

A/ El pescador que quería ser santo
Una vez el marinero ilustrado iba a Los Mangos en una de las lanchas que subían por el Río Tortugas. Llevaban dos horas navegando, cuando un pescador muy acaudalado que iba a su lado se resolvió a hablarle.
—Hace tiempo -—le dijo— que quiero dejar todo lo que tengo, porque quiero dedicarme a ser santo. Mi mujer y mis hijos, mis barcas, los muchachos que me ayudan, los terrenos que tengo frente a Las Gatas, todo me estorba. No tengo tiempo de rezar, de hacer buenas obras…
—Lo que tú quieres —lo interrumpió el marinero— es abandonar tus obligaciones. Lo que has ido acumulando, la gente que depende de ti.
—Es que tú no conoces a mi mujer ni a mis hijos. Son enredosos, peleoneros, gritones, exigentes, nunca me dejan tiempo para meditar…
—Esa mujer y sus hijos te ponen a prueba, porque…

—Y mis empleados, no tienes idea qué clase de raza son: me hacen trampa, se roban pescado, son flojos y desobligados…
—Esos muchachos te necesitan, como tus hijos.
—Y las tierras, maestro, no te imaginas el tiempo que quitan. Hay que pagar impuestos, ver que no las invadan…
El marinero se puso de pie, y todos lo vieron como si fuera más alto, o al menos eso dicen los que iban en la lancha.
—Tu primera obligación —dijo el marinero— es dar paz a los demás, a los que tienes cerca de ti. Tú no puedes dejar lo que tienes.
—Y, ¿el desapego, el desprendimiento?
—Apego es creer que algo nos pertenece. El cuerpo, los hijos, los bienes. El desprendimiento no es tirar las cosas ni a las personas. Es darte cuenta de que no son tuyas: las tienes prestadas. Necesitas pensar en el Ser mientras trabajas y tu mujer te regaña y mientras pagas impuestos. Necesitas llegar a tu casa y, aunque estés cansado, apartarte para poner tu corazón en paz y tu mente en silencio. Lo que te hace falta… —fue diciendo el marinero, cada vez más entusiasmado, pero al llegar a este punto el patrón de la barca, que era malhumorado y no entendía de sutilezas, le gritó que se sentara, porque iba a volcar la embarcación.
B/ El tamarindo
“En una isla que bañan otros mares —dijo una noche de agosto, cargada de luna y sudor, el marinero ilustrado— había un hombre santo que vivía bajo un tamarindo. Un día lo fue a ver un ángel y le preguntó qué hacía.
«-—Estaba meditando —contestó el ermitaño. Yo sé que la vida es una representación y hasta hace un momento mi papel era el de alguien que meditaba. Ahora dime quién eres tú.
«El ángel le dijo que era un mensajero del Ser y el santo le suplicó que le preguntara cuándo iría a verlo.
«Al día siguiente el ángel regresó con el ermitaño y le dijo que el Ser iría a verlo en tantos años como hojas tenía el tamarindo.
«En cuanto escuchó aquello, el bienaventurado cayó en éxtasis, y comenzó a girar arrebatado por la alegría.
«—¿Estás loco? —le dijo el ángel—. Este árbol tiene miles de hojas. Pasarán miles de años antes de que el Ser venga a verte. ¿Cuánto crees que vas a vivir?
«—No me importa —replicó el santo. El Ser me ha enviado un mensaje y eso significa que no me abandonará jamás -y siguió girando, enloquecido por la ilusión.
«En ese mismo momento el Ser llegó al ermitaño y lo abrazó con su resplandor. El ángel se sintió desconcertado y protesto:
«—Señor, voy a quedar como un mentiroso. Dijiste que vendrías en tantos años como las hojas que tiene este tamarindo.
«El tiempo —dijo el Ser— no cuenta para un santo. Un hombre como éste merece que venga a verlo de inmediato.»
—¡El tiempo! —exclamó Marta, que era vieja y sabía de qué hablaba—. El tiempo es el culpable de todos nuestros males.
—El tiempo —dijo el marinero— es otra ilusión. Dicen que un hombre perdió un anillo cuando nadaba en el Río Tortugas y se sumergió para buscarlo. Cuando salió del agua estaba en otra tierra. Conoció a una mujer, tuvo con ella cuatro hijos, llegó a viejo, enfermó de paludismo y murió. Sus hijos lo llevaron al río para entregar su cuerpo a las aguas, según era la costumbre en ese lugar. Y ese hombre volvió a salir del agua, en el lugar y en el tiempo en que había perdido el anillo.
«Tiempo y espacio son del mundo material. En el Ser no hay tiempo ni espacio. No pierdan tiempo ni sufran pensando en el pasado, imaginando el futuro; disfruten el presente. Los miedos están en el pasado y en el futuro. En el presente no hay nada que temer.»
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Tamarindo (miniatura). Pedro León Castro. Óleo en tela sobre madera 1971. Imagen: raquelbalice.com

