

Cuando hablamos de depresión en la infancia y adolescencia, solemos imaginar a una niña retraída, triste o llorosa. Esto no es casualidad porque durante siglos, la tristeza profunda (antiguamente llamada melancolía) fue vista como un “mal femenino”, un estado emocional ligado a los vaivenes hormonales, la histeria o la supuesta fragilidad natural de las mujeres. La idea de que «ellas sienten más» y «ellos aguantan más» se ha colado hasta en los manuales de diagnóstico.
Sin embargo, ¿qué pasa cuando un niño se muestra irritable, desafiante o incluso agresivo? ¿Pensamos en depresión o lo etiquetamos como «niño problema»? La evidencia científica nos invita a replantear estas percepciones. Aunque las estadísticas muestran que las niñas adolescentes reportan más síntomas depresivos que los niños, esto podría deberse a que los instrumentos de evaluación están diseñados para detectar manifestaciones típicamente “femeninas” de la depresión, como la tristeza o el llanto. En cambio, los niños y hombres tienden a externalizar su malestar, mostrando irritabilidad, conductas impulsivas o incluso violencia.
Y aquí es donde entra en juego un estereotipo que, aunque parece inofensivo, ha hecho muchísimo daño: “los niños no lloran.” Esta frase, repetida como mantra durante generaciones, además de inhibir a los niños de expresar tristeza o vulnerabilidad, les orilla a no expresar qué es lo que sienten y lo hacen de maneras distintas a las dictadas por la norma. Si un niño llora, lo corregimos; si se enoja, lo castigamos; pero rara vez preguntamos ¿qué es lo que siente?
Este mandato cultural de la contención emocional se distorsiona. Hace que sus síntomas pasen desapercibidos, que sus necesidades emocionales sean ignoradas, y que las señales de una depresión enmascarada se interpreten como “mala conducta” en lugar de lo que realmente podrían ser. Esta diferencia en la expresión emocional no es trivial. Las herramientas de detección actuales pueden pasar por alto la depresión en aproximadamente 1 de cada 10 varones, lo que implica que muchos niños y adolescentes no reciben el apoyo que necesitan.
Es crucial reconocer que la depresión en niños y adolescentes varones puede manifestarse de formas menos evidentes, pero igualmente peligrosas. La falta de diagnóstico y tratamiento adecuados no solo perpetúa el sufrimiento individual, sino que también puede tener consecuencias graves. Entre ellas, una de las más alarmantes: los hombres tienen tasas de suicidio significativamente más altas que las mujeres, a pesar de que estas últimas son quienes más buscan ayuda. Desde la infancia, los varones aprenden a callar, a contener, a no mostrar debilidad… y muchas veces, ese silencio termina costando vidas.
Por ello, es fundamental que madres, padres, docentes, personal de salud y todas las personas adultas que acompañan niños, niñas y adolescencias estén atentas a estas señales y adopten enfoques sensibles al género en la detección y tratamiento de la depresión. Solo así podremos brindar el apoyo necesario a todos los niños y adolescentes que lo requieran, independientemente de cómo expresen su dolor.

*Comunicadora independiente de ciencia

Foto: Canva for education (SeventyFour)

