Hace poco escuché a un directivo decir que la inteligencia artificial (IA) nos va a “liberar”. Que pronto haremos menos tareas repetitivas y podremos, al fin, “enfocarnos en lo que realmente importa”. Me dieron ganas de ponerme de pie y aplaudir, pero con ironía.

Porque esa promesa ya la escuchamos antes. Ya nos la vendieron, envuelta en una caja rosa con moño de “liberación femenina”. Nos la sirvieron con la llegada de las lavadoras, las aspiradoras, el microondas. “Tendrás más tiempo libre”, dijeron. “Vas a descansar, vas a ser feliz”. Y sí, muchas tareas se volvieron más rápidas. Pero ese tiempo que supuestamente ganamos nunca fue nuestro. No fue un regalo, fue una trampa.

Ese tiempo, en lugar de traducirse en ocio, en placer, en horas de lectura o siestas al sol, se convirtió en la excusa perfecta para que muchas mujeres entraran al mercado laboral… pero sin soltar lo otro. Sin soltar nada. Porque no fue una transición, fue una superposición. Trabaja afuera, pero sigue haciendo todo lo de adentro. Gana un salario, pero no descuides la casa. Estudia, avanza, produce, cuida, cocina, plancha, atiende, resuelve y por sobre todas las cosas, sé joven y bella 24/7.

Y si alguna duda cabe, ahí están los datos, por ejemplo, en América Latina, más del 75% del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado sigue recayendo en mujeres. Aunque tengamos empleos de tiempo completo. Aunque dirijamos empresas. Aunque tengamos títulos y tarjetas de presentación.

Hoy, esa promesa regresa disfrazada de tecnología. Ya no es solo para las mujeres. Ahora estamos todos en el mismo bote. Suena a ciencia ficción, pero la inteligencia artificial ya está en todas partes. Ya usamos IA sin darnos cuenta. Cuando abres Spotify y te recomienda canciones que te encantan, cuando Netflix te sugiere una serie que, sospechosamente, se parece a tu humor de los últimos días. Cuando Amazon sabe que necesitas papel higiénico antes de que tú lo sepas. No necesitas entender cómo funciona para estar completamente rodeado de ella.

Y, sin embargo, en el trabajo, la cosa se siente menos futurista y más agotadora. Nos dicen que la IA nos va a ayudar, que nos va a ahorrar tiempo, que nos va a liberar de lo aburrido, de lo repetitivo. Y suena bonito, hasta que te das cuenta de que nadie te dice qué va a pasar con ese tiempo que supuestamente se libera. La respuesta es sencilla, lo van a ocupar. Si antes hacías cinco tareas, ahora haces diez. Si antes redactabas un informe en dos horas, ahora lo haces en veinte minutos… pero te piden tres versiones, más un video, más una presentación, más un “valor agregado”. Porque ahora “ya tienes ayuda”.

Y no solo eso. También tienes que aprender a usarla. No basta con hacer bien tu trabajo. Ahora también tienes que saber cómo funciona la nueva herramienta, cómo hablarle a ChatGPT, cómo entrenarlo, cómo diferenciarte de los demás y mantenerte vigente. Y eso, ¿cuándo lo haces? ¿A las once y media de la noche, cuando tus hijos ya están dormidos, tu pareja roncando, y tú con el cerebro frito por todo lo que ya hiciste ese día? ¿O los domingos por la tarde, mientras intentas desconectarte y ves ese curso online que nunca terminas porque, aunque el video dura quince minutos, tu cuerpo pide silencio?

La IA no solo nos ayuda, también nos exige. Y lo hace en un sistema que ya venía exigiendo demasiado. Un sistema que glorifica el cansancio, que aplaude al que responde correos a las once de la noche, que convierte la hiperproductividad en símbolo de éxito. Un sistema que te dice “usa la IA para hacer más”, pero no te pregunta si quieres hacer más. Ni si puedes o si te queda algo de energía.

Y a todo esto se suma la ilusión de que la IA piensa como nosotros. En 2018, una mujer llamada Elaine Herzberg cruzaba una calle en Tempe, Arizona, empujando su bicicleta con singular alegría, cuando un auto autónomo la atropelló. El sistema de conducción —basado en redes neuronales que reconocen imágenes— interpretó que la bicicleta era un objeto en movimiento, pero no entendió que Elaine caminaba junto a ella. No supo qué hacer con ese dato confuso. Y no frenó. Simplemente siguió. Elaine fue arrastrada veinte metros y murió.

Un ser humano, probablemente, habría frenado. Porque cuando no entendemos algo, cuando algo no nos cuadra, solemos dudar y parar. La IA no sabe hacer eso. No sabe qué hacer con la ambigüedad. No reconoce la incertidumbre, no le tiembla el pulso. Y eso, en muchos sentidos, es lo más preocupante.

Porque si estamos construyendo herramientas que no interpretan lo incierto, que no frenan cuando algo no tiene sentido… entonces no estamos haciendo tecnología que nos ayude. Estamos haciendo tecnología que nos sustituye sin entendernos. Y mientras tanto, seguimos viviendo como si la IA fuera neutral, como si todo el mundo tuviera las mismas condiciones para “adaptarse”, para “ponerse al día”, para “seguir siendo competitivo”.

Pero no todos tienen el mismo acceso. Ni el mismo tiempo. Ni el mismo margen para fallar. No todos tienen espacio para aprender a programar, para capacitarse sin que eso implique un sacrificio brutal. Y sin embargo, la expectativa de “tienes que saber” está ahí. Y hay que aprender, y aprender rápido, si quieres sobrevivir.

Y a veces me pregunto si no estamos cayendo en la misma trampa de siempre. Si no estamos otra vez romantizando la herramienta y olvidando al humano. Porque de nada sirve tener acceso a la mejor tecnología si seguimos midiendo nuestro valor por la cantidad de cosas que hacemos. Si seguimos creyendo que descansar es perder el tiempo. Si seguimos esperando que la IA nos solucione la vida… mientras nosotros seguimos corriendo como hámster en una rueda. Lo que más necesitamos ahora no es más eficiencia. Es más pausa y más humanidad.

Necesitamos herramientas que nos den tiempo, sí. Pero tiempo de verdad. Tiempo para pensar sin prisa, para meter la pata sin castigo. Tiempo para preguntarnos si de verdad queremos hacer más… o simplemente, como diría Cristian Castro, no hacer nada.

Necesitamos entender que la IA puede ser una aliada, pero no puede decidir por nosotros. Que puede sugerir, pero no puede sentir. Puede escribir poesía, sí, pero no puede llorarla. Puede simular una conversación, responderte con lógica impecable, pero no entiende lo que pasa cuando una sala se llena de silencio incómodo, cuando alguien suelta una risa nerviosa para no llorar, cuando el nudo en la garganta aprieta tanto que ya no salen palabras. No huele el cabello de tu madre mientras te abraza, no reconoce el olor de café por las mañanas que anuncia que la casa sigue viva, no sabe lo que es un beso con amor o un abrazo que dura unos segundos más porque nadie quiere soltar primero. No se le eriza la piel cuando alguien dice “tenemos que hablar”. No se le parte el corazón cuando un médico te dice que ya no hay nada que hacer. No ama, no extraña, no duda, no tiene miedo. Y por eso, puede imitar casi todo, menos lo que nos hace humanos.

Prefiero pensar que la IA no está aquí para reemplazarnos, sino para revelarnos. Para hacernos ver todo lo que no podemos ni debemos automatizar. Para recordarnos que hay cosas que solo los humanos podemos hacer. Y si alguna vez olvidamos eso, si alguna vez dejamos que la máquina tome el volante sin freno ni juicio, si alguna vez dejamos de preguntarnos por qué estamos haciendo todo lo que hacemos, entonces habremos perdido algo más que un trabajo.

Habríamos perdido el hilo de lo que nos hace humanos.

Y eso —ni el mejor algoritmo del mundo— lo puede recuperar.

Elsa Sanlara