Desde siempre me ha gustado el café pero empecé a entenderlo cuando estudiaba la universidad en la CDMX, yo vivía en el centro de Coyoacán en un diminuto cuarto de servicio, que en otros tiempos era usado por la servidumbre, pero en ese momento, sus cuatro metros cuadrados me pertenecían a mi, a mi guitarra, y a una cama en la que por las noches soñaba en silencio con convertirme en el músico que sería después.

Sobre la misma calle en la que vivía existía un café también diminuto llamado Avellaneda, en honor a Laura, uno de los personajes más famosos de Benedetti en su libro La Tregua, yo no lo sabía pero el dueño de ese café era Carlos de la Torre, un celebre barista que había ganado varias competencias de café. Fue en ese café donde Carlos junto a su equipo me enseñaron el arte del café, yo hasta ese entonces nunca había escuchado que era un café de especialidad, no sabía de métodos de extracción, de granos de café, no entendía qué era el flat white y que no era lo mismo que un macchiato, que había que calibrar la maquina para obtener un perfecto expreso ¿Calibrar? Si uno ve los métodos de extracción por primera vez todo el asunto parece sacado de un kit de química.

Asistía a diario, y a diario Ximena la prima de Carlos me enseñaba con paciencia a entender el café, fue así que empecé mi entrenamiento y ahora, a muchos años de distancia puedo distinguir de golpe un buen café a uno malo o quemado.

Con esto quiero decir que aunque disfruto mucho del buen café, no quiere decir que de vez en cuando no disfrute de un mal café. Por más contradictorio que esto suene, abolir la mediocridad hace comparable la experiencia.

Y es que el camino más rápido a la infelicidad es no poder calibrar que lo sublime pasa de vez en cuando, y está bien que así suceda porque de otra manera perdería su brillo, no hay nada más lastimoso que revestir un recuerdo teñido por la nostalgia, y saberse lejos de él haciendo que el presente sea aún más miserable. A veces voy a Starbucks sin ninguna culpa, y a perdón de mis maestros en café; Baltazar, Ximena y Carlos, a veces quiero un poco de esa mediocridad en mi paladar a un precio estúpido, no tiene que ver con justificar a la razón, tiene que ver con ser consciente que la alegría y lo sublime son ambos ejercicios que nace en la antesala del tedio. La felicidad jamás debería ser un plato que se sirve a diario. ¿Quién sería capaz de reconocer lo sublime bañado en oro?

Quiero decir que hay que aprender también a disfrutar lo mediocre como parte de la vida y la experiencia humana, que una cosa no haga que dejemos de poder disfrutar la otra. No hay nada peor que el snobismo, ese sí que me rompe los vidrios.

Está de lo lindo ir a un bar horrible con pintura despintada en las paredes, pedir un cubetazo y escuchar Maná, bailar o perrear con un desconocido o desconocida muy pegados con sudor en la piel, pedir McDonalds o Burger King y saber que lo que nos sirven va a ser siempre una mierda, vivir en un cuartito de 4 metros, tomar licor barato, cantar Bad Bunny, y al otro día volver a Kind of blue de Miles Davis, lo que quiero decir es que la vida es inmensa, y está bien liberarse de toda esa cantaleta que nos han inculcado como culto, no me mal entiendan, yo puedo ser el peor snob bebiendo Macallan de 18 años, pero también el tipo que te invite al bar más horrible e inclusive en esos momentos ser aún más feliz.

Recordemos que el telón de lo cotidiano y lo mediocre es el mejor lienzo para recibir los colores de lo sublime, para que un día inesperado se pasee por nuestro caballete la mano de Dios.

Andrés Uribe Carvajal