
Cada 8 de marzo escribimos desde el mismo lugar. Ese lugar simbólico de pausa y corte, de revisión histórica, de reflexión, de estadística, de sueños colectivos y de ausencias que son herida abierta. Nuestras ciudades se llenan de nombres. Nuestras paredes hablan en colectivo, se convierten en manifiesto y recordatorio: nos faltan Mafer, Aylín, Nohemí, Viridiana, Kimberly, Oralia, Ofelia, Mariana, Dulce, Melani, Eva, Beatriz, Alejandra, Luna, Amairani, Camila, Ivón, Leslie, Daniela, Adriana, Patricia, Maylin, Yadira, Johany, Gabriela y muchas más.
El Día Internacional de la Mujer Trabajadora propuesto hace más de 100 años por Clara Zetkin en la Segunda Reunión Mundial de Mujeres Socialistas en Copenhague para exigir jornadas laborales más cortas, espacios dignos de trabajo, mejores salarios y el derecho al voto, se reconfigura año con año frente a las múltiples violencias que vivimos las mujeres a consecuencia de la desigualdad estructural, de los mandatos sociales que pese a los muchos avances formales en materia de igualdad, día a día se imponen con violencia para recordarnos nuestro lugar.
¿Qué pasa que, en vez de conmemorar nuestras luchas, honrar a todas las que sembraron camino para que podamos participar políticamente, estudiar, divorciarnos, decidir no casarnos o adquirir nuestras tierras a nuestro nombre, salimos a gritar que nuestras vidas importan? ¿Por qué la Igualdad formal conquistada en todos los marcos jurídicos que rigen nuestra vida social no se traduce en una vida sin violencia para las mujeres?: tal vez porque el patriarcado no se ha ido, sigue ahí, silencioso en cada institución, en cada centro de salud, en cada fiscalía, en cada escuela, en cada familia, en cada medio de comunicación, en cada cuerpo, sea de hombre o de mujer. Sigue en el mandato de la masculinidad, que necesita de la violencia para restaurarla y mostrar su virilidad a la fuerza.
El patriarcado se asoma cuando nos atrevemos a levantar la voz y señalar lo injusto. Se asoma cuando no pedimos permiso, para abortar, para relacionarnos sexo afectivamente fuera de la norma heterosexual, cuando elegimos vivir con la identidad de género que nos representa, cuando nos rebelamos a la obediencia.
Pero también se asoma cuando deja de importarnos la vida del otro y de la otra. Cuando la guerra sigue siendo la forma de sostener el orden social con las vidas que no son dignas de ser lloradas y desaparecen bajo los escombros sin que nadie les nombre como dice Judith Butler. Para imponer su dominio y su control, el patriarcado destruye territorios enteros con todo y habitantes. Lo importante es poner su sello en el mapa. Por eso, como dice la escritora mapuche Moira Millán, las guerras son propias del patriarcado, no de las mujeres.
Así que este 8 de marzo, disculpe las molestias, nos están matando. Pero no hay de que preocuparse, nuestras armas son bordados, jaranas, guitarras, patines y aerosoles de color.

Que se vistan las calles de aerosoles hasta que nadie nos falte. Hasta que nos sintamos seguras al caminar de día y de noche. Hasta que no tengamos que preocuparnos por cómo vamos vestidas en el transporte público. Hasta que una de cada tres mujeres deje de sufrir violencia física o sexual por parte de su pareja. Hasta que cada casa sea refugio y no peligro para las infancias. Hasta que la violencia deje de ser tema de conversación. Hasta que no sea necesario marchar, ni nombrarlas, porque nadie nos las quitó simplemente porque pudo. Hasta que la verdad y la justicia sean verbo. Hasta que el miedo renuncie por falta de adeptas.
Yo quisiera despertar, sentir el sol vivir en paz y no escuchar,
que una niña no llegó, mi vecina apareció en el río, o en el patio de un señor,
ya las tintas se agotaron, las gargantas se gastaron,
nos quedaron, aerosoles de color,
ya fue demasiado tiempo que acallaron nuestra voz.
Aerosoles de Color, Jessica Hamed

