Martha, dignidad peregrina

Martha Ivonne Domínguez Peres y Miguel Ángel Martínez Martínez*

Martha ajusta su gorra y aprieta la carpeta azul donde caben seis años. La carga como expediente y amuleto. En la primera funda lleva la foto de Carlos, barba reciente, ojos risueños, 36 años cuando desapareció, y una frase memorizada: “Salió de Tepic, me avisó que venía a casa… se cortó la señal en Guadalajara”. Esa cuerda enlaza el presente con el día en que la ruta se interrumpió. Desde entonces su vida es trayecto entre terminales y fiscalías. La Nueva Central de Tlaquepaque quedó como punto rojo: allí colgó la pregunta, y cada regreso a Guadalajara empieza por ese silencio y el conteo de llamadas. En febrero de 2024, frente a un muro encalado, extendió una manta. Pintó un mural con el colectivo Voz de los Desaparecidos, encendió velas y siguió buscando. “No es adorno, es para que lo vean conmigo”. Hacer visible lo que otros administran como ausencia es una de sus convicciones. En su cuaderno anotó: Rancho Izaguirre, Teuchitlán, Jalisco. Ese sitio estalló en la conversación pública: un predio señalado por familias y vecinos como campo de violencia. Las autoridades titubean entre “campo de entrenamiento” y de “exterminio”. Martha decide ir. En la víspera, acomoda agua, galletas, fichas de búsqueda y la playera roja que Carlos usaba. Viaja del 20 al 23 de marzo con la intención de entrar; a los dos días la Fiscalía General de la República resguarda el lugar. “No llegué”, nos dice. El cansancio se vuelve calendario y método. Del no-llegar nace una invitación a un retiro. No es acto público, es un espacio afectivo para un cuerpo apretado por filas burocráticas y letras frías del expediente detenido. En el centro, un círculo de flores. Martha se descalza, coloca los tenis en la orilla como si trazara un sendero y deja salir un grito: “Carlos, ¿a dónde más te busco?, ¿dime qué hago? Son ya cinco largos años que te busco sin encontrarte… Mira, hijo, son mis pasos buscándote”. Llora. Las flores no prometen respuesta, solo ofrecen un lugar para sostener el duelo, el agravio, la búsqueda. Al terminar, pide algunos pétalos. Los seca y guarda en un frasco. Repite el gesto en Chiapas: más flores, mismo frasco. No es souvenir, es archivo. Cada pétalo condensa escena y pregunta; cada flor seca une territorios de búsqueda. Si no hay cuerpo, habrá trabajo; si no hay justicia, seguirá el duelo. “Voy a ir las veces que haga falta”, susurra al volver a Puebla. Extiende la manta, prende una vela, acomoda el retrato. El colectivo actualiza teléfonos; la constancia se vuelve método. Su vida no se partió: se expandió desde Tlaquepaque con mantas, rutas y un frasco de flores secas. Ese frasco orienta como faro mínimo y convierte la dignidad en peregrinaje. “Con esto lo siento caminando conmigo”, dice. La búsqueda no se detiene.

*Colectivo Voz de los desaparecidos en Puebla

Fotografía cortesía de la autora.

La Jornada Morelos