A/ Papeles

Fue cuando estuve enfermo y me retiré a la Quinta. No pude dejar de atender, sin embargo, algunos asuntos, y una o dos veces por semana Anacarda me traía papeles que era mejor no confiar al ciberespacio. Mis temores sobre Ruth se confirmaron cuando supe que le había ordenado a la muchacha que le dejara ver las cartas que Teresa me mandara, asegurándole que volvería a cerrar los sobres de modo que nadie lo notara. Anacarda le aseguró que lo haría y, sin informarme de esto en un principio, se contentó con sacar del paquete los pliegos perfumados de Teresa, para ocultarlos a un lado de la llanta de repuesto. Feliz precaución, pues hubo veces –me enteré luego– en que, delirante por los celos, Ruth obligó a mi secretaria a mostrarle lo que traía y aun a vaciar la bolsa en su presencia. Anacarda era tan astuta como hermosa, pero Ruth no lo recelaba –ni yo pude descubrirlo, sino tiempo después.

B/ Celos

Ruth era feroz. O la hicieron feroz los celos. Pero lo descubrí tarde, cuando ya habían pasado meses. Ella sabía cuánto había yo amado a María. Allí todos lo sabían; no había forma de negarlo ni de olvidarlo ni de disimularlo –aunque yo nunca hablara de ella y hubiera guardado sus fotografías y dejado de usar la ropa que ella me había comprado. Ahora que estábamos casados, Ruth fue envenenándose poco a poco. Comenzó por exigir que no hubiera nada en la casa que pudiera recordar a María. No es que me lo dijera; ella se encargó de hacerlo. Un día la sorprendí cuando quebraba, minuciosamente, un juego de copas. No me gustan –me dijo. Muebles, cuadros, cortinas… pintó la casa con saña, buscando colores que borraran su antiguo aspecto. Taló el liquidámbar porque creyó que ella lo había plantado. A veces me despertaba frenética: ¡Estás soñando con ella! –me gritaba. De nada servía negarlo; de nada servía recordarle que seis años antes María había muerto.

C/ De perdida

Nina es un encanto, ¡oh, sí! Un alud, un tsunami, un vendaval. Mujer volcánica, me digo cuando vuelvo a seguir sus jeans, que la dibujan en el grado justo en que aún la conservan elegante, y veo cómo los botines que acaba de comprar –¿nueve, doce, quince zapaterías revolvimos? — le marcan el juego de la cintura en los pasos firmes y voraces. Porque ahora Nina quiere una tira de encaje que haga juego con la que le regaló su madrina hace un año y tornamos –por tercera vez– a la tienda aquella donde encontró las velas con aroma de canela porque, dice, cree que vio… pero en el camino descubre un aparador que se le había escondido y mientras entramos me da las bolsas que trae porque le hace falta tener libres las manos. Yo las recibo haciéndoles lugar entre las que llevo y me derrito de celos y me digo lo bueno que sería que Nina me deseara con esa pasión, ese empeño, ese frenesí… No me engaño: para eso haría falta, de perdida, ser un mantel.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido