Fleur Gouttefanjat*

Durante el periodo neoliberal, México conoció un importante proceso de desmantelamiento y de privatización de sus principales industrias e infraestructuras y de restructuración profunda de su territorio que lo subordinaron, como nunca se había visto antes, al desarrollo capitalista de EEUU. Este profundo cambio del rostro de la economía mexicana quedó evidenciado en el emplazamiento masivo y acelerado de capitales extranjeros en el país y en la expansión del modelo de la maquila. Con lo cual México se volvió, básicamente, un apéndice de la estructura productiva de EEUU.

En este marco, se buscó drenar el campo de sus campesinos, para dar paso a la inversión extranjera. Mientras tanto, el sector agropecuario pasó de centrarse en la producción de granos básicos para el mercado interno a enfocar principalmente la extensión de cultivos aptos para la exportación (aguacate, berries, agave para tequila, limón, productos cárnicos, etc.), concentrados en islas capitalistas altamente tecnificadas. Este doble proceso, posibilitado por el diseño de una política agropecuaria a modo durante todo el periodo neoliberal, tuvo como principal consecuencia la devastación de las economías campesinas. Con lo que México terminó de entregar su soberanía nacional.

En efecto, esta destrucción de la agricultura campesina fungió como un vector clave para la colonización de mercados alimentarios por capitales extranjeros; la migración campesina y la huida de la fuerza de trabajo fuera del país; la destrucción de los tejidos sociales en zonas rurales; la desregulación en la gestión de recursos naturales estratégicos (suelos, agua, biodiversidad, bosques, etc.) y la pérdida de control geopolítico sobre ciertas franjas del territorio nacional.

Ante este contexto, la administración de López Obrador (2018-2024) y, posteriormente, la de Claudia Sheinbaum (2024-2030) dejaron en claro que la recuperación de la soberanía nacional de México tenía como uno de sus pilares fundamentales el rescate del campo y de las economías campesinas. A contracorriente de lo que se había hecho durante el neoliberalismo mexicano, diseñaron una política agropecuaria ambiciosa, centrada en el apoyo productivo a pequeños productores agrícolas. El centro de esta política agropecuaria, la “joya de la corona”, como lo dijo Armando Bartra, es el programa Sembrando Vida.

Este programa, que mezcla apoyos económicos, asistencia técnica, agroecología, reforestación, trabajo cooperativo y generación de valor agregado, fue implementado en el país a partir de 2019 y está presente hoy en 24 entidades federativas. Opera un presupuesto alto (39,100 millones de pesos para 2025), lo que representa más de la mitad de los recursos aprobados para la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural para este mismo año.

De 2019 a la fecha, Sembrando Vida fue halagado por unos, pero también muy criticado por otros. Ante esta situación, el presente número de Plaza se dedica a compartir investigaciones académicas recientes sobre los resultados que ha tenido el programa en distintos estados del país: Chiapas, Veracruz, Hidalgo y Guerrero. Esperamos que, con estos trabajos, los lectores de La Jornada Morelos puedan hacerse una idea más precisa del desempeño de este programa de bienestar en el país y de sus efectos sobre el rescate del campo.

Cobertura del programa Sembrando Vida por municipio (2025). Fuente: Fleur Gouttefanjat.

*Universidad Nacional Autónoma de México

La Jornada Morelos