

La decadencia de las instituciones políticas y occidentales ha pasado de ser un hipotético, al cual tememos, a ser una realidad: la culminación de décadas de decadencia cultural y una increíble capacidad para ignorar el problema o desviar la atención. Y a pesar de haber llegado a este punto, muchos nos rehusamos a llamarlo por su nombre. Incluso aquellos que reconocen lo catastrófico que son las políticas ultraderechistas de personajes como Donald Trump, Marine Le Pen o Benjamin Netanyahu se rehúsan a acusarlos de fascistas y a exponer el origen de sus ideologías, que son problemas culturales únicos de Occidente. En vez de eso, intentan señalar a movimientos sociales, como aquellos que luchan por los derechos de las personas trans, e insisten en que pidieron demasiado; que fue por el crecimiento de la llamada cultura woke que la ultraderecha creció tan rápido, y no por el abandono colectivo de las instituciones, de las personas de escasos recursos y de los jóvenes en busca de una identidad sana. Porque siempre es más cómodo culpar a alguien más. Si el problema es cultural, todos tenemos algo de culpa, y si todo esto se nos hubiera presentado como hipotético hace años, lo habríamos llamado fascismo. Pero ahora lo llamamos preocupante o una mala señal para el futuro. Siempre estamos a punto de llegar al fascismo, pero nunca dispuestos a reconocer que lo hicimos, pues eso implicaría haber tomado ese camino y no haber hecho nada para detenerlo.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha resultado mucho peor de lo que yo mismo pensaba, y eso que yo era de los que gritaban sobre el Project 2025 y sus nexos con Trump. Su primer mes ha sido marcado por una brutal eficiencia, corrupción de las instituciones y claras violaciones de la Constitución estadounidense. Aunque muchas de estas están siendo combatidas por otras figuras políticas, siguen relegándose a utilizar los caminos oficiales y cambiar las cosas desde dentro, sin darse cuenta de que Trump llegó a donde está ignorando esos caminos y que no le representan una amenaza. Se rehúsan a darse cuenta de que personas como Elon Musk, cuya única autoridad es ser el hombre más rico del mundo, pueden entrar a agencias de gobierno y cerrarlas sin aprobación explícita de los cuerpos democráticos. Hacer una propuesta en el Senado para comunicarle al presidente Trump que Musk no tiene la autoridad para tomar esas decisiones, y que Trump tampoco, no hará nada para corregir el hecho de que ya se dieron ese permiso y no fueron castigados.
Mucha menos gente está dispuesta a notar que el crecimiento de estas figuras no es una anomalía, sino una inevitabilidad. Estos hombres son producto de una iluminación incompleta, de una democratización que se detuvo en el gobierno y permitió a los industrialistas actuar como reyes en sus organizaciones, de la proliferación de nexos entre el financiamiento político y estos mismos industrialistas que creen tener poder para hacer lo que quieran, de un sistema occidental que le da un peso desproporcionado a la voluntad del individuo y adora como dioses a aquellos que han logrado éxito económico mediante la explotación de la labor de otros.
Lo que una vez fue descartado como paranoia sin fundamento o como alarmismo —las comparaciones con regímenes fascistas y las advertencias de políticas tiránicas— ahora debe decirse claramente: en Occidente estamos repitiendo nuevamente los horrores que plagaron la expansión de imperios desde hace 2000 años, no por medio de guerras civiles o golpes de estado de la noche a la mañana (que tampoco es indicativo del pasado), sino por la lenta y burocrática violencia de catalogar a tus enemigos políticos como enemigos del estado, nombrarlos «la basura de la sociedad», y cambiar la presentación retórica del oficialismo. Las herramientas de opresión no han cambiado ni un poco, solo han sido reempaquetadas.
En su primer mes de regreso al mando, Trump, entre otras cosas, ha convertido a la agencia de migración en una Gestapo moderna, tras la eliminación de lineamientos que prevenían su intervención en áreas de trabajo, instituciones religiosas o educativas, y protegían a las personas de irrupciones forzadas en sus hogares. ICE ha pasado de ser un cuerpo que responde a reportes de migración ilegal y maneja la situación según las necesidades de asilo y condiciones del país de origen, a ser una fuerza paramilitar encargada de purgar la nación de aquellos catalogados como indeseables. Darle a la policía de migración el poder de separar familias, irrumpir en hogares y hacer arrestos sin una orden o investigación válida no es un simple incremento en el poder de una agencia; es fascismo. Las similitudes con regímenes del pasado no terminan ahí. El sistema carcelario estadounidense, según las leyes de cada estado, en ocasiones permite el uso de labor forzada como castigo por un crimen, lo cual, entendido de manera más simple, permite la esclavitud de un individuo que ha violado la ley. Un sistema que ha sido explotado por años: la mayoría de las prisiones en Estados Unidos son manejadas por compañías privadas que llegan a acuerdos con otras instituciones para usar a sus rehenes como mano de obra gratuita, esto encima del pago que el gobierno les hace a las compañías que manejan las prisiones sin supervisión real. Peor aún, Trump ha estado en pláticas para extender la capacidad de Guantánamo o aprovecharse del sistema carcelario de El Salvador (país que también tiene problemas de violaciones de derechos humanos y de labor forzada en sus cárceles) para enviar tanto a migrantes deportados como a prisioneros estadounidenses para cumplir sus sentencias. Más allá, una serie de congresos estatales ha propuesto leyes que se saltarían completamente el proceso de deportación para migrantes ilegales y los enviarían directamente a encarcelamiento en cadena perpetua. La maquinaria de genocidio no se anuncia a sí misma con esvásticas, se acerca con eufemismos como “proteger nuestras fronteras”.
Elon Musk personifica la fusión del capital y el autoritarismo aún más que cualquier otro billonario; ha convertido el discurso público en su feudo personal. Promocionó su compra de Twitter como una valiente defensa de la libertad de expresión y se posicionó como un amante del debate y el libre intercambio de ideas. La realidad ha sido muy distinta: no solo despidió a la mayoría de la compañía (reteniendo mayormente a hombres blancos), sino que, desde su toma de control, la plataforma se ha convertido en una cámara de eco para supremacistas blancos y neonazis. Le ha dado una plataforma a aquellos que esparcen discurso de odio y llaman a actos de violencia en contra de minorías. Musk ha transformado una plataforma que, aunque ciertamente tenía fallos, era un espacio lleno de opiniones distintas y un verdadero debate en una infinidad de temas, en una avenida más para la radicalización ultraderechista. Demostrando que esta supuesta defensa de la libre expresión es en realidad un esfuerzo calculado para desestabilizar la realidad misma, ejemplificado de manera clara en que removió al equipo encargado de censurar discurso de odio y verificar la veracidad de la información que se publica. La corrupción de espacios digitales no termina en Musk, pues, a pesar de ser el primero en recibir discurso de odio con los brazos abiertos, figuras como Mark Zuckerberg han tomado medidas similares en sus plataformas desde que se anunció la victoria de Donald Trump en 2024. La visión de estos tecnócratas para el futuro de la humanidad: ciudades privatizadas, colonias en las estrellas gobernadas por managers corporativos, sistemas de IA diseñados para perpetuar la desigualdad. No es innovación, es feudalismo con diseño minimalista y paneles de vidrio templado. Cuando los billonarios dictan el discurso aceptable y la infraestructura de nuestras vidas diarias, la democracia no sirve más que como una cortina de humo.

El negarnos a nombrar esta realidad, ocultar la brutalidad policiaca en burocracia, pintar la tiranía de Musk como excentricidad y venderlo como un genio malentendido es un fallo moral. Por años, los liberales han descartado las comparaciones que se hacen al fascismo en la derecha estadounidense. Han argumentado que sus instituciones democráticas son demasiado poderosas y están muy bien establecidas como para caer en el fascismo. Pero aquí estamos: un hombre que orquestó una insurrección y ha prometido que nadie tendrá que volver a votar está de regreso en la Casa Blanca; ICE hace más de mil arrestos diarios y un ecosistema de medios tanto tradicionales como digitales que trata la retórica fascista como debate legítimo.
La cultura occidental se está ahogando en el mito de su propia superioridad moral. Hemos descartado el fascismo como una enfermiza reliquia europea que fue curada con el triunfo sobre los nazis. Pero solo estaba a la espera de las condiciones correctas para volver a surgir: desigualdad, alienación, radicalización política, instituciones fallidas. Todas las mismas condiciones que lo vieron nacer en la República Romana y en la República de Weimar. Las advertencias han estado ahí por décadas; cada atrocidad normalizada ha pavimentado el camino para la siguiente. Los campos de tortura en Medio Oriente, la militarización de la policía, la eliminación del aborto y la criminalización de protestas han sido el lento camino a nuestra situación actual, porque ningún público aceptaría despertar un día y ver camionetas negras arrestando gente en iglesias y escuelas. Pero después de años viendo una fuerza de policía cada vez más militarizada, este solo es el siguiente paso más natural posible, y con cada pequeño cambio llegamos a la realidad de hoy. Los campos de trabajo existen, los oligarcas gobiernan, y la retórica expansionista incrementa cada día. El Holocausto no comenzó con cámaras de gas; comenzó con la normalización del odio y la categorización estigmatizante de aquellos que se oponen al gobierno. Llamar lo que está pasando algo menos que fascista es ser partícipe de ello.


