Vicente Quirarte y María Helena González*

A nuestra querida amiga, la señora Tere Velasco,

estudiosa y descendiente del notable pintor.

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En el Museo de Geología de la UNAM, en el corazón de la Alameda de Santa María la Rivera, tuvo lugar nuestro primer encuentro con el otro José María Velasco (1840-1912). Nuestra adolescencia hambrienta se extasió ante las obras que en 1906 el artista elaboró para decorar la planta superior del entonces Instituto Geológico Nacional. Su motivación era ilustrar la evolución de la vida marina y terrestre en las distintas eras geológicas, reinterpretando un ciclo de pinturas sobre el mismo tema realizado por el paisajista austríaco Josef Hoffmann (1831-1904) para la sala décima del Museo de Historia Natural de Viena.

Decimos “el otro Velasco”, porque en el Museo Kaluz se destaca en la exposición titulada El jardín de Velasco (hasta marzo) la faceta de explorador, botánico, geólogo, zoólogo -acaso ictiólogo- del acreditado paisajista. Nos fascinaron porque en estas piezas cuyas acuarelas vimos en el MUNAL un par de horas antes, se combinan el paisaje y la naturaleza muerta, y porque el nacido en Temascalcingo, Estado de México, dio rienda suelta a la imaginación, cosa que no se permitía en otros momentos de sus procesos creativos vinculados con el rigor de la re-presentación minuciosa de la realidad. Sus pétalos se transforman en lenguas y llamas vegetales, las cintas se levantan en vilo, los caracoles y corales semejan instrumentos musicales y esqueletos. En síntesis: el artista va más allá de su inicial encomienda de imaginar el mundo en sus posibles inicios.

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Una de las discusiones teóricas más importantes del siglo XIX se dio en función de las relaciones entre pintura y fotografía. Se pensaba que la pintura ya no sería necesaria, puesto que existía la posibilidad de registrar mecánicamente los objetos. Charles Baudelaire expresó con claridad este temor al advertir que, “si se permite a la fotografía suplir al arte en algunas de sus funciones, pronto lo habrá suplantado o corrompido por completo”[1], insistiendo en que su papel debía limitarse al de una herramienta auxiliar y no al de un medio creativo autónomo. En la muestra se aborda este asunto y se subraya, frente a esa amenaza de sustitución, la necesidad insustituible de la creatividad humana. En una de las vitrinas se exhiben los aparatos que se empleaban en las expediciones a las que acudía Velasco. En 1865, siendo aún estudiante, se unió a sus compañeros de la Academia, Luis Coto y Rafael Montes de Oca, en una comisión exploradora cuyo objetivo era informar sobre el hallazgo de unas ruinas en el límite entre Puebla y Veracruz. Según informó el jefe de la comisión, Ramón Almaraz, “el trabajo de los dibujantes era indispensable para representar lo que este aparato no podía”. ¿A qué nos referimos? A la enorme cantidad de gradaciones que logra el grafito en sus grises gracias a la presión ejercida sobre el papel y a la potencia de una mirada capaz de distinguir infinidad de tonalidades. Se exhibe un dibujo de un tronco de árbol, obra de Velasco, que da cuenta de la paciencia y del oficio que sostenían su arte.

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Frente al óleo Volcán de Orizaba desde la Hacienda de San Miguelito (1892) el artista representa las plantas como un botanista en el primer plano, pero a medida que la mirada se desplaza hacia el segundo y tercer plano, percibimos la formación del pintor que obedece a los hallazgos renacentistas con respecto a la perspectiva atmosférica: los verdes tienen al azul –el azul es el verde que se aleja, como decía Elías Nandino- y los límites de los objetos se van haciendo borrosos, de acuerdo con las lecciones sobre el sfumato de Leonardo da Vinci. Para apreciar un Velasco necesitamos entender al científico ocupado en el detalle y al pintor animado por la incidencia de la luz sobre los objetos.

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Las exposiciones del Museo Kaluz y del Museo Nacional de Arte, MUNAL -esta última menor por ser de gabinete y por los recursos empleados en el montaje- responden a la pregunta que nos hemos hecho cientos de veces: ¿por qué se da en el humano la necesidad de re-crear o de re-presentar el mundo si ya están dados los objetos? Una posible respuesta podemos inferirla frente a su autorretrato (grafito/papel, 1894) y la fotografía de autor desconocido (s/f) que aparece junto al mismo. En este caso el pintor no acudió al espejo para desentrañar el “yo”, sino que obedeció al impulso de la mímesis: dio una nueva realidad a la imagen fotográfica. Nos basta observar el abordaje dibujístico de la barba para entender el gozo del acto creativo, pues el detalle tan minucioso no se aprecia en la fotografía.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Imagen en blanco y negro de un gato acostado

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José María Velasco (1840-1912). Autorretrato, 1894 Grafito sobre papel. Colección Museo Kaluz

Una pintura colgada en una pared

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Retrato de José María Velasco. Autor sin identificar s/f. Colección Museo Kaluz

Pintura de arte en la pared

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Flora y fauna marina del periodo Paleozoico, Siluriano y Devónico. Óleo sobre tela s/f. José María Velasco / Colección particular

Pintura de arte en la pared

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Flora y fauna marina del periodo Mesozoico, Jurásico. Óleo sobre tela s/f. José María Velasco / colección particular

Imagen que contiene interior, persona, hombre, puesto

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  1. Baudelaire, C. (1859/1981). Salón de 1859. En J. Mayne (Ed.), Art in Paris 1845–1862: Salons and other exhibitions (pp. 154–155). Phaidon Press.

La Jornada Morelos