

Leí en la revista Letras Libres de mayo de 2022, un artículo del escritor David Toscana, en donde describe su escepticismo sobre la ciencia. Escribió David: “Cada vez que hallo en la prensa información sobre cierto estudio que demuestra algo, sé que habrá otro estudio que demuestre lo contrario; así es la ciencia de caprichosa…” Y así de escéptico se muestra David, acertando, queriendo o no, en que la duda sobre las evidencias que sustentan una observación es uno los motores de la ciencia. En la ciencia, es normal que existan dos o más explicaciones científicas para un mismo fenómeno. Esto sucede porque la evidencia suele ser limitada, la resolución de los métodos de observación es baja, y el contexto cultural y científico varía con el tiempo. Por ejemplo, el concepto de átomo que acuño Demócrito fue pulverizado por la física del siglo XX en una suma de partículas elementales de nombres fantásticos: quark, muon, lepton, boson, gluon, y varias más. No por ello el átomo dejo de ser la unidad estructural de la materia.
En la ciencia no hay ningún problema con que existan nociones diferentes y aún contradictorias de un mismo fenómeno. Tarde o temprano se conciliarán, bien se rechazarán, o una de ellas será validada por subsecuentes evidencias. La historia del descubrimiento de la estructura de la molécula de la herencia, el ácido desoxirribonucleico o ADN, muestra ejemplos de la resolución de este tipo de conflictos. Antes de que James Watson y Francis Crick propusieran la estructura de la doble hélice, Linus Pauling y Robert Corey presentaron un modelo de ¡triple hélice! Aunque de naturaleza helicoidal, el modelo no era coherente con las medidas de la molécula obtenidas por rayos X y –de acuerdo con sus detractores– podía incluso colapsar. En cambio, el modelo de Watson y Crick describe elegantemente una hélice doble entrelazada, congruente con las medidas de la molécula obtenidas por Rosalind Franklin y el apareamiento de los nucleótidos o letras (A con T, y C con G) determinadas por Erwin Chargaff. Pero la importancia del modelo del ADN no solo radica en su estructura sino en el poder explicativo de los grandes temas de la biología como la reproducción, variación genética y evolución de los seres vivos. Mismos que han corroborado abrumadoramente el modelo.
A menudo, como David Toscana lo relata, encontramos noticias en la prensa con encabezados espectaculares tales como “Científicos encuentran cura al cáncer en el veneno de alacrán”, “Una copa de vino al día prolonga la vida, dicen investigadores”, “Descubren bacteria capaz de degradar plásticos”, y muchos otros. Con un tono de verdad inmutable, en ellos se refleja más el optimismo periodístico que la complejidad y veracidad de las soluciones a los problemas presentados, mismos que carecen de soluciones simples. Si fuera así, habría un sinnúmero de soluciones para curar el cáncer en las farmacias, una mayor demanda de vino bajo recomendación médica, y bacterias domésticas en casa que se ocuparían de convertir el plástico desechable en abono para plantas. Comúnmente, en el trasfondo de estas notas hay una investigación científica publicada o en curso. En ningún caso se dice que la soluciones para curar el cáncer, alargar la vida o descubrir bacterias con propiedades extraordinarias ya estén disponibles para usar. Por esa razón, de cuando en cuando aparecen notas parecidas que aseguran que una investigación logró lo que otras no, y algunas veces se contradicen. Tomemos el caso del cáncer, más de un siglo de investigación ha conducido a un conocimiento profundo de la epidemiología, la identificación de factores genéticos y ambientales que pueden causarlo, de terapias diversas para el tratamiento como cirugías, radiaciones, fármacos, y actualmente diseño y modificación genética ad hoc de células del sistema inmune, sin que actualmente tengamos a la mano una solución universal y un modelo sobre su origen. Hay al menos una decena de explicaciones sobre como las células normales se convierten en cancerosas, comenzando con la acumulación de mutaciones, hasta la activación de virus y oncogenes, y la descompensación metabólica. Estas ideas, sin que sean necesariamente falsas o verdaderas, nos dan una idea de la complejidad del problema, y que en la ciencia diversas ideas coexisten hasta su refutación.
Decir que la ciencia busca la verdad es un tanto impreciso puesto que en realidad nos proporciona conocimiento y comprensión sobre los aspectos más relevantes de la naturaleza a través de teorías y modelos basados en evidencias. Estas nociones de la realidad son susceptibles de cambio al presentarse nuevas evidencias y aspectos inexplicables e incompatibles con interpretaciones anteriores. La ciencia nunca dice la verdad, o no siempre la dice. Una dosis de escepticismo respecto a noticias científicas no verificadas no nos caería mal.
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