
José Manuel Meneses Ramírez
Un año más y las cosas no han cambiado. Durante este mes se conmemora el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo es un símbolo del reconocimiento de la plenitud de los derechos femeninos y de la necesidad de seguir en pie de lucha para hacerlos valer en todo el espectro social. A pesar de todo, la iglesia católica sigue siendo la institución más machista del hemisferio occidental, es cierto, nada ha cambiado. No solo eso, sino que por sus características (al ser una institución supranacional, sigilosa, polivalente) es portadora de un androcentrismo poderoso, un auténtico lobo con piel de oveja. A mediados de la segunda década del siglo XXI, todavía no hay una agenda que incluya la participación de la mujer en la alta jerarquía católica, vaya, ni siquiera en sus procesos de formación sacerdotal o que, mínimamente, muestre la intención de asumir en este punto la igualdad que el mundo entero reconoce.
En México hay 66 seminarios católicos y en el mundo este número asciende hasta 6974, de acuerdo con el Anuario Pontificio 2020. De los cuales, ninguno acepta mujeres para seguir la formación sacerdotal: ni una sola mujer frente a 410, 219 sacerdotes. Por su parte, el Colegio cardenalicio está compuesto por 244 hombres, quienes desde la cúpula de la institución manejan los hilos que determinan el culto a escala global, otros tantos miles de obispos (5,363) y arzobispos alrededor del orbe administran la regularidad del culto con el sello único del machismo. El debate y la discusión de este punto ni siquiera se asoma, no hay procesos de revisión de la estructura, ya no digamos de la doctrina. No hay lugar para la actualización, la transformación, la crítica interna, ni el más mínimo titubeo en este punto. Lo cual no deja de ser sorprendente a la luz de la vitalidad y la pertinencia de los reclamos feministas. En este sentido, marzo suele ser un mes de baja intensidad para la Iglesia católica, como si sabedores de su comprometedora situación, optaran por el silencio, una estrategia para no llamar la atención sobre la excluyente e inequitativa composición de su institución.
Bajo estas condiciones, la Iglesia sigue siendo un lugar de silencio para la mujer, al menos en el sentido de una demanda básica y de fondo en materia de igualdad. El ejercicio femenino de la fe está condicionado a priori, y su papel, de este modo, se limita a lo que una jerarquía patriarcal y ensimismada ha postulado durante siglos. Lo que resulta curioso es la manera en la que esta estructura patriarcal, digamos abierta y cínicamente patriarcal -por no decir beligerantemente patriarcal- convive con las expresiones del feminismo mundial. Pensemos particularmente en el contenido del discurso que desde los púlpitos ha nutrido el machismo mexicano desde hace siglos y que, sorprendentemente, todavía puede escucharse en las peroratas a las que asisten, sumisas y voluntariamente, miles de mujeres mexicanas. Desde todo lo alto se les dicta el papel en la familia, la relación con su cuerpo, su posición frente a los hombres (padres, maridos, hijos y hermanos) y la disposición ideal frente a los promotores del culto.
Para un observador del fenómeno no deja de ser sorprendente que, durante las protestas más entusiastas y lo reclamos más pertinentes, el feminismo no conceda la centralidad debida a la religión católica, sobre todo porque se trata del fundamento, motor y garante del patriarcado que denuncian. Por el contrario, la atención durante esta importante fecha suele concentrarse en la estructura estatal. Señalo que es curioso porque precisamente la transformación de los paradigmas y el camino de reconocimiento ha llegado desde el horizonte político. Cada gran triunfo del feminismo tiene un referente normativo, incluso a pesar de la condena y la oposición de la Iglesia (pensemos en el aborto, el matrimonio de personas del mismo sexo o temas semejantes). Visto de este modo se trata de un fenómeno sorprendente, uno más de esos giros que es justificado por la enésima llamada (chocante a estas alturas) a la incomprensibilidad de la fe, debido a ese misterio (conveniente para un grupo reservado de hombres religiosos) las mujeres no han gozado de igualdad dentro de la religión católica, no son iguales y, tal como se ven las cosas, no lo serán en el corto ni el mediano plazo.
De tal modo, cada mes de marzo las protestas reverberan en la plaza pública, en las grandes avenidas, en los palacios de gobierno, en los monumentos públicos, pero no en las Iglesias. Eso es casi impensable, improbable, imposible que en un país como el nuestro ocurra una protesta en el interior de un templo o en los amplios atrios de los miles de iglesias que hay en México. Jamás, nunca frente a la figura de poder que encarna un sacerdote. Bajo estas condiciones uno no puede dejar de pensar en la efectividad del mandato contenido en la Carta a los Efesios 6: 5 y 6, ese pasaje que hace supurar a nuestros camaradas libertarios enamorados de las sacristías: “Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con temor y temblor. Sírvanlos con sinceridad, tal como servirían a Cristo. Traten de agradarlos todo el tiempo, no solo cuando ellos los observan”, casi puede escucharse en coro: “claro que si eminencia, desde luego su excelencia, sin lugar a duda su santidad”.

* Filósofo y politólogo



