A/ A pesar del mito

de Adán, nada es tan de barro, tan de vida profunda como la mujer. Por eso, Amaranta, me parecen tan bellas y tan exactas estas palabras que te envío en silencio:

Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí:

toda el agua que va rumbo a tus cántaros.

Y de la sed de ti, de tu naturaleza de arcilla y luz me parece que hablan estos otros dos versos que son, al igual que los anteriores, de Carlos Pellicer:

el agua de la sed

rota en el cántaro.

B/ Mucho tiempo después,

una noche tuve un sueño maravilloso. Soñé que estaba a la orilla del mar, en una playa rocosa. Las olas reventaban y la espuma me salpicaba. Comencé a oír una canción; la canción más hermosa que he escuchado jamás. La cantaba una sirena rodeada de peces que tocaba su guitarra en el agua, muy cerca de la orilla.

A la mañana siguiente me levanté tempranito. Era domingo y todos dormían. Me vestí sin hacer ruido, para no despertar a mi hermano; bajé las escaleras, atravesé el patio y entré al taller. ¡Qué quieto, qué callado estaba! Hacía un poquito de frío. Junto a la ventana, en una repisa, había un montón de barro, cubierto con un trapo mojado. Puse un poco en uno de los tornos, me eché agua en las manos y comencé a trabajar.

Dentro de mí yo seguía viendo a la sirena que cantaba. Cerraba los ojos y la veía tan claramente como en mi sueño. Comencé a copiarla con pedacitos de arcilla. Trabajé mucho tiempo, sin moverme de mi lugar. Le puse su corona de plumas, su guitarra, sus collares, su gran cola de pescado. Luego la vi ya completa, mi sirena, y me gustó. Al final le puse por fuera, también de barro, un corazón.

–Eres un artista –me dijo el abuelo al rato, cuando la vio. La llevamos al horno. Luego la pinté. La puse en mi cuarto, arriba de la mesa. En las noches, cuando me estoy quedando dormido, como que la oigo cantar.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua

Felipe Garrido