Es cierto que quien llega al gobierno lo hace con sus virtudes y defectos. El arte de gobernar, sin presiones ni compromisos, bajo un entorno moral sería que sus defectos se redujeran al mínimo y sus virtudes crecieran, porque su responsabilidad es conducir a la sociedad a un mejor estado de bienestar. Dígase mejor crecimiento económico; mayores oportunidades de trabajo; mejor educación; mejores servicios hospitalarios y de atención médica; abatimiento de la delincuencia e inseguridad; pero, sobre todo, una mejor impartición de justicia y combate a la impunidad y corrupción, entre otros temas.

Sin embargo, dudar es el motor del progreso, decía Richard Feynman “que la duda no debe ser temida, sino bienvenida, ya que es la forma de evitar el dogmatismo y el estancamiento del pensamiento.” Esto lo decía en el ámbito de la ciencia, pero acaso la política no es una ciencia. Me parece que los políticos-gobernantes ya en el poder se vuelven dogmáticos, no admiten cuestionamientos ni críticas porque se piensan que están gobernando bien y a sus palabras o discursos los disfrazan de un tono mágico, para no admitir que se equivoca y cometen errores.

Invariablemente, en cada primer informe de gobierno lo endulzan con mensajes llenos de buenas intenciones y promesas. Ponderan sus primeras acciones con logros espectaculares que solo los ingenuos y fieles seguidores lo reconocen con intensos aplausos que brotan de las filas de acarreados y corifeos que buscan algún trabajo, ese ritual se repite informe tras informe, pero la realidad descobija sus ineficiencias e incapacidades.

Claudia Sheinbaum sorteó su primer año de gobierno como una audaz malabarista que de un extremo le tensaba la cuerda su antiguo jefe de Macuspana y, del otro extremo Donald Trump; mientras sus mal querientes cruzaban las manos para que cayera. Dejando detrás de ese espectáculo, un primer año que ha quedado marcado por el peso del pasado inmediato, deterioro de la economía, las finanzas públicas ahorcadas, pero eso sí, saco adelante la reforma judicial que puede significar la muerte del Estado de derecho y de la democracia constitucional.

*Ex catedrático de la UAEM y analista político

Imagen: Presidencia de la República

Antonio Ponciano Díaz