Reflexiones en el Día Mundial de la Salud Mental

Wilfredo Abraham Alaniz Pérez[1]

Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, un recordatorio de que cuidar el bienestar psicológico es parte de la vida cotidiana. En Hablemos de migraciones nos detenemos a pensar en algo que a menudo pasa desapercibido: cómo las decisiones, los caminos y los obstáculos que enfrentan quienes migran tienen efectos duraderos en su salud mental y en la manera de construir un futuro.

La migración, explica la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), es el simple hecho de dejar el lugar donde uno vive para instalarse en otro, ya sea dentro del mismo país o cruzando una frontera. La Organización Mundial de la Salud (OMS), por su parte, nos recuerda que la salud mental es mucho más que no tener una enfermedad: es sentirse capaz de afrontar el estrés de cada día, de trabajar, de relacionarse y de aportar a la comunidad. Poner estas dos definiciones sobre la mesa es ineludible, porque cada viaje, cada obstáculo y cada etapa de la ruta migratoria deja marcas en la vida emocional de quienes migran.

México, por su ubicación y cercanía con Estados Unidos, ha sido históricamente un país de tránsito y también de destino. Pero quienes cruzan su territorio no lo hacen sin costo: la pobreza y la violencia en sus países de origen, los riesgos durante el camino, la separación familiar o las dificultades para integrarse al llegar, todo impacta directamente en su salud mental. La OMS ha identificado que cada etapa del proceso migratorio trae consigo nuevos factores de estrés: antes, durante, después y al integrarse a una nueva comunidad.

La salud mental de quienes migran se ve aún más golpeada cuando el desplazamiento no es una elección, sino una obligación. A finales de 2024, ACNUR estimaba que 123,2 millones de personas en el mundo tuvieron que dejar su hogar por persecución, violencia o violaciones graves a los derechos humanos. Detrás de ese número hay realidades muy distintas: millones permanecen desplazados dentro de su propio país, otros se convirtieron en refugiados o solicitantes de asilo, y al menos 4,4 millones quedaron apátridas, sin nacionalidad ni acceso a derechos básicos como la educación, la salud o la libertad de movimiento.

En México, los números también hablan. Solo en los primeros tres meses de 2025, Médicos Sin Fronteras atendió a un 36 % más de migrantes con problemas de salud mental que en el trimestre anterior, la mayoría afectados por episodios de violencia extrema. Detrás de la estadística aparecen síntomas cada vez más frecuentes: depresión, ansiedad y crisis de estrés agudo. A todo esto, se suman las barreras para conseguir atención psicológica y las difíciles condiciones de vida que enfrentan al llegar.

En Morelos, aunque las estadísticas oficiales son limitadas, el estado recibe una importante afluencia de población migrante extranjera y de otros estados, muchas veces desplazadas por motivos laborales o forzados, quienes experimentan estrés y ansiedad ante la incertidumbre sobre su estancia, empleo y redes de apoyo. Es una realidad que está presente en lo cotidiano; en una cafetería donde la persona que atiende viene de otro país, en los supermercados, en las aulas universitarias o en negocios propios que han levantado con esfuerzo.

Más allá de aparecer en una cifra o en un informe institucional, cada migrante representa una vida y una historia marcada por resiliencia, adaptación y búsqueda de oportunidades. Muchos hoy son parte de nuestras comunidades, celebran nuestras tradiciones y contribuyen con su trabajo, recordándonos que su salud mental debe ser reconocida y atendida. Hablemos de migraciones para pensar en resiliencia, derechos humanos y bienestar colectivo, y en la importancia de brindar apoyo a quienes buscan un lugar seguro.

  1. Es Doctor en Derecho y Globalización y Profesor de posgrado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UAEM

La Jornada Morelos