A poco menos de cinco siglos de su fundación, la iglesia de la Asunción de María, hoy Catedral de Cuernavaca, no deja de asombrarnos. Es depositaria de quinientos años de historia local, pero también de uno de los tesoros de arte sacro más notables de México, acervo que nació gracias a un personaje olvidado en la memoria de Cuernavaca, pero fundamental en la constitución de nuestra identidad local: Doña Juana de Zúñiga, primera Marquesa del Valle de Oaxaca.

Los centenarios muros catedralicios, han sido también mudos testigos del paso de dos órdenes religiosas, diametralmente opuestas entre sí, una de ellas, los Franciscanos, dueños de las mayores virtudes cristianas y humanas. La otra con más visos de secta que de orden religiosa: los Legionarios de Cristo. Estos últimos, bajo la siniestra y criminal batuta de su fundador Marcial Maciel, ocasionaron uno de los más graves embates a la Iglesia de Roma en los últimos tiempos.

Los Franciscanos, fieles al legado del Santo de Asís, fueron los primeros religiosos en llegar a la Nueva España, convirtiéndose en la punta de lanza de la evangelización, con todo lo que ello representó en la conformación de la naciente nación mexicana. En 1529, iniciaron en buena medida bajo el mecenazgo de la marquesa, la construcción de la iglesia y convento de la Asunción de María. Dentro de los tesoros que dejaron los frailes, se cuenta la grisalla ubicada sobre la puerta que da acceso al claustro del convento, fresco magnífico de fines del siglo XVI, que representa momentos claves en la vida de San Francisco. De lado derecho, se aprecia al Santo al momento de la revelación en el Monte San Damián, cuando Cristo le pide reparar su iglesia, de lado izquierdo se le ve ya sosteniéndola simbólicamente. En la parte inferior, en mayor formato, se plasma a San Francisco, vistiendo el hábito y arrodillado frente al Papa Inocencio III en 1203, momento en que el Pontífice aprueba las reglas franciscanas. En suma, ese fue el instante del nacimiento de la orden. Hoy el espíritu Franciscano en Morelos es continuado por las Misioneras Clarisas muy queridas por la comunidad, no en vano, su fundadora, la Beata Madre María Inés, está próxima a los altares.

Hace semanas, la plataforma de streaming HBO Max estrenó la docuserie “Marcial Maciel: El lobo de Dios” la cual narra a detalle y con fuertes testimonios la vida de Maciel, la cadena de abusos sexuales a hombres y mujeres, sus adicciones y el ascenso de su imperio criminal, heridas ya conocidas con anterioridad, pero que nunca dejan de sorprender. Al final uno de los entrevistados resume de manera certera a Maciel y a su legión al declarar que infringieron el mayor daño a la iglesia Católica en el siglo XX, así como que generaron la mayor recaudación de fondos a una congregación en la historia de la misma.

En sus orígenes Maciel, sufrió el rechazo paterno por su perfil que distaba del prototipo viril y ranchero del México campirano de los años treinta. Entonces encontró una puerta de escape en una supuesta vocación sacerdotal. Su tío Rafael Guízar y Valencia, lo desautorizó expresamente para el ministerio sacerdotal, pero Marcial, ya mutando de lobato a lobo, no se dio por vencido y comenzó a pavimentar el sinuoso pero lucrativo camino para fundar su “congregación”. Así las cosas, el 12 de junio de 1948, el sexto Obispo de Cuernavaca Alfonso Espino y Silva, tras recibir la autorización de Roma, decretó la creación canónica de los Legionarios de Cristo, acto que se firmó en el retablo del Sagrario de la Catedral, ubicado en la Capilla del Santísimo. El retablo es una bella talla en madera y oro del siglo XVIII, y que en aquel entonces tenía al centro un magnífico óleo de la Guadalupana, que ahora se exhibe en el Museo de Arte Sacro de la Catedral. Lo paradójico aquí, es que mientras la grisalla da cuenta de la fundación franciscana en 1203, el retablo del Sagrario fue el sitio donde se constituyó en 1948 conforme a Derecho Canónico una congregación, que lo fue todo, menos una comunidad de fe.

Maciel, supo construir una red de sobornos en México y en la Santa Sede, un escudo de impunidad que le permitió no solo delinquir, sino evitar que Juan Pablo II conociera de sus crímenes. Los aliados de Maciel en México, apodados el “Club de Roma” fueron Girolamo Prigione, Norberto Rivera, Juan Jesús Posadas Ocampo, Juan Sandoval Iñiguez, Onésimo Cepeda, Héctor González y Emilio Berlié. Pero no hay crímenes perfectos, a pesar de que las víctimas de Maciel, por décadas no pudieron saltar el cerco de acero que representó el poderoso e influyente Club de Roma, tuvieron la fortuna de que, en 1997, llegó un nuevo Nuncio a México: Don Justo Mullor.

Mullor, figura cercana a Cuernavaca e intachable como hombre y pastor, aconsejó a las víctimas de Marcial, flanquear a la cooptada Secretaria de Estado Vaticana de Angelo Sodano y acudir directamente con el entonces Cardenal Ratzinger. Ese fue el comienzo del fin para Maciel, el resto de la historia es de sobra conocida. El Club de Roma reaccionó como fiera herida y lograron en el año 2000, la remoción de Mullor de la Nunciatura. Sin embargo, una figura de su peso y calibre, no podía ser enviada simplemente a casa y el Papa lo hizo presidente de la Pontificia Academia Eclesiástica, la antiquísima escuela diplomática y de gobierno de la Santa Sede. Años después, en una entrevista con la experimentada Valentina Alazraki, Don Justo Mullor, con congruencia y verdad reveló los detalles de la historia y valiente afirmó: ¡yo desenmascaré a Maciel!

*Escritor y cronista morelense.

Foto: Archivo del autor

Roberto Abe Camil