

La canasta, María Carreón se adentra en los pliegues más oscuros de la condición humana con valentía narrativa que incomoda. Psicóloga de formación y escritora en constante búsqueda —formada en Morelos y activa en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay—, la autora construye una obra que no teme mirar de frente la violencia estructural, la indiferencia social y los silencios que nos configuran.
Las voces que habitan este libro no se limitan a contar historias: denuncian secretos negros que preferimos callar, por ejemplo, la normalización del darwinismo social que convierte la supervivencia en una competencia cruel, y la construcción de la indolencia como síntoma de una maldad que se ha vuelto cotidiana. Hay en estas páginas una consciencia aguda del peligro que corren las infancias, de la deshumanización que avanza como signo de esta época y del lenguaje como última frontera para resistir.
Carreón escribe desde las heridas, no para santificarlas, sino para situar en ellas un conocimiento profundo del ser. Su narrativa es también una apuesta por el arte como arma de resistencia, por la palabra como espacio de reconocimiento y por la literatura como acto de solidaridad. No duda en mostrar lo peor: escenas sexuales crudas, violencias íntimas y colectivas, cuerpos marcados por el abuso y la omisión. Pero lo hace con una ética que interpela, que no busca el morbo sino la verdad.
Este realismo lúcido —que prescinde de florituras, pero no de una poética irremediable— también está presente en Sonata mutilada, su libro anterior. Allí, esta narradora despliega una serie de cuentos que, por su densidad emocional y su arquitectura narrativa, podrían leerse como novelas miniatura. Cada relato está capitulado con una libertad que desobedece las convenciones del cuento clásico, obedeciendo, en cambio, al llamado de una intuición literaria inobjetable. La autora no teme fragmentar, recomponer, dejar que el texto respire o se desgarre, según lo exija la historia.
En ambos libros se confirma una vocación por explorar los márgenes del lenguaje, de la moral, de la experiencia humana. Su prosa, contenida pero incisiva, se convierte en un bisturí que no solo interviene la herida, sino que la nombra, la piensa, la acompaña. Hay en su escritura una ética del cuidado que no excluye la crudeza, una ternura que no niega la violencia, una inteligencia que no renuncia a la belleza.
Como intelectual comprometida, María Carreón nos recuerda que el dolor puede ser un lugar de encuentro, que la razón y la sensibilidad pueden conjugarse al servicio de la resiliencia, y que escribir es también una forma de cuidar. La canasta y Sonata mutilada no son solo libros: son advertencias, ofrendas, grietas por donde mirar el mundo sin filtros. Son también un llamado a no ceder ante la desmemoria ni la desafección, a seguir creyendo en el lenguaje como trinchera, como refugio, como posibilidad.

El prólogo de La canasta, escrito por Martha Roa —una de las comunicadoras más prominentes de Morelos—, sitúa a María Carreón en una genealogía literaria que explora el miedo, el dolor y lo sobrenatural desde lo infrahumano y lo socialmente decadente. Roa afirma que autoras como María enriquecen el panorama literario con obras inquietantes y memorables, y no se equivoca. En tiempos donde la banalidad del mal se disfraza de rutina, esta escritura resulta un acto de lucidez radical, en una forma de mirar lo que no queremos ver: la infancia vulnerada, la enfermedad silenciada, la violencia estructural que se normaliza.
Leer a María Carreón es reconocer que las voces en Morelos son diversas, transdisciplinares, valientes. Su obra suma al registro histórico desde lo íntimo, desde lo corporal, desde lo ético. En La canasta y Sonata mutilada, la autora nos obliga a dejar de invisibilizar lo que incomoda, lo que duele, lo que se esconde bajo la alfombra del discurso oficial. Con una fuerza descriptiva que no cede al ornamento, con una sensibilidad llena de coraje, Carreón arranca los velos de la doble moral y las vendas de las heridas para que podamos entenderlas, nombrarlas y, quizá, sanarlas.
Su narrativa no busca consolar: busca despertar. Nos recuerda que el lenguaje es frontera y puente, que la literatura puede ser trinchera y refugio, y que el dolor —cuando se escribe con verdad— puede convertirse en conocimiento. María Carreón escribe para que no olvidemos, para que no miremos hacia otro lado, para que la memoria tenga cuerpo, voz y dignidad.
*Escritora

Imagen cortesía de la autora

