

El arte tradicional morelense: entre la ancestral identidad y la efímera modernidad.
“Los alfareros [de San Antón] trabajaban como querían siguiendo sus propios diseños antiguos o copiando alguna pieza rara que yo había traído de otra parte del país; yo escogía las piezas que quería y les pagaba lo que me pedían; no importando cuál fuera el precio, yo lo duplicaba con mis clientes, y ellos quedaban muy contentos con su compra” recordaba la empresaria y cronista británica Rose Eleanor King en su libro Tempest over Mexico ‒1935‒.
La impositiva adjetivación que sesudos expertos han hecho de las expresiones tradicionales colectivas como “cultura popular” constituye un acto de inevitable discriminación de la creatividad y del quehacer cotidianos en los ámbitos familiar y comunitario. En la gran caja de lo “popular” caben todas las expresiones culturales tradicionales “anónimas” que carecen de los méritos para formar parte de las obras de autor reconocidas con nombres y apellidos.
En Morelos el arte tradicional es un tema de obligado debate por diversas razones, entre ellas, la ignorancia. Hace algunos años, una servidora pública de Cultura propuso dotar de hornos de gas a las mujeres alfareras de Cuentepec ‒Temixco‒, argumentando que su antigua técnica de cocción del barrio ofrecía piezas manchadas por las brasas. Igualmente propuso que las mujeres cuentepequenses dejaran de fabricar cazuelas para fabricar piezas decorativas.
Un maestro cerero de Tepoztlán fue invitado a participar en un concurso nacional de cerería tradicional en Guanajuato. Los servidores públicos de la dependencia estatal de Cultura ignoraron su solicitud de transporte para sus tan elaboradas como delicadas piezas. Tras la gestión correspondiente el maestro obtuvo el premio nacional del concurso en la categoría de cirio ceremonial. Y así, los mismos servidores públicos se aprovecharon de la ocasión.
El arte tradicional morelense procede, en buena medida, de otras latitudes. Las “artesanías” ofrecidas con el nombre de “Cuernavaca” son de manufactura guerrerense y su diseño contemporáneo; la producción de piezas de “barro de Tlayacapan” es mínima, pues la mayor parte de ella procede del Estado de México, Guerrero, Puebla, Oaxaca o Michoacán; o las muñecas lele que, de origen queretano ‒Mexquititlán‒, se ofrecen como morelenses.

Los ancestrales cuexcomate o troje, de uso agrícola, devinieron, piezas decorativas de mesa; las artísticas portadas de cucharilla, para los pórticos de templos en las fiestas tradicionales, ahora son realizadas con unicel y foamy; el tradicional papel picado ha sido reemplazado por el postmoderno plástico picado; el original traje para el brinco del chinelo se transformó en recargada pieza de museo; o la natural cera virgen fue reemplazada por la artificial parafina.
Tempestad sobre México; Rose E. King; traducción y notas de Adriana Estrada Cajigal Barrera; primera edición de la traducción; Secretaría de Cultura de Morelos; México; 2013; 328 pp.

Imagen: Alfareros de San Antón (fragmento); Cuernavaca,
Morelos; ca. 1920; Archivo Jesús Zavaleta Castro.

