¿los políticos, un mal necesario?

 

Hace días asistí a una comida con un grupo de colegas. Esas reuniones con frecuencia derivan en apasionadas discusiones alcohólico-filosóficas. Esta ocasión, derivó hacia el tema de los políticos, de sus escándalos, su corrupción, simulación, cinismo, las acciones hilarantes y hasta grotescas de políticos conocidos que contradicen los principios que proclaman.

Entre anécdotas, bromas y una policromía de colores partidistas, hubo quienes empezaron a “tomar partido”, por lo que la discusión se empezó a acalorar. Aunque, para ser honestos, la discusión “política” carecía de argumentos y se soportaba más en los sentires y comentarios cotidianos que repiten los medios, tanto a favor como en contra.

Cuando la discusión subió de tono, alguien preguntó: “¿A qué partido pertenecen?”. Para sorpresa de todos, ninguno de los presentes militaba en algún partido. La respuesta colectiva fue: cuando llegan al poder, todos son iguales. Esa confesión espontánea concluyó la acalorada discusión política, pero en mí, generó una pregunta: ¿la práctica política, tal como la vivimos, es un mal necesario?

Cuando Pandora abrió la caja mítica, de esta escaparon todos los males que aquejan a la humanidad: la envidia, la ambición, la mentira, el egoísmo… pero también, aunque, sin nombrarse específicamente, debió escaparse la clase política. No la política, como constructo necesario de la sociedad, sino los políticos que desvirtúan la política y la convierten en un espejo deformado del poder humano.

Los políticos, hoy, se mueven más por conveniencias que por convicciones; cambian de partido con la ligereza de quien cambia de traje; forman alianzas espurias e inconfesables; mienten sin el menor rubor y en su soberbia caen en los ridículos más grotescos, como un innombrable pero conocido político que ha hecho del escándalo y de la diarrea verbal su fortaleza. En este contexto, el ciudadano se desencanta de la política, o mejor, de los políticos.

En su origen, la política fue la forma más acabada del pensamiento cívico. Aristóteles la llamó la ciencia suprema, encargada de procurar el bien común. Pero, como advirtió Lord Acton, el poder corrompe.

La política es una consecuencia natural de la vida en comunidad. Toda sociedad necesita liderazgo y reglas para evitar el caos. La política surgió como un modo de resolver conflictos sin acudir a la violencia.

Ninguna sociedad puede vivir sin política, pero la práctica actual de la política desvirtúa los principios de este constructo humano; por eso mi pregunta: ¿es un mal necesario? Necesario, porque permite ordenar la convivencia humana; pero mal, porque la mayoría de los políticos carece de principios; esto corrompe tanto a gobernantes como a gobernados.

El reto no es abolir la política, sino reivindicar su sentido original, que se puede sintetizar como el arte de servir y no de servirse. La política debe recuperar su dimensión ética, su vínculo con la verdad, la justicia y la comunidad. Considero que la política es tan importante que no se puede dejar solo en manos de los políticos.

En el mito de Pandora, tras la liberación de las calamidades que aquejan a la humanidad, quedó al fondo la esperanza. Tal vez ahí resida la posibilidad de una política diferente: una que no divida, sino que una; que no manipule, sino que escuche. Aunque esta esperanza no se puede depositar en los políticos, sino en la ciudadanía que aún cree posible un orden más justo.

José Antonio Gómez Espinoza