
Poblaciones envejecidas en las ciudades mexicanas: una mirada desde el edadismo
La reducción de alumnos en las escuelas urbanas de nivel básico es un fenómeno cada vez más visible. Hace apenas unas décadas, los salones albergaban con facilidad a treinta o más estudiantes; hoy muchos grupos son considerablemente más pequeños. Este cambio no es anecdótico: expresa una transformación demográfica profunda marcada por la disminución de las tasas de natalidad y el avance sostenido del envejecimiento poblacional.
Durante años, el envejecimiento fue asociado a las naciones europeas. Sin embargo, países como México transitan ahora por una modificación acelerada en la composición etaria de su población. Este proceso plantea desafíos estructurales para el Estado y la sociedad: garantizar servicios de salud adecuados, condiciones de movilidad accesibles, vivienda pertinente y espacios de recreación en contextos urbanos cada vez más densos y desiguales.
Las ciudades mexicanas —como buena parte de las latinoamericanas— se han construido históricamente bajo patrones de desigualdad. Esa lógica impacta con especial fuerza a los grupos vulnerables, entre ellos las personas adultas mayores. La inequidad en el acceso a bienes, servicios y oportunidades adopta múltiples formas; una de las más persistentes es la discriminación por edad, conocida como edadismo. A través de estereotipos y estigmas, se normaliza un trato diferenciado que vulnera derechos y limita la participación social.
Las consecuencias no son menores. El trato excluyente afecta la salud física y emocional, favorece el aislamiento y debilita redes de apoyo. Además, la noción dominante de productividad —centrada en la juventud y el rendimiento económico— influye en el diseño de los espacios públicos. Las ciudades se planifican para quienes se desplazan con rapidez y consumen intensamente, mientras las personas mayores quedan relegadas al ámbito doméstico.
Así, actividades cotidianas como realizar compras, visitar amistades o pasear por un parque pueden convertirse en experiencias difíciles cuando el entorno urbano carece de accesibilidad, seguridad y cercanía. Escaleras sin rampas, banquetas deterioradas, transporte inadecuado o distancias excesivas transforman la ciudad en un espacio hostil que restringe la movilidad y fomenta el encierro.

El envejecimiento urbano exige, al menos, tres reorientaciones. Primero, revisar la forma en que concebimos a las poblaciones mayores y reconocer su aporte social más allá de parámetros productivistas. Segundo, erradicar prácticas y discursos discriminatorios basados en la edad. Tercero, repensar el diseño de nuestras ciudades para que la vejez no implique aislamiento. De no hacerlo, el entorno urbano terminará por reproducir exclusiones que, tarde o temprano, nos alcanzarán a todos.
* Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo / Centro de Investigación Multidisciplinaria sobre Medio Ambiente y Sociedad.

