
H. Alexander Mejía García *
El asesinato del líder supremo de Irán el Ayatolá Alí Jameneí (1939-2026), perpetrado por Estados Unidos e Israel nos deja en claro varias cosas, ambas potencias cuentan con la capacidad para eliminar a políticos, jefes de Estado, líderes guerrilleros o hasta terroristas. Ellos cuentan con la capacidad tecnológica para aislar, incluso a alguien que se encontraba escondido y que además contaba con el blindaje de un Estado y su cúpula militar del régimen y acabar con su vida. El mensaje es claro, cuentan con la inteligencia militar, satélites, drones, logística global y una amplia red de espías como para llevar a cabo ese tipo de actos, golpeando a voluntad y conociendo a la perfección el lugar del impacto.
Aquí las preguntas para mí son obvias, si tienen esa capacidad de acción ¿Por qué no lo hicieron en Gaza? ¿Por qué en la franja no fueron “quirúrgicos”? ¿Cuál es la razón para tal devastación? La infraestructura civil, hospitales, escuelas, campamentos de refugiados, mezquitas, iglesias y barrios residenciales fueron destruidos acabando con la vida de miles de niñas, niños, mujeres, ancianos y hombres inocentes que no tenían ningún vínculo con Hamas y que su única culpa fue vivir en Gaza. La narrativa es que eso se llevó a cabo de esa manera porque era la única manera de acabar con los líderes de la organización islamista.
Pero cuando quieren acabar con un líder concreto, en este caso con el Ayatolá Ali Jamenei, lo ubican, lo aíslan y acaban con él y sus subalternos más cercanos. Eso nos demuestra que si actuaron de esa forma en Gaza, lo último que se buscaba era la precisión, lo principal era devastar la franja, desmoralizar a un pueblo como el palestino, que no quedara piedra sobre piedra. Sembrando el miedo entre los sobrevivientes, acabar con el tejido social y los lazos de comunidad y convertir la zona en un recuerdo de dolor para sus habitantes promoviendo el desplazamiento de los mismos. Borrar un territorio para convertir a Gaza en la “Riviera de Oriente Medio”. Hay que decirlo con todas sus letras, se trata de un genocidio planificado.
Lo que estamos presenciando en Gaza y en Irán no es únicamente una tragedia humanitaria. Es también un mensaje político dirigido al mundo entero. El uso desproporcionado de la fuerza, la destrucción sistemática de infraestructura civil y el castigo colectivo contra una población cercada forman parte de una lógica que busca demostrar poder y disuadir cualquier forma de resistencia.
Durante décadas, la narrativa dominante en Occidente ha presentado estas operaciones militares como acciones defensivas, necesarias para garantizar la seguridad de un Estado amenazado. Sin embargo, la magnitud de la devastación en Gaza obliga a cuestionar seriamente esa explicación. Cuando hospitales, escuelas, mezquitas, iglesias y barrios enteros se convierten en objetivos militares, la frontera entre una operación de seguridad y una campaña de castigo colectivo desaparece.

La guerra moderna ha perfeccionado una paradoja inquietante. Las potencias que poseen las tecnologías militares más avanzadas son también las que producen los niveles más altos de destrucción sobre poblaciones civiles. La capacidad de golpear con precisión existe, pero no siempre se utiliza para evitar víctimas; a veces se emplea para seleccionar objetivos estratégicos mientras el resto del territorio es reducido a escombros.
En este contexto, Gaza se ha convertido en un laboratorio brutal de la guerra del siglo XXI. Un territorio densamente poblado, sin posibilidad real de evacuación y sometido a un bloqueo prolongado, donde cada ofensiva militar deja miles de muertos y una infraestructura civil ya inexistente. El resultado no es sólo una crisis humanitaria inmediata, sino la destrucción progresiva de las condiciones mínimas para la vida cotidiana.
Pero lo que hoy se destruye en Gaza no es sólo un territorio, es la idea misma de que existen límites morales para la guerra. Y lo que se prueba en ese laboratorio no es la paz, sino los límites de la impunidad. La historia juzgará con dureza este momento. Y cuando lo haga, no preguntará quién tenía más drones, más satélites o más poder de fuego. Preguntará quién habló, quién calló y quién decidió justificar la devastación de un pueblo entero. Porque los imperios siempre creen que pueden escribir la historia con bombas. Pero la memoria de los pueblos suele ser más larga que la sombra de sus guerras.
* Historiador

