneas vacías, carentes de sentido. La musicalidad de la respiración acompaña al coro de esta novela donde colores y flora se vuelven personajes como en La vegetariana de Han Kang. Un referente barato frente a la seda lingüística, al lujo de la expresión de esta escritora viajera y fotógrafa, es Mal de amores de Ángeles Mastretta que comparte con Azul humo el marco revolucionario, pero esta última rebasa el polvo y la sangre para alzar el vuelo de las corolas porque no conforme con fundar proyectos ecológicos, con coordinar la siembra de once mil árboles en Coatepec, Veracruz, Antolina planta y riega con su voz jacarandas convertidas en página o en papel arroz para que la vida sobre la muerte siga dando fruto:

Seguí enviando postales a mi madre, a pesar de su silencio. Le describí el olor a arroz en la piel de un bebé, el sabor a un curado de fresa, por contraste —baboso en mi paladar— y del mole de olla, el chicharrón, las tortillas. Describí la revolución que se extendía por las calles de México. Le describí el huitlacoche y la flor de calabaza frita con ajo, un grano de maíz, un árbol de jacaranda y su sombra acostada sobre las banquetas, una pico-de-gallo, una salsa de chile serrano, la alegría de amaranto con miel, una ensalada de nopales, una sopa azteca, un tequila, un tepache y el sol de mediodía detrás del Ajusco luego de una tormenta con granizo, le describí mi felicidad junto a Umi, y el silencio de mi padre como el suyo, aunque cercano. Le hablé de los globos de Cantoya que deshacían su luz en lo oscuro al subir al cielo.

Otra observación: lo que une a Cartucho de Nellie Campobello con Azul humo, más allá de la escenografía revolucionaria, es el formato postal de los capítulos, las fotografías que eternizan flores, barcos o animales dóciles de origami. Muñiz Moore enfoca con lente imaginario una visión de mundo donde el honor y la delicadeza del horizonte se traducen en potencia de nuestro entorno tal como lo consigue lo mejor de la narrativa japonesa cuando Kawabata, por nombrar a alguien, poetiza sobre la nieve tan bella como triste. No puedo dejar de citar este guiño de la autora:

El rostro de mi madre estaba esculpido en la madera, donde de la mano de mi padre empuñaba el bastón. Era tiempo de las últimas nieves en Kioto, en primavera. Mis recuerdos se hundían en el recuerdo de pétalos. Escuchaba las pisadas en esa nieve imaginaria que caía de los sakura en flor. Estaría temblando el viento entre las flores. Se escucharía la risa de los niños. Los cerezos susurran, pensé. La nieve de pétalos estaría perfumando el aire.

¿Se nota el triunfo de la sinestesia en este lirismo por demás inteligente? La respuesta es hasta obvia, pero la retórica de la pregunta es necesaria porque cuando nos dicen que “los cuentos de poetas no funcionan” o que el engolosinamiento imaginativo de la prosa en las novelas las daña, algo que, dicho sea de paso, se les critica a las autoras y no a los autores como Mishima, el mismo Kawabata o García Márquez, lo que en verdad trata de hacer esa crítica huera es denostar el genio sensible, la libertad sensorial que en Antolina es, ya dije, una cualidad compartida con autoras como María Negroni o una experta en tejer diversos registros: poéticos y/o históricos, como Angelina Muñiz-Huberman. Dos referentes que sostienen a la literatura con sangre, a la que el mercado no puede ni podrá descalcificar. Sumo a esos nombres el de Antolina Ortiz Moore, cuyo lugar en la historia de nuestra narrativa se ha ganado. Debemos leerla para entender que un color no es sólo un color, sino decenas de instantes que iluminan el mundo de otra manera. Eso es soñar escribiendo y al cerrar los libros de esta autora, como quien despierta de una larga noche, nos quedamos con jacarandas de origami en la memoria.

*Escritora

Alma Karla Sandoval