

En 1969, el entonces poderoso director del FBI, J. Edgar Hoover, declaró que el Partido de las Panteras Negras constituía “la mayor amenaza interna para la seguridad de los Estados Unidos”. No se refería a una organización armada extranjera ni a una potencia rival, sino a un movimiento político afroamericano radicalizado que denunciaba el racismo estructural, la brutalidad policial y la explotación capitalista en el corazón de los Estados Unidos. Medio siglo después, esa “amenaza” vuelve a inquietar al poder, no como estructura formal, sino como memoria insurgente reactivada por la violencia del Estado.
El endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos, particularmente la expansión de las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y el retorno del discurso trumpista de criminalización del migrante, ha reavivado viejas tradiciones de resistencia popular. En barrios afroamericanos y latinos, en universidades y en redes comunitarias, vuelve a circular un nombre cargado de historia que evoca miedo a las estructuras del poder, las Panteras Negras.
No se trata de un “regreso” orgánico del histórico Black Panther Party, fundado en 1966 por Huey P. Newton y Bobby Seale y desmantelado mediante represión estatal, asesinatos selectivos y el programa COINTELPRO del FBI. Lo que emerge hoy es la reactualización de su legado político y simbólico. Jóvenes activistas y organizaciones comunitarias recuperan su estética, su lenguaje y, sobre todo, su diagnóstico central: el Estado estadounidense como aparato de control racial, policial y colonial.
Las políticas migratorias impulsadas desde la era Trump han convertido al ICE en una policía política de frontera interior. Redadas en centros de trabajo, detenciones sin orden judicial, separación de familias y deportaciones exprés han normalizado un estado de excepción permanente para millones de migrantes. En ese escenario, la frontera deja de ser una línea geográfica y se convierte en una práctica cotidiana de persecución dentro del propio territorio.
Las Panteras Negras surgieron precisamente como respuesta a ese mismo patrón de violencia estatal. Su programa de diez puntos exigía vivienda digna, empleo, educación y el fin de la brutalidad policial. Hoy, más de cincuenta años después, esas demandas reaparecen con fuerza en un país donde la militarización migratoria se superpone con la vigilancia racial y el disciplinamiento de la fuerza de trabajo.
En ciudades como Oakland, Chicago, Atlanta o Nueva York han surgido colectivos que articulan la defensa de comunidades negras y migrantes, organizando redes de apoyo legal, distribución de alimentos y mecanismos de autoprotección comunitaria. El paralelismo no es casual: frente a un Estado que castiga y excluye, reaparece la política desde abajo, la comunidad organizada como forma de supervivencia y resistencia.

Este resurgimiento simbólico es también una respuesta directa al trumpismo, que combina nacionalismo blanco, xenofobia y autoritarismo bajo la consigna de “ley y orden”. Ese lenguaje, históricamente, ha servido para justificar la represión de los sectores subalternos. Hoy, ICE cumple una función análoga a la que desempeñaron las policías locales y federales en los años sesenta: contener, vigilar y aterrorizar a poblaciones consideradas prescindibles.
La recuperación del imaginario de las Panteras Negras no está exenta de tensiones ni disputas. Existen intentos de banalización o desviación de su legado. Sin embargo, el núcleo del fenómeno actual no es el extremismo, sino la repolitización de la rabia social ante un régimen migratorio que opera como mecanismo de control racial y explotación laboral.
Que las Panteras Negras vuelvan a ser invocadas en este contexto no es un accidente. Es la confirmación de que las causas que Hoover intentó erradicar mediante la represión siguen intactas. Cada redada, cada muro y cada discurso de odio reactivan también una memoria de lucha. La historia es clara: cuando el Estado convierte la justicia social en un asunto policial, lo que germina no es el orden, sino la resistencia.
Este escenario interno no puede desligarse de una deriva más amplia y peligrosa de la política estadounidense. Las reiteradas pretensiones expansionistas sobre Groenlandia –presentadas cínicamente como asunto de “seguridad nacional” o de “interés estratégico”– revelan que el trumpismo no solo apunta hacia adentro, sino también hacia una reconfiguración agresiva del orden internacional. Más preocupante aún es la pasividad de Europa, incapaz de articular una respuesta firme frente a estas pulsiones neocoloniales y dispuesta, una vez más, a sacrificar principios en nombre de la subordinación atlántica. Cuando la represión interna y el expansionismo externo avanzan de la mano, la historia enseña que no estamos ante excesos aislados, sino frente a un proyecto de poder que exige vigilancia, denuncia y resistencia global.
* Historiador

Imagen: Cortesía del autor

