El racismo nuestro de cada día

Omar Alcántara Islas *

Un recorrido por el Paso exprés de Cuernavaca recuerda al viajero que se desplaza hacia el sur del país, donde justamente se congregan nuestras pieles más oscuras, que en México sigue habiendo un abominable racismo. En espectaculares de universidades u hospitales privados, por no hablar de empresas de cosméticos, predominan imágenes de personas con un solo color de piel, que ni siquiera es necesario nombrar, porque todos sabemos de qué estamos hablando.

Como si la mayoría de este país no estuviera integrada por morenos –o morochos, como dicen en Sudamérica–, donde incluyo ahora a mestizos, indígenas y afrodescendientes. Y si uno se adentra en Cuernavaca, o en cualquier ciudad principal de esta nación, los espacios publicitarios del transporte público están llenos de invitaciones para ver programas de televisión (o películas) hechos en México, donde los protagonistas tienen el fenotipo anglosajón o del norte de Europa.

Más allá de que para esta gente los morochos no somos dignos de vivir sus insípidos romances, lo que más sorprende es que lo anterior no haya calado hondo en el espíritu colectivo y sigamos consumiendo (o entreteniéndonos con) este tipo de productos. Aunque en la actualidad tengamos más poder para mandar al diablo a estos racistas, mediante la diversificación de nuestras opciones audiovisuales, aún hay millones y millones de personas en este país que siguen educados en el consumo de esta basura televisiva, pese a sí mismos.

De aquí la necesidad de una auténtica educación, desde niveles básicos, no solo de las disciplinas tradicionales, sino también de todo aquello en lo que se nos va la vida y que no podemos seguir posponiendo: aprender a alimentarnos, saber finanzas básicas, rescatar las lenguas originarias… Pero quizá todo empiece por el reconocimiento de nuestra diversidad étnica (y nuestros tantos colores de piel) que necesita abrirse un espacio en los grandes medios de comunicación, porque en nuestras calles, en el día a día, siempre hemos estado presentes.

Y a esa educación añadir que todos nacimos perfectos, y hermosos, sin importar nuestro color de piel; y que es la cultura la que ha impuesto en este país, desde la colonización española, la idea de que hay colores de piel o colores de ojos mejores que otros: esa es la más grande estupidez que nos han heredado las generaciones previas. Si pudiéramos convencer a la mayor parte de nuestra sociedad de lo anterior, cada vez escucharíamos menos en nuestra sociedad diálogos sobre mejorar a la raza o dislates equivalentes.

«¿Qué hacer?» es siempre la pregunta. Para comenzar, no consumir los productos de quienes en su bárbara ignorancia (o privilegiado autoengaño) siguen realizando esta discriminación. No nos vamos a perder de nada que valga la pena con ese tipo de empresarios. Por otra parte, los gobiernos deben seguir actuando en consecuencia –por ejemplo, que no hubiera más concesiones de televisión abierta para quienes no practiquen la inclusión como norma–, al tiempo que se promueve esa citada educación (artística y humanística) para concientizar a la población sobre este arraigado mal. Vale mencionar que algunos gobiernos progresistas a nivel local ya realizan murales donde incluyen a la otrora llamada raza de bronce.

Y que estas maneras de pensar son tan viejas como la imposición del culto católico en México, se comprueba en el hecho de que después de tantos siglos todavía no encontremos niños morenos para vestir el día de la Candelaria. Otro caso que viene a colación: en el reciente Día de Reyes me fue prácticamente imposible encontrar en jugueterías una muñeca que no fuera blanca y, las más de las veces, de ojos azules, como la Barbie. Había alguna afroamericana, personaje de algún programa para niños, hecha por quienes ya comprendieron que ser inclusivo también puede ser bueno para su negocio.

Lo increíble es que esto ocurra en un país donde la diosa principal es morocha. Lo hipócrita es que aquellos empresarios que más presumen ese culto son los que más cultivan ese racismo del que hemos estado hablando, por no apuntar ahora a su banalidad o clasismo. Lo necesario es que juntos digamos basta a ese flagelo si queremos construir una sociedad más digna y equitativa.

*Doctor en letras

La Jornada Morelos