


La película Nosferatu de Robert Eggers (2024) es una obra de arte de la seducción. Más allá de insistir en las virtudes de una historia ampliamente conocida y de sumarme a los análisis que han delineado los detalles de la nueva versión fílmica, en esta ocasión quisiera resaltar la relación del deseo y la muerte (eros y thánatos) en algunos momentos de la película. En primer lugar, el recurso de la voz en off que llama entre los sueños a Ellen Hutter, desde un castillo situado en lo más profundo de un bosque en un país lejano que, a mi parecer puede comprenderse como la voz de la falta que nos llama a todos sin cesar.
Desde luego, la falta en el caso específico de las historias de vampiros adquiere los rasgos de lo demoniaco y sobrenatural, aunque quizá también podríamos pensar, no en una exageración, sino en una profundización en la comprensión del deseo, partiendo del principio expresionista de la exploración de la interioridad. Si lo pensamos así aceptarlo sería monstruoso, es decir, aceptar la presencia de los deseos prohibidos que nos conducen, como a la protagonista interpretada por Lily-Rose Depp, a vivir la plenitud de la perversa consumación de su deseo (restitución de la falta) en su cercanía con la muerte (Todestrieb).
Por si fuera poco, el filme también retrata el deseo desmedido de enriquecerse bajo la perspectiva de un abogado, el joven Thomas Hutter, empecinado en ascender a lo más alto de los estratos sociales de Wisborg. Su codicia, alimentada por Heer Knock, lo llevará a un viaje a través de la desmesura de sus ambiciones hasta el castillo del conde Orlok, sin saber que la travesía que supone la realización de sus sueños será, también, la disolución de su vida familiar.
Seducere significa guiar, llevar. Bajo la óptica del psicoanálisis, la seducción es la voz que propicia la transgresión de lo prohibido, Eggers plantea este aspecto del filme en una versión más cercana al Drácula de Bram Stoker (1897). La naturaleza del Nosferatu es permanecer más allá del umbral de la naturaleza: muerto en vida, el cruce de ese umbral será dado a través de la consumación de un placer deformado desde el principio, es decir, fuera de cauce por encontrarse más allá de los límites impuestos por la naturaleza. La bruja que lo conjuró es un objeto del placer (carencia) que desafía tiempo y espacio, y que lo conduce desde la muerte hasta la vida y desde la vida hasta la muerte, trazando un bucle que manifiesta la intensidad de sus sentimientos, desde el que la terrorífica mordida del vampiro semeja la mordida del deseo que puede transformarnos, en este caso específico, en monstruos.
La estética del filme, una concesión moderna al expresionismo, está dominada por la decadencia corporal, los cuerpos grises, pálidos que se delinean en su magistral uso de las sombras. Por si fuera poco, la soledad y la miseria que se reflejan, tanto en Alemania, como en Rumania, son elementos que nos trasladan a un escenario más cercano a nosotros, quizá incluso a observar nuestra interioridad en ese Afuera oscuro, solitario y barrido por la nieve.
En la versión de Eggers, el cuerpo del conde bien podría ser obra de Grünewald o Brueghel, su carácter corrupto, mórbido y oscuro no son un lastre para hacer patente la fortaleza de su deseo y la ferocidad de sus acciones. En tanto, la diégesis de degradación nos desafía a pensar un punto de partida en la plenitud del conde (muerto en vida) hasta su muerte en la cima del placer, curiosamente la mujer que le prolongó su vida es quien finalmente lo aniquila. Bajo estos elementos básicos el homenaje a la versión de Friedrich Wilhelm Murnau (1922) está muy bien logrado, la sinfonía del horror es una belleza en la composición gótica del filme y en la hipérbole de sentimientos profundos que nos arrebatan, llevándonos muchas veces a desafiar la muerte.

De esta manera podemos atisbar bajo la diégesis una metáfora de la vida, de la fuerza del deseo y la relatividad de la muerte cuando la vorágine del deseo se desata, tal como lo insinuó Lacan, cuando afirmó que thánatos no solo se opone a eros, sino también lo procura en ese inevitable retorno a lo inanimado.
*Nahuatlato, profesor de tiempo completo en el Colegio de Morelos.


