

(Primera parte)
Se avecina el fin de un año más y en el hipotético pueblo de Tlaltizopongo sus habitantes se preparan para las fiestas. El 2025 ha sido rudo para la mayoría que siente que poco tiene que celebrar y no lo recordarán como un año alegre y próspero. Don Atilano vio quemarse su carpintería y la poca herramienta que le quedó fue empeñada simplemente para ir pasándola. Doña Chimina llevó tan mal las cuentas de su tienda de abarrotes que si no llegan muchos turistas a los balnearios cercanos tendrá que cerrar. A Quirino su esposa se le fugó con su compadre y no lo calienta ni el sol. La abuela Macedonia empeoró de su corazón y espera una cirugía. Y para colmo fue año electoral con lo que los ánimos se han caldeado entre la población sufriendo los dimes y diretes de los candidatos, así como las impugnaciones del presidente municipal Lento Bruto que se quiere perpetuar para seguir robando. Y las quejas son tantas que el propio Año Viejo encarnado camina con tristeza por las calles de la población escuchando las saetas que le disparan.
Un mal año, pues. Aunque también la llegada de la primera mujer a la presidencia municipal da Esperanza como su propio nombre. Es tiempo de mujeres y para la mayoría eso ya es signo de que las cosas pueden mejorar luego de tanto barbaján que nomás saquea. Para los niños de Tlaltizapongo las expectativas son altas con la llegada de un recién nacido 2026: Toñita espera que Chuchito le dé el “sí” a su atrevida propuesta de ser novios además de que su papá regrese de Estados Unidos a quedarse por fin con su familia, Ángel quiere viajar al Congo, África, para estudiar una licenciatura y conocer de dónde partieron sus ancestros para América en la época virreinal, para Macedonia la fe en que la cirugía de corazón le devuelva las fuerzas para todavía disfrutar de sus nietas es lo que le permite sostener la mirada en el horizonte. Hay quejas del 2025 pero hay perspectiva de futuro en Tlaltizopongo y sus habitantes.
Sin embargo, las quejas continúan contra el maldito Año Viejo al que Quirino planea quemar en efigie como hacen en varias regiones de México como en la Costa Chica en donde hacen intrincados monigotes con ropa vieja, rellenos de paja, cartón y hasta cuetes para que truene de a tiro gacho cuando lo quemen a la media noche del 31 de diciembre. Poquito antes sabrá si le ha pegado al gordo de la Lotería Nacional con el cachito que compró en su visita reciente a Cuernavaca, capital del estado. Los niños del pueblo que siempre se arremolinan en la puerta de su casa para oír sus historias le pidieron muchas cosas en caso de que se gane el premio: ayuda para la cirugía de la abuela, boleto de avión para áfrica, reconstrucción de la carpintería de Atilano, préstamo para que Doña Chimina salve su tiendita y un largo etcétera. A todos Quirino ha prometido apoyo si se hace millonario aunque teme que este maldito 2025 le haya chamuscado la suerte. Quirino repite como mantra 7-3-9-2-7, 7-3-9-2-7, 7-3-9-2-7, 7-3-9-2-7, 7-3-9-2-7…
- Ya le dio la chiripiolca – repite Anita, nieta de Macedonia.
- ¿Está bien, señor Quirino? – inquiere Ángel.
– Récenle a ese número para que nos mude la fortuna, niños – remata Quirino besando su cachito de Lotería. 7-3-9-2-7, 7-3-9-2-7, 7-3-9-2-7…
Entre preparativos de cena que incluyen romeritos, pollo al horno, lomo, ensalada de manzana, taquitos de lo que haya, y en pocas casas pavo, pierna de cerdo y otras delicias, se llega la hora en que los niños gritones de la Lotería anuncian en la radio:

- ¡Premio mayor, premio mayor: 7-3-9-2-7, 7-3-9-2-7, 7-3-9-2-7…
Y ahora sí, Quirino, rodeado de los niños pierde el sentido que sólo recupera cuando le aplican un poco de alcohol en la nuca. La noticia no tardará en regarse en un pueblo donde el chisme es el deporte local así como la cocacola y la chela. Todos felicitan a un Quirino que no acepta ninguna invitación a festejar con tal de proteger su boleto de lotería, su cachito, su futuro promisorio. Pero Año Viejo en persona no está dispuesto a que lo quemen su efigie a las doce de la noche y huye con el muñeco que han fabricado Quirino y los niños.
– Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡Feliz año nuevo!
Se escucha por todos los rincones de Tlaltizapongo en medio de una extraña bruma que se levanta sin que los habitantes la perciban del todo. Será de tantos cuetes como han tronado, se dicen. Doña Chimina abre tarde su tienda como todas las mañanas porque hay que aprovechar a los turistas y la flojera de los comerciantes, colegas suyos, que se darán el permiso de no abrir el primer día del año porque, entre otras cosas, no les surtirán mercancías ni refresco ni cerveza. Ella quiere vender lo más que pueda para ayudarle a su hijo Ángel con el boleto de avión a África, pero sobre todo para deshacerse de las deudas que ponen en peligro su tiendita. El primer cliente en llegar es un desvelado Quirino que no ha dormido por acariciar su cachito de lotería y lleno de pesadillas de robos, pérdida o accidente con el dichoso papelito que lo hará salir de pobre. Pronto se les unirán las nietas de la abuela Macedonia que vienen a preguntar por aspirina protect porque en la farmacia ya no tienen. Angelito entra y le comparte su preocupación a su mamá de que ya sólo les queda en la trastienda una caja de cocacola.
– El día que se acabe la coca en este pueblo se hunde, me oyes – le replica al hijo.
– Ya le hablé al Julián para que nos surta, pero me contestó bien crudo, que hasta mañana 2 nos surte.
En la radio de doña Chimina que trae rancheras y cumbias la programación habitual se interrumpe por un boletín informativo urgente: “Esta es una noticia de última hora: hoy que debería haberse producido el cambio del año 2025 a 2026, por alguna razón desconocida no se ha producido. Repetimos, no ha llegado el primero de enero. Hoy es 32 de diciembre. Seguiremos informando sobre este extraño suceso.”
(Continuará…)
* Este relato está basado en la obra teatral ¿Quién secuestró a Año Viejo? de Ismael Rojas y Jaime Chabaud.

Imagen: Cortesía del autor

