

El miércoles 30 de Abril del 2025 el Penny Lane cerró sus puertas.
Escribí un artículo para ellos, y se los comparto como homenaje al gran Penny te vamos a extrañar ![]()
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Lo primero es caminar hasta Lerdo de Tejada. Casi siempre empiezo a andar desde el Jardín Borda. Son sólo unas cuadras, y camino bajito por las sombras del día que se vuelven totales mientras avanza la noche. Atravieso algunos locales familiares: la zapatería de la esquina, la Michoacana, el mítico Cine Morelos, la fonda Las Iguanas (restaurante de mi adolescencia y refugio de mi primer noviazgo), el Hotel Catedral y el estudio de fotos Roxy, antes de dar un volantazo a la derecha.
Mientras camino, la noche se vuelve promesa y mi tristeza, camuflaje. Llevo años yendo al Penny Lane, y aún siento entusiasmo al llegar. Quizá sea porque la oscuridad de esas horas te permite licencias que el día no. La compostura se pierde en una taberna, y las líneas del discurso se vuelven más finas. Te vuelves menos tarjeta de presentación y más esencia. Es como desdoblarte del personaje, aunque sea por unos momentos del día.
No recuerdo la primera vez que fui al Penny Lane, ni quién me llevó, pero sí recuerdo cuando el local estaba en la calle Cuauhtemotzin, justo arriba del billar Snooka. Una de mis primeras salidas «oficiales» a un bar fue ahí. Pasé una noche inolvidable bailando Someday de The Strokes con mis amigos: Ricardo, Citlalli, Vanessa y Lalo, bajo unas bocinas a medio reventar y un par de Coronas. Éramos unos críos con la vida sudándonos por la piel. Qué nos importaba el mañana. No había que rendirle cuentas al futuro ni a nadie. La vida era ese momento, esa canción, nuestra mesa, los ojos de Citlalli, la chamarra de Ricardo, Vanessa y yo haciéndonos una foto que recordaríamos más tarde, de viejos.

Tiempo después, el local mutó en Juan del Jarro, en Miraval, pero desapareció a los pocos meses, regresando a su nombre habitual en el centro de Cuernavaca, donde ahora asisto como fiel a su parroquia.
No importa lo bajito que estés, el Penny Lane vuelve tu nostalgia un precipicio andable. Cada que llegas, encuentras a personas que se vuelven tu andamio, tu caminar por esa noche. Julián Andrés Parra, el encargado, casi siempre está ocupado en la cocina, pero nunca deja de saludarte si te lo encuentras.
—¿Cómo estás, man? —dice, siempre con pocas palabras, y con eso basta.
Otros días están los Acuamanes tocando rock clásico, y si estás de suerte, te encuentras a Jorge Madrid Figueroa (el cantante) vestido con su overol. Es como ver a un pelirrojo, o un trébol de cuatro hojas: destellos de la vida que te alegran el día.
Afuera casi siempre está Pollo, o Marco, gran amigo y baterista. Intercambiamos cualquier cosa seguida de un chiste. Es un ritual que mantiene andando los caballos de la amistad. Adentro, está Casandra Olea, mi bartender favorita, que me atiende bajo esos lentes que parecen espejos de agua.
—Una pinta oscura, Cass, por favor. No, mejor dos… viene Eduardo Avendaño
La cerveza de ese lugar es fuerte, y casi siempre te deja taciturno. He visto a más de uno caer, y hasta algunos altercados a puño limpio, pero nada grave. Cosas de bares. En todo caso, aún se respeta ahí la batalla limpia, como debe ser.
Cada tanto toca Daniel Angel Camacho, y de vez en cuando se hacen eventos de otra índole: tatuajes exprés, jam sessions. El lugar tiene todo para pasarla bien, a mi parecer: un local íntimo, buena música, pintas de barril, una variedad de comida que va desde pizza, papas, quesadillas y otras cosas. Y si uno quiere ponerse fancy, hay cervezas artesanales y otros tragos.
También es el punto de encuentro con los amigos que no esperas, pero sabes que rondarán por ahí a cualquier hora de la noche. Se vuelve, incluso, el after de los dueños de otros bares cercanos.
Me reconozco en todo ello porque es parte de mí: la luz bajita del baño, las conversaciones sin sentido después de dos pintas, el saludo informal con Julián, el overol de Jorge, los ojos de Cass.
Casi siempre, las personas o los lugares que elegimos son espejos —para bien o para mal— de partes nuestras que no entendemos.
El Penny es una embajada amable, un lugar que se queda en la historia de las noches interminables, de amigos que pasan por ahí y que a veces no vuelven más. De un tiempo que es el nuestro y que recordaremos por siempre.
Larga vida a los lugares donde no importa el mañana.
Larga vida al Penny Lane Beer House ![]()
Adiós

