Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

A /

El diálogo

Esa noche, al salir de la cantina, una mujer se jactó ante los demás de que el marinero había hablado sólo para ella. Sin embargo, su suegro le dijo que no era cierto, que se había dirigido a él. Y un vecino soltó una carcajada, porque estaba seguro de que cada una de las palabras había sonado solamente en sus oídos. Y así sucedió con una muchacha, un maestro de escuela, el carnicero, la secretaria del Ayuntamiento… Finalmente, todos hablaban al mismo tiempo, cada uno convencido de que las palabras del marinero habían sido sólo para su persona.

Hasta que comprendieron y se quedaron callados.

B/

La fortuna y la desgracia

Una mañana de marzo el marinero iba por la orilla del mar, en Las Rayas, con unos vecinos de San Miguel de Afuera y Elizabeth Antúnez Tercera no llevaba la canasta en la cabeza.

—Todo el tiempo —dijo el marinero, y se detuvo para ver a la muchacha— hacemos lo posible para vislumbrar al Ser, fuente de toda felicidad, de toda verdad. Como somos débiles, lo buscamos solamente en lo que nos parece hermoso.

Elizabeth, que se había adelantado, dio media vuelta para volver con el grupo, y caminaba de frente, ceñida por la brisa.

—Por hermoso que algo o alguien nos parezca —dijo el marinero, es apenas un granito de la belleza del Ser. Pero nos permite elevarnos hasta allí donde no existe diferencia entre lo que podemos y lo que no podemos explicar, entre lo que vemos y tocamos y lo que no está al alcance de los sentidos. Entonces descubrimos que todo es parte del Ser y aceptamos por igual el frío y el calor, el placer y el dolor, la fortuna y la desgracia, la belleza y la fealdad.

—Pero —dijo el carnicero, que tenía ribetes de filósofo y a veces se atrevía a intervenir-, ¿quién puede preferir lo feo a lo bello, la mala suerte a la fortuna, el dolor al placer?

—No dije preferir, sino aceptar —respondió el marinero. Y no me pidas que yo lo haga, porque soy sólo un hombre, lleno de debilidades.

—Como un solo río interminable —dicen que dijo el marinero después de que habían caminado un rato en silencio— bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres, hacia allá, el centro vivo del origen, más allá del fin y del comienzo.

Felipe Garrido