

Dos días con el diablo, ¡perdón!, con Rogelio Olmedo
Sábado 29 y domingo 30 de abril, Mallorca
El vuelo aterrizó en Mallorca a medio día, Rogelio me recibió con un abrazo guardado por años de no vernos. Aún en el aeropuerto, de camino al estacionamiento, nos detuvimos en una terraza para tomar la primera cerveza de este breve viaje, que para el calorcito marino nos cayó de perlas. Tu loco amigo ya tenía pensado el tour por la ciudad de Palma de Mallorca; recorrimos en auto esta bellísima ciudad, su espectacular catedral neogótica, sus callejones y sus plazas. Impresionado de lo que había visto, dejamos el auto y caminamos por la parte antigua de Palma hasta encontrar el Mercat de S’Olivar donde se venden los productos clásicos de cualquier mercado español, sólo que este tiene la particularidad de que, en sus pequeños y sencillos establecimientos con mesas y bancos, al fondo de la nave, ofrece las delicias del mar.
Al ver lo que llevaban en sus charolas las meseras del lugar —que estaba a reventar— no tuvimos duda de qué pedir. Saboreamos media docena de ostras, una orden de pequeños pescados fritos y algo desconocido para mí, pero de un sabor fabuloso, unas conchas llamadas vieiras, ¡uf! qué maravilla para el paladar son esos moluscos. Para acompañar dichas delicias, Rogelio seleccionó un albariño que bebimos felices.
El tour culinario no acabó ahí, retomamos nuestra caminata hasta un local que solamente ofrece bocatas de jabugo, el mejor jamón del mundo, con pan hecho en casa. Las pedimos para llevar y comerlas por las calles, ya que Rogelio me tenía otra sorpresa, nos detuvimos en una coctelería en donde nos sentamos a beber un martini extremadamente seco con olivas el cual estuvo espectacular, tanto que no les pide nada a los que tomas en Nueva York. Con los efectos mágicos que produce esta bebida, abordamos nuestro coche con rumbo a su casa. Él vive en la otra punta de la isla y, en el trayecto, pasamos por Manacor donde se encuentra la famosa academia de tenis de Nadal, y observé de lejos Ponto Cristo, la costa donde vive este histórico tenista. Después de 40 minutos de viaje llegamos a Son Servera, específicamente al carrer Joan Massanet núm. 31, donde tiene su casa y estudio tu amigo, el tremendo Rogelio Olmedo.
Esa noche se cuece aparte. Al despertar de una siesta reparadora bajé de la recámara donde he dormido estas noches y me encontré en el jardín en el que se había dispuesto una mesa para recibir a doce personas que celebrarían en una fiesta dos cumpleaños y le darían la bienvenida a un biólogo llegado del otro lado del océano.

La cena fue espléndida, en especial por la compañía de personas divertidas y muy inteligentes que tienen la virtud de que su conversación es elegantemente sencilla. A la hora de los digestivos, y del mar de cerveza que no paró de beberse toda la noche, los invitados poco a poco fueron pasando a la sala, que en minutos se convirtió en un salón de fiestas.
De forma inesperada para mí, Joan y José, dos de los invitados, hicieron aparecer sendas guitarras que comenzaron a sonar de forma magistral, y que no dejaron de tocar por horas mientras Rogelio y toda la concurrencia palmaban con ritmo gitano y bailaban las piezas que salían de la improvisación de los músicos. Incluso fueron acompañados por algunas de las mujeres que sabían tocar el cajón de percusiones.
Toda la música era interpretada en ritmo de rumba flamenca, lo que le dio una alegría particular a todo lo que se cantaba; hasta jugaban a tocar muchas de las canciones clásicas de Serrat en ese ritmo. Escuché a los mediterráneos cantar, viendo hacia ese mar, la canción Mediterráneo; y para complacerme y al mismo tiempo bromear conmigo interpretaron tres canciones del mismísimo José Alfredo Jiménez, en ese mismo ritmo pegajoso. Como es natural en los muy jóvenes, Nicolás, el hijo mayor de Rogelio, sólo apareció dos veces de forma esporádica durante el jolgorio.
Lo que quedaba de aquel “Vendaval” Hernández aguantó la marcha hasta la una y media de la mañana, en una reunión que continuó, según me dijeron, hasta amanecer el día siguiente. Ese domingo Rogelio me dio como regalo conocer algunos de sus secretos. Me invitó a su estudio, en la parte superior de su casa. Vi sus rinocerontes coloridos pintados con maestría, sus liebres dibujadas y otras hechas esculturas; me llevó a su imaginación que fabrica móviles, proyectos de columpios que mecen piedras y no personas, me habló y me mostró con emoción el proyecto de su próxima obra escultórica y pictórica que montará en una iglesia de Colonia, Alemania. Tú coincidirías, al ver su trabajo, que tu viejo amigo es ya un artista consumado. Celebramos el día con una comida frente al Mediterráneo, en un lugar que se llama Bar de Playa y en donde a Rogelio, María Ángeles y Eva, una de las sobrevivientes de la noche anterior, hasta las mascotas que pasan por ahí los saludan. Los platillos te los enumero para que te hagas agua la boca: carpaccio de atún recién pescado en esas aguas, gambas al aceite de oliva, alcachofas al tomate y una lubina a las brasas. No podía faltar de digestivo la clásica bebida mallorquina, unos chupitos de Cazalla.
Con esos sabores al día siguiente me fui de esta tierra de amigos nuevos y de Rogelio, uno de amistad interminable, de regreso Madrid, después de haber pisado esa isla que tiene huellas e improntas que datan de 3500 a.C., y cuyos primeros pobladores (aunque de dudosa procedencia), según dice textualmente mi bibliografía, fueron los honderos baleáricos, que algún día dibujará en colores contrastantes el “Diablo” Rogelio Olmedo.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, u remanso divertido de la cotidianidad.

Foto de un cuadro de Rogelio Olmedo. Cortesía del autor

