Diplomacia

 

Llegó luciendo traje, zapatos y corbata del mismo color negro. Caminaba a pasos mesurados, al compás de las manos que se extendían para ser estrechadas por encima de la cinta de seguridad que delimitaba su camino trazado bajo vigilancia estricta del área donde se congregaban los invitados. El azul celeste se pintaba en sus ojos. Cuando entró al jardín de la residencia, un silencio inesperado se instaló. Apenas unos susurros y movimientos de mangas alzando las cámaras de los celulares, tales periscopios arriba del mar humano aglutinado en el césped, buscando captar las primeras imágenes del rostro presidencial. Se dirigió al escenario para dar su mensaje. No fue sino después de haber recorrido la primera fila hasta la última persona extendiendo su mano, que subió a la tarima donde se encontraba el atril y las páginas de su discurso. Avanzaba acompañado por una ministra y por lo menos dos guardias de seguridad. La gente saludaba, discreta, y el presidente contestaba con una mirada, a veces acompañada de una sonrisa. Su rostro se relajaba conforme recibía los saludos atentos. Paulatinamente, desaparecía su preocupación, mas no los signos visibles de su cansancio. Enfrentar a la comunidad nacional radicada en territorio extranjero representaba un reto. Pese a la selección cuidadosa de los presentes, el riesgo de expresiones desatinadas existía. Todos y cada uno de los invitados había tenido que transitar por tres filtros de seguridad semejantes A los que preceden los embarques de los vuelos internacionales, con la diferencia de los anuncios hechos previamente a su arribo a través del micrófono que pedían resistir a la tentación de las selfies, en vez de abrocharse los cinturones. Al penetrar en la zona diplomática a la hora marcada en la invitación, es decir, hora y media antes del inicio del evento, la gente podía sentarse, disfrutar de la playlist francófona bajo la sombra, refrescarse degustando una limonada y entablar conversaciones tanto con conocidos como desconocidos. Dress code: tenue de cocktail, indicaba la invitación con tal de que nadie se presentara vestido de jeans y tenis, por más lujosa que fuera la marca de fabricación. Empecé a arrepentirme de la altura de los tacones, considerando el declive de la superficie cubierta de pasto y el camino exterior por recorrer para acudir al tocador. Ese sentimiento se desvaneció cuando el máximo mandatario una primera vez me estrechó vigorosamente la mano, mientras yo me presentaba brevemente y, más adelante, en el camino de despedida, cuando sus dos manos cubrieron la mía y me vio a los ojos. A la fecha, no recuerdo bien a bien qué contestó a mi pregunta, pero no creo que tenga importancia. Él tenía otro evento agendado después del discurso. Comí de pie porque los asientos se encontraban ocupados. Otra ministra cruzó mi camino. A modo de saludo, le comenté que me dolían los pies por los tacones. Ella miró hacia abajo los suyos y confesó que su calzado alto le incomodaba de igual manera. Me acerqué nuevamente para escuchar el himno nacional. Filmé una parte al tiempo que lo entonaba olvidando que mi voz iba a quedar grabada en el video. Ya no me importó. Había tenido buenas conversaciones, conocido gente nueva, estrechado muchas manos, comido finalmente. Al salir de la residencia, me intercambié los tacones por tenis. Sentía que volaba, contenta por una linda tardeada diplomáticamente correcta, porque a veces hace falta.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX