

Finalmente, después de 4 años, culminó el esfuerzo de Francesco Taboada Tabone y exhibió su película sobre la vida de Don Sergio Méndez Arceo, VII Obispo de Cuernavaca. Con una duración de tres horas el público asistente permaneció inmóvil y atento a la proyección absorbido por el interés suscitado.
Las reflexiones destacadas de los PP. Baltasar López Bucio, José Luis Calvillo y Ángel Sánchez; los trabajos comentados enriquecedoramente del Arq. Francisco y los de Fray Gabriel Chávez de la Mora; los relatos de Tarsicio sobre lo realizado en el CIDOC; los comentarios de la Dra. Silvia Marcos, Gabriela Videla y Carlos Fazio; las anécdotas de Julián; la presencia y la influencia extraordinarias de Iván Illich y Gregorio Lemercier que impactaron a la Sociedad y a la misma Iglesia… todo, contribuía a mantener la extasiada contemplación de una revivida maravillosa etapa.
¿La razón principal? El Testimonio cristiano de la vida de don Sergio. Cuernavaca era un epicentro cultural entonces, no la frivolidad actual, dicho esto con seriedad, respeto y objetividad para todos mis amigos -hombres y mujeres- de Cuernavaca, que son cuantiosos. Y, con todo cariño…
No contaré la película, ya señalé a los protagonistas más relevantes, sólo adelantaré unas reflexiones propiciadas por don Sergio, Obispo de los Pobres.
Los cristianos que comparten esta orientación se fueron formando en las Comunidades Eclesiales de Base meditando sobre la realidad social y la palabra, la palabra acontecida como se le ha llamado al Evangelio en la Teología de la Liberación. Es decir… el cristiano no vive su fe más que en la realidad social que padece y esta fe lo obliga a ser testigo, en consecuencia, a dar testimonio y a comprometerse en la dinámica que busca la transformación de esta sociedad inmersa e inserta en una situación de pecado.
En efecto, el pecado debe entenderse como un padecimiento de carácter estructural y los pobres padecemos las consecuencias de ese pecado. La injusticia, la explotación, la opresión, la mentira divulgada por los medios, la farsa vivida con descaro por los poderes de toda clase, hunden al pueblo en la miseria, en la marginación conduciéndolo a la muerte. Luchar contra el pecado estructural e institucionalizado es luchar contra la muerte, luchar –en fin- por la vida.

Una vez que la Teología de la Liberación hizo comprender la fe en su sentido auténtico provocó en los poderes del mundo un escándalo. Los ricos taparon sus castas orejitas libidinosas, sus ociosas mujeres se persignaron, y las fuerzas institucionales eclesiásticas y políticas se indignaron. Las últimas dos papales santidades -Juan Pablo II y Benedicto XVI- nunca aceptaron este compromiso cristiano, no sólo lo ignoraron, sino que atacaron a sus elocuentes teólogos más destacados como Leonardo y Clodovis Boff, el mismo Gustavo Gutiérrez y aquí en México, a los Obispos Arturo Lona, Samuel Ruiz y Don Sergio.
La diferencia es muy singular: o se vive la fe en recintos eclesiásticos para que los creyentes cumplan con los rituales exigidos o se encarna en un compromiso riesgoso y vital en favor de los pobres, de los humillados y ofendidos. El Evangelio es la Buena Noticia para los pobres, así se define, así se debe comprender.
El concepto de la llamada sempiternamente Salvación no alude a “la salvación del alma” sino a la Liberación integral de los oprimidos y explotados. No se predica más aceptar y resignarse ante la miseria sufrida a fin de que sea comprendida como “la suerte que Dios te dio” o el destino que te tocó. Por supuesto que no. Se trata de levantarse y exigir lo que nos corresponde, de dar ese testimonio, de correr los riesgos que pueden generarse y de acrecentar el compromiso.
Por supuesto que hay muchas reflexiones que deben comprenderse para asimilarse. Aquí una de ellas, formulada por uno de estos cristianos: ser cristiano, dice, es luchar por la justicia. Así… sin más.
Ofrezcamos un par de ejemplos de oraciones comunitarias que se generan gracias a estas meditaciones. Obsérvese la intrínseca relación entre vida comprometida y testimonio cristiano, precisamente como don Sergio lo entendía durante sus frecuentes adoctrinamientos exegéticos:
“Padre bueno, te damos gracias por la vida de nuestro querido Obispo Sergio, por su gran solidaridad y acompañamiento a los marginados y excluidos. Te pedimos que, igual que él, nosotros también seamos capaces de responder al clamor del pueblo que lucha buscando justicia, paz y vida digna para todos”.
“Anima nuestro corazón y ayúdanos a ser solidarios con todos aquellos que lo necesiten. No permitas que la indiferencia se apodere de nosotros y danos la sensibilidad para estar atentos al clamor de quienes sufren en nuestro pueblo para que caminemos con ellos buscando la Justicia, Madre de la Paz”.

