

El futuro no negocia con la nostalgia
Cristo Contel*
Hablar del futuro del arte en Morelos —y en cualquier parte de México— implica reconocer algo urgente: necesitamos dejar de romantizar el pasado y asumir la responsabilidad de construir el presente. Ese ciclo de autocelebración estancada es lo que mantiene a la escena detenida.
El verdadero reto está en apostar por quienes están haciendo obra hoy, por quienes están empujando lenguaje, riesgo y mirada. Por la generación que no hereda escena: la está construyendo. Apostar por lo nuevo, lo que está vivo, lo que incomoda, aunque no venga con apellido histórico. Apostar por quienes no necesitan permiso para crear, porque producen obra desde la urgencia real, no desde la nostalgia.
Y con esto hay que ser muy claros: la curaduría, en México y en el mundo, se desvió peligrosamente.
Muchos curadores empezaron a jugar a ser artistas. Se apropiaron del relato, se adueñaron del reflector y convirtieron la exposición en una obra firmada por ellos. Los artistas quedaron como actores secundarios del statement curatorial.
Pero la escena ya no traga eso.

Y en medio de este panorama, hay que decirlo sin rodeos: la figura del curador se ha deformado.
El sistema reciente convirtió la curaduría en un espacio de protagonismo personal: exposiciones firmadas como tesis autorales, discursos más visibles que los artistas, museos usados como trampolín profesional. El curador convertido en artista; el artista reducido a ilustración del statement.
Esa lógica ya no funciona.
No construye comunidad.
Y no genera futuro.
Hoy que los museos están reconstruyendo sus prácticas —desde lo que programan hasta cómo se relacionan con sus públicos— el rol del curador necesita un ajuste de rumbo profundo.
Un curador que quiere protagonismo desplaza al creador.
Un curador que se firma a sí mismo como autor de una exposición mata el ecosistema.
Un curador que habla más del pasado que del presente deja a la comunidad sin futuro.
Porque el curador no es un autor.
Es un agente.
Un conector.
Un estratega cultural.
La curaduría vigente hoy es la que trabaja, no la que presume. La que abre camino. La que investiga territorio, detecta voces emergentes y activa nuevas posibilidades. La que opera como articulador cultural, no como artista frustrado. Su responsabilidad no está en firmar exposiciones, sino en activar procesos, generar contexto y abrir espacio a voces que aún no se ven.
La curaduría del presente no compite por visibilidad: trabaja para que otros la tengan.
Aquí no se trata de hacer circular nombres por obligación ni de inflar egos curatoriales. Se trata de escuchar territorio, reconocer talento emergente, acompañar riesgo y construir una escena que apenas está naciendo. Un curador no puede funcionar como editor de canon, sino como arquitecto de comunidad.
Porque si el curador sustituye al artista, la escena se muere.
Si firma más que quienes producen obra, la escena se vacía.
Si habla solo del pasado, el presente no existe.
Y necesitamos un presente contundente.
Ese presente está en las nuevas generaciones: artistas que trabajan desde la mezcla, la disonancia, la experimentación y la precariedad convertida en lenguaje. Son quienes están moviendo líneas estéticas, ampliando perspectivas y generando obra desde la experiencia de este territorio, no desde la nostalgia de lo que ya no dice nada.
Apostar por ellos no es un gesto de buena voluntad: es una estrategia cultural.
Es asegurar que Morelos tenga una escena propia, no heredada.
Es garantizar que el futuro no llegue vacío.
Porque cuando dentro de veinte años hablen de este periodo, recordarán a quienes empujaron, a quienes construyeron, a quienes apostaron por una escena real.
Los que se quedaron rumiando glorias viejas serán recordados como cuentahistorias de sobremesa, no como agentes de cambio.
Siempre habrá quien viva contando historias pasadas, rumiando glorias de archivo. Pero quienes estamos trabajando hoy sabemos que la verdadera deuda es con el presente. Y que, cuando hablen de esta época, quedarán quienes hicieron, no quienes repitieron.
Hoy toca decidir en qué lado queremos estar.
El trópico observa, y el futuro también.
*Cristo Contel. Director del MMAC y artista


