

Esta crónica viene de donde ya no va la gente, según dice la letra de una canción-homenaje al estado de Durango escrita y cantada por Jaime López, que lleva por sugerente título “Nadie va a Durango”.
Mi compadre José Rodríguez, conocido en el mundo del cine mexicano como Rolo, no solamente como actor, sino como referente en la conservación de archivos y promotor de la creación de filmotecas, nos cuenta esta historia como si fuera un guion cinematográfico desde una mesa del Belmont después de anclar la voz con un sorbo de cerveza: “Este lugar, donde estoy sentado, es un antiguo y tradicional bar fundado en el centro histórico de la capital de Durango. Recuerdo que el Belmont antes tenía otra entrada por la calle de atrás de donde estoy ahora, ya que siempre ha sido una sola construcción que cruza de una calle a otra. Un día, que no tengo claro en mi memoria, cerraron la entrada principal que daba a Constitución y abrieron por la parte trasera de la casa, dejando el acceso en la calle por la que vine hoy caminando, es decir, Bruno Martínez, en donde sobre la pared se lee un letrero con el año de su fundación, 1957”.
Rolo continúa su relato destacando un asunto singular: “Tras la barra del Bar Belmont estuvo por más de 30 años el Camotes. Así le decían a este simpático cantinero, nunca supe por qué. Atendía sonriente a los parroquianos que llegaban a la cantina, algunos desde que abría, es decir, a las ocho de la mañana (no cabe duda, a esas horas el Belmont era una tabla de salvación para muchos de sus visitantes). El Camotes cumplía con el sacrosanto oficio de bartender y diariamente, sin falta, llegaba puntual a abrir el bar”.
En su charla Rolo comparte una anécdota peculiar: “El Camotes era un hombre de costumbres, bebía en silencio en la barra mientras hacía la limpieza y atendía a los madrugadores hasta exactamente las diez de la mañana, a esa hora pagaba su consumo y caminaba las dos cuadras que lo separaban de la Iglesia de San Agustín donde permanecía hasta el sol de las doce, hora en la que regresaba al Belmont para seguir atendiendo y, por su parte, tomar una que otra copita, algo que hacía alegremente hasta las cuatro de la tarde. Esa costumbre, que se repetía todos los días, se convirtió en una leyenda conocida en toda la ciudad y durante años el Camotes la contó con gracia. Cada vez que alguien le preguntaba acerca de esta costumbre él contestaba: ‘Dos horas me bastaban de estar en la iglesia para expiar mis culpas, sobre todo, la de que me gusta beber’. Lo vi cumplir ese ritual, ese ir y venir a esas horas –nos confiesa Rolo–, todas las veces que visité el Belmont. Hasta que un día ya no regresó. Murió tal vez, no lo sé, pero hasta hoy los viejos parroquianos recuerdan que ese cantinero, con su imborrable sonrisa, decía casi como una blasfemia, y la repetía orgulloso: ‘Lo cierto es que el verdadero perdón a esa debilidad lo obtengo al estar cumpliendo siempre y sin falta en esta barra’”.
El Belmont, ese gran bar duranguense, guarda muchas historias. ¿Cuántos chismes, intrigas, amores rotos y bromas no habrán oído sus mesas en estos más de 60 años de vida? Además, tiene otras peculiaridades que Rolo comparte con orgullo. El Belmont es un lugar para tomar, no hay nada de botana o de comida, sólo saleros en las mesas. Sin embargo, si te entra el hambre, el mesero puede ir a traerte unos tacos de deliciosos guisados, algunos bien picantes que preparan en Los Faroles a tan sólo a dos puertas de distancia. O bien, si el antojo son unas gorditas duranguenses tienen que ser de Don Chilo aunque tardan un poco más, ya que están en otra cuadra, en la calle Negrete; mi compadre aclara la dirección por si algún día andan por allá, búsquenlas, recomienda, no se las deben perder.
Ahora bien, el último viernes de cada mes de las 13 a las 16 horas es casi imposible entrar porque está a reventar de clientes, ya que ese día religiosamente llegan los músicos de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Juárez del Estado de Durango quienes, según dicen ellos mismos, así se preparan con ánimo para sus conciertos, bebiendo gustosos algunos licores y disfrutando de unas gorditas o tacos, porque a las ocho de la noche se lleva a cabo el concierto mensual de la orquesta, en el teatro Ricardo Castro, que queda cruzando la calle del bar. Pero seguramente no es sólo la cercanía de su lugar de trabajo lo que atrae a estos músicos, sino que el Belmont conserva otra característica fundamental para cualquier consumidor, y que mi amigo Rolo presume con toda razón: “Hace un par de meses la cerveza costaba veinticinco pesos, ya subió a treinta –y bromea–, ¡casi un abuso! Lo bueno es que los precios no han cambiado en años, por ejemplo, los del mezcal, la copa, el de la sierra De Nombre de Dios cuesta 14 pesos; y un whisky (Black & White), el del perrito, como le dicen los parroquianos, en ese lugar cuesta la impensable cantidad en estos tiempos de 25 pesos”.

¿Qué más queremos, amigos de estas Vagancias? Les propongo que hagamos una expedición cuyo destino central sea el Belmont e invitemos a Jaime López, siempre y cuando venga acompañado de su guitarra y su armónica y nos cante, aunque sea algunas estrofas de su canción, la que en algunas partes dice así: “La diligencia, mi amor ya no circula, ni el Doroteo aquel un tal Arango, ni aventureros ni vagos valedores. Será por eso que nadie va a Durango. […] Se fue John Wayne y el pueblo es un fantasma ¿será por eso que nadie va a Durango? […] Ya el horizonte no es un potro bronco, pepitas de oro no hay tan a la mano […] ¿Será por eso que nadie va a Durango? Por el desierto no crece ya el delirio, la tarde pone su cara de venado y la esperanza se extingue como lobo ¿será por eso que nadie va a Durango? […]”.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad (elbiologony@gmail.com).


