

El dolor de la violencia de género no se detiene con la muerte de una mujer. Quienes quedan atrás, sus hijas e hijos, sus madres, sus familias se convierten en víctimas indirectas, atrapadas en un proceso de duelo marcado por la impunidad, la revictimización y el abandono estatal. Así lo expresó Andrea Acevedo en una entrevista reciente, donde abordó con firmeza la urgencia de visibilizar estas historias que rara vez encuentran espacio en el debate público.
Desde su experiencia como activista y defensora de derechos humanos, Acevedo enfatizó que las víctimas indirectas del feminicidio enfrentan una doble injusticia: la pérdida de su ser querido y la falta de apoyo para reconstruir sus vidas. “Muchas veces, las abuelas tienen que asumir la crianza de los hijos de las mujeres asesinadas, sin recibir ninguna ayuda del Estado. No hay programas que garanticen su estabilidad económica ni su bienestar emocional”, denunció. El acceso a la justicia es otro obstáculo para estas familias, que a menudo se enfrentan a la impunidad y la indiferencia institucional. Acevedo explicó que los procesos judiciales son largos, desgastantes y, en la mayoría de los casos, no conducen a sentencias contra los feminicidas. “Cuando una mujer es asesinada, su familia no solo lidia con la pérdida, sino también con la revictimización de las autoridades. En lugar de acompañarlas, el sistema las hace sentir como si tuvieran que demostrar que su hija o hermana no merecía morir”, afirmó.
Las mujeres en prisión: el otro rostro de la violencia estructural
Otro de los puntos clave de la entrevista con Acevedo fue la situación de las mujeres privadas de la libertad, quienes, en muchos casos, han sido criminalizadas por razones profundamente ligadas a la desigualdad y la violencia de género. Acevedo explicó que muchas de ellas terminan en prisión por haberse defendido de sus agresores, por delitos menores vinculados a situaciones de pobreza, o por haber sido obligadas a participar en actividades ilícitas bajo amenaza. “Nos han hecho creer que la cárcel está llena de criminales peligrosos, pero la realidad es que muchas mujeres presas son víctimas de un sistema que no las protege ni les ofrece opciones”, dijo.
Un aspecto alarmante es la forma en que el sistema judicial castiga con mayor severidad a las mujeres. Según Acevedo, los estereotipos de género juegan un papel fundamental en los procesos penales. “Cuando un hombre comete un delito, se le juzga por su acción. Pero cuando una mujer es acusada, se le juzga también por no haber sido una buena madre, una buena esposa o hija. Se les impone una carga moral que no se aplica a los hombres”, explicó.
Dentro de prisión, las condiciones son aún más adversas. Las mujeres privadas de la libertad enfrentan una falta de acceso a servicios de salud adecuados, condiciones de hacinamiento y violencia institucional. Acevedo mencionó que muchas de ellas viven con sus hijos pequeños en entornos que no garantizan su bienestar. “El sistema penitenciario no está diseñado para mujeres, y mucho menos para madres con hijos pequeños. Hay una total indiferencia hacia sus necesidades”, señaló.

Un llamado a la acción
Para Acevedo, es fundamental que la lucha feminista no se limite a exigir justicia para las mujeres asesinadas, sino que también incorpore a quienes han sido silenciadas por el sistema: las víctimas indirectas del feminicidio y las mujeres encarceladas injustamente. “Si realmente queremos cambiar las cosas, tenemos que ampliar la conversación. No basta con hablar de los feminicidios, tenemos que hablar también de lo que sucede después, de las vidas que quedan en pausa por la violencia y la impunidad”, concluyó. “La justicia no puede ser selectiva”

