El pasado lunes, el prestigioso New York Times (NYT) publicó en su sección “Americas” un curioso reportaje titulado “He was a goatherd as a boy…” ( De niño, fue un pastor de cabras..) firmado por Simón Romero y Emiliano Rodríguez Meza. El texto reseña la metamorfosis de Hugo Aguilar Ortiz de un pequeño cabrero mixteco a su inminente ascenso como Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Ahí los periodistas también hacen mención al entorno modesto en una comunidad rural e indígena, de un niño que solo hablaba mixteco en su infancia, pastoreaba ganado caprino y que creía que el mundo terminaba en las montañas de la serranía oaxaqueña.

El pastorcito, pronto dejó su comunidad y marchó a la capital del estado para estudiar Derecho y convertirse en abogado, aquí no se refieren al zapoteco Benito Juárez sino al mixteco Hugo Aguilar Ortiz. En 1994, el mixteco aparece como asesor de los neozapatistas en Chiapas y el reportaje afirma que ayudó a los guerrilleros a transformar sus preocupaciones en demandas legales concretas. Posteriormente dejó la guerrilla para incursionar en el gobierno de Oaxaca, al cual renunció como protesta, trás el enfrentamiento de la Policía Federal con la APPO en octubre de 2006. Después se unió a Andrés Manuel López Obrador, quien, al llegar a la presidencia en 2018, lo hizo Director de Derechos Indígenas del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI).

En congruencia con la objetividad en su línea editorial, el NYT añade testimonios de activistas y abogados relacionados con los Derechos indígenas, que dan cuenta de Aguilar Ortíz defendiendo a comunidades frente a proyectos de minería a cielo abierto por parte de mineras canadienses, o bien a los Yaquis en dilatados procesos para la restitución de tierras así como en la exigencia de disculpas por el genocidio cometido por el Estado Mexicano en contra de este pueblo originario del norte del país. Pero también se refieren otros testimonios, de quienes censuran al próximo ministro presidente por su apoyo incondicional a los proyectos de López Obrador, tales como la construcción del ferrocarril transístmico, que afectó a comunidades indígenas del Istmo. Incluso un abogado mixe de la región comentó que espera que Aguilar Ortiz no haya mutado su idealismo de juventud para convertirse en un operador político de la Cuarta Transformación. Finalmente, el propio Aguilar Ortiz, asegura a los periodistas que él no le debe su triunfo ni a Morena, ni a la Presidenta, ni al Congreso de la Unión o a político alguno, sino al voto del pueblo, afirmación que es francamente risible.

Pero lo que más llama la atención del reportaje, es que se pretenda asociar la figura de Aguilar Ortíz con la de Juárez, Al querer construir la historia de un pastorcito que dejó su rebaño para marchar a Oaxaca, convertirse en abogado y al igual que el Benemérito, alcanzar la máxima posición a la cual puede aspirar un jurista en México. Consideraciones aparte, Juárez fue un hombre de luces y sombras, bien se dice que murió a tiempo, antes de que el velo de la dictadura cubriera su trayectoria. Pero en su descargo, podemos afirmar que fue un magnífico estudiante, rector, abogado postulante, diputado, magistrado, gobernador, ministro y presidente de la corte, presidente de la república, estadista, artífice de la Reforma y el hombre que venció a los conservadores, a la intervención y al imperio.

Juárez quien aprendió español en su adolescencia, nunca renegó de su raíz indígena, tampoco se avergonzó de ella, pero ante todo, fue primero mexicano que zapoteco. Respetó las formas y su investidura, jamás se despojó de una austera levita negra, incluso enfundado en ella, atravesó las interminables llanuras norteñas con la dignidad de la República a cuestas. A pesar del auge del sentimiento nacionalista y la corriente de mexicanidad que supuso la República Restaurada entre 1867 y 1876, Juárez jamás echo mano de su origen zapoteco para obtener prebendas o beneficios con fines políticos.

Hoy desafortunadamente, vemos con pena que la condición de indígena se usa, no como una muestra de orgullosa identidad, referente cultural o memoria histórica, sino como trampolín político y para la justificación para un discurso que no construye, sino que polariza y enfrenta a la sociedad mexicana. Tan reprobable es quien discrimina a los indígenas, como quien se vale de pertenecer a un pueblo originario para escalar posiciones en la vida pública. El querer equiparar a Aguilar Ortiz con Juárez a partir de su oriundez y de sus inicios como cabrero, no solo es una osadía y distorsiona la historia a favor del discurso del régimen, sino sobre todo es, una falta de respeto para los pueblos indígenas y originarios de México quienes merecen ser representados desinteresadamente.

*Escritor y cronista morelense.

Un dibujo de una persona

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Juárez de adolescente, grabado de M. Martin, Taller de la Gráfica Popular / cortesía del autor

Roberto Abe Camil