El aplauso pendiente

 

La costumbre es que, cuando a un columnista le toca publicar el fin de año, se aventará una letanía de predicciones acompañadas de buenos deseos para el ciclo que viene.

Romperemos la tradición. Primero porque este espacio trata de sorprender a los lectores con cosas diferentes; y segundo porque eso de las predicciones obliga a estar explicando como seis meses porqué las cosas no salieron como uno decía y francamente nadie tiene el tiempo, ni las ganas.

Eso sí, los buenos deseos no se guardan para quienes se portan bien, porque los malos, que son muchos más de los que uno quisiera, no merecen que les salgan bien las cosas; por más que la realidad se empeñe en negar un dogma que nos hace llevadera la existencia.

El combate a la impunidad

Porque una de las cosas que tendríamos que reconocer es que no hay evidencia que demuestre que, como decían los abuelos, al que obra mal se le pudre el tamal. Y por eso construimos instituciones para enfrentar a los malandros y castigar sus acciones. Acá debe reconocerse que en Morelos por mucho tiempo eso no servía, por lo que los niveles de impunidad de todo tipo de criminales eran tan altos como la torre de los 4 Fantásticos; pero últimamente parece que las cosas han mejorado. Una de las cosas que podríamos esperar en el 2026 es el reporte con una modesta reducción de los niveles de impunidad criminal que deberá convertirse en constante a la baja hasta alcanzar niveles cercanos a los que enseñan las series policíacas (La Ley y el Orden es un clásico).

¿Merecen aplausos las fuerzas policiales, fiscalías y el aparato de justicia? Diríamos que todavía no, pero debe reconocerse que se registra una mejoría enorme respecto al estado de cosas que dejó la administración de Cuauhtémoc Blanco. Aún así, mientras la violencia siga marcando el territorio morelense, habrá que echarle más ganitas.

Aún queda pendiente, por cierto, el asunto de la infiltración de ayuntamientos y fuerzas policiacas municipales por grupos delictivos, un asunto sobre el que deberá haber noticias en la primera mitad del año, si confiamos en que no se guardarán para darle en la torre a adversarios políticos rumbo al cierre de año en que iniciarán los acomodos en candidaturas para regidurías, diputaciones locales y alcaldías.

Aplausos reservados

No se trata de regatearle los aplausos a nadie, pero tampoco tendríamos que hacer tanta fiesta cuando los políticos hacen solamente su trabajo. Pero tan mala ha sido la política morelense que solemos destacar a quienes cumplen sus obligaciones y toleramos a quienes van flotando nomás siempre que sean simpáticos, porque si algo no se tolera en el estado es la mamonería aún si va bien acompañada con hechos y conocimientos.

Desde una perspectiva objetiva, lo cierto es que muy pocos políticos morelenses merecerían aplausos, pero igual se les dan entre la generosidad del respetable y la evidente falta de opciones. Esto dificulta, debe saberse, la práctica de la política-espectáculo, esa terrible tendencia que nació con las transmisiones noticiosas por televisión y la obligatoriedad de dar byte a fuerza para tener alguna oportunidad de salir en la tele y se trasladó a redes sociales con el único filtro de no convertir al político en un meme, aunque a personalidades de largo alcance como Donald Trump, hasta eso parece convenir.

Así que los políticos morelenses no suelen ser muy mediáticos, probablemente eso explique a Cuauhtémoc Blanco y salve un poco la vergüenza de los morelenses de haber sido gobernados por tal fenómeno. Entonces les queda hacer trabajo de campo, en las redes sociales digitales, pero mucho más en el tejido del imaginario popular real, por ello tanta importancia en el acarreo y otros fenómenos visuales a los que recurren los políticos que no tienen trabajo (ni vergüenza).

El problema parece estar en que los políticos no parecen entender que aplaudir es una necesidad humana que se expresa con mayor fuerza en colectivos, pero no significa forzosamente un acto de aprobación o validación. A veces es apenas un reflejo, otras una cortesía, y muchas más un agradecimiento a que por fin se calló el tipo. Como se trata de un comportamiento colectivo, los organizadores de eventos políticos suelen colocar aplaudidores que responden a cualquier estímulo y obligan entonces a los asistentes involuntarios a repetir las palmadas.

Mejor ni aplaudir

Probablemente lo que convendría es, en caso de acudir a tan horripilantes actos, sería no perder la conciencia y el dominio sobre nuestras extremidades; es decir, evitar aplaudir a lo menso, de forma que quede claro al sujeto de enfrente que no tendrá el respaldo de la gente hasta que se ponga a trabajar de verdad. Es una propuesta, pues, neguemos el aplauso o dejémoslo pendiente hasta que sea verdaderamente merecido. Puede ser un buen propósito ciudadano para el año nuevo.

Y ya que hablamos de eso, esperamos que, aún con los retos que se avizoran, el 2026 sea mucho mejor para todos, lleno de salud, afectos, y los bienes necesarios para ser felices en familia. Que sea próspero y dichoso para todos.

@martinellito / martinellito@outlook.com

Daniel Martínez Castellanos