La necesidad de seguridad: consecuencias sociales


José Antonio Gómez Espinoza

En una reunión con mis amigos, nos preguntamos por qué se dan ciertas conductas dañinas que parecieran ser innatas a la naturaleza humana. Nuestro amigo, el doctor Moredu, sostiene que estas conductas nocivas se pueden entender desde la necesidad humana de seguridad.

Se trata de una seguridad que, más allá de la protección frente al hambre y los depredadores, busca la certeza de que el mundo tiene sentido y de que habrá un mañana. Esta necesidad ha guiado la historia, originado religiones, estados, leyes y hasta las guerras.

La seguridad es la esperanza de que lo que hoy soy, seguirá teniendo lugar mañana. Cuando esa esperanza se pierde, el miedo se adueña del alma individual y colectiva. Bajo el miedo, las personas y las sociedades actúan a la defensiva, de forma egoísta y hasta antisocial.

La seguridad tiene niveles. Primero está la seguridad del techo, el alimento y el abrigo; luego sigue la social, que busca el orden y la justicia; después la simbólica, sostenida por las palabras y los significados que compartimos; y finalmente la ontológica que es la confianza de que el mundo es habitable y que tenemos un lugar en él. Cuando falta alguno de estos niveles, surgen como defensa la ansiedad, el aislamiento y la violencia.

Los filósofos han reflexionado sobre este impulso. Los estoicos, dicen que la seguridad es interior y la llaman ataraxia, es decir, la serenidad ante lo incontrolable, la seguridad como dominio de sí, no del mundo. Hobbes vio en el miedo la base del Estado, así, los hombres ceden libertad a cambio de protección. Kant y Spinoza consideran que la seguridad se sustenta en la razón y la justicia.

Las religiones ofrecen también su lectura. San Agustín advirtió contra las falsas seguridades del poder; los profetas previenen contra la confianza en ejércitos y riquezas. La fe no elimina el miedo, lo trasciende. Confiar no es estar a salvo, sino vivir en medio del riesgo sin perder la esperanza.

El miedo es parte del diseño biológico. El cerebro reacciona con alarma automática ante cualquier amenaza; el problema surge cuando esa alarma se vuelve permanente. Hoy el miedo se ha convertido en un recurso político. Una sociedad temerosa compra armas, entrega sus datos, tolera la vigilancia y, a hasta, justifica la violencia.

No se trata de eliminar el miedo, sino de aprender a convivir con él. La verdadera seguridad no nace del control, sino del cuidado, de instituciones justas, de vínculos confiables y de un lenguaje que recupere su valor simbólico.

A nivel individual, la fortaleza, la prudencia y la esperanza son virtudes que protegen más que cualquier muro. En lo colectivo, la seguridad debe ser entendida como bien común, no como privilegio, y se logra a través de la justicia, educación y confianza mutua. La vida no es un campo de batalla, sino un espacio de encuentro donde el otro no es enemigo, sino el espejo de nuestra propia fragilidad.

La necesidad de seguridad es inseparable de nuestra condición humana. Pero cuando ese deseo se convierte en obsesión, termina robándonos lo que pretendía proteger: la libertad, la empatía, la tranquilidad, la paz interior y la posibilidad de vivir en comunidad.

El desafío es construir instituciones confiables, pero también corazones capaces de confiar. Solo entonces podremos transformar el miedo en conciencia, y la defensa en cuidado. La seguridad auténtica no se decreta ni se compra, se teje cada día en una red invisible de la justicia, la palabra y la esperanza.

José Antonio Gómez Espinoza