A / La mujer del juez

-—Una vez —dijo Ramón el Cojo—, la mujer de aquel primer juez que hubo en San Miguel de Adentro, aquel que creía más en la justicia que en las leyes, tuvo un pleito con una de sus sirvientas. La acusaba de haber roto un aguamanil de porcelana, regalo de su madrina, y quería que se lo pagara.

“La muchacha era cuidadosa, cumplida, bien hecha y muy hermosa… ése era el problema, porque la señora Argúndez sufría de celos. La joven decía que no había roto nada y que no tenía nada que pagar. La discusión fue creciendo, hasta que la mujer del juez dijo que iría a buscar al policía para que se llevara a la criadita a la cárcel.

“Don Atanasio se apeó de la hamaca, se cambió de ropa y tomó su portafolio, sin el cual jamás se presentaba en el juzgado. Su mujer le preguntó por qué se vestía, y él replicó que había decidido acompañarla.

«—No hace falta que vengas —le dijo la mujer—; yo sé cómo se hacen estas cosas.

«—Bien que lo sabes —contestó el juez—. Por eso tengo que ir. La que no sabe de estas cosas es la pobre muchacha. Tengo que defenderla”.

B / El muchacho que quería renunciar

—La creación —dijo el marinero una noche en que se sentía inspirado— es una función de títeres. Alguien que no vemos mueve los hilos, y parece que los muñecos viven por su cuenta. Deberíamos disfrutar la creación sin codiciarla. Disfrutar lo que la vida nos da y luego devolverlo.

El marinero ilustrado se volvió hacia la concurrencia con un gesto satisfecho, pero advirtió que no había entusiasmado a nadie, de manera que decidió contar una historia.

—Una vez, del otro lado del mundo —dijo el marinero y en seguida los parroquianos se animaron—, hubo un hombre sabio que tenía un hijo. El muchacho leyó con avidez, hasta que sintió que sabía todo lo que era posible saber. Entonces fue con su padre y le dijo: He descubierto que debo renunciar a todo.

«Así que el muchacho ya no quiso trabajar, ni aceptó obligaciones; se quedó en la casa entregado a la lectura y a la meditación. Después de un tiempo, su padre le preguntó si de veras había renunciado a todo, porque seguía comiendo en la casa, aprovechando sus comodidades y asistiendo a las fiestas que allí se celebraban. Como respuesta, el hijo se retiró a la selva.

«Cuando el sabio fue a verlo le preguntó cómo estaba. El muchacho le dijo que aún no alcanzaba la paz, pues su renuncia todavía no era perfecta. Se desnudó y dejó de hacer todo lo que no fuera indispensable para seguir vivo.

«Unos meses más tarde el sabio regresó a verlo y le preguntó si ya se sentía en paz.

«Todavía no —contestó el muchacho—. Pero lo único que tengo es mi cuerpo. Voy a quemarlo para renunciar a todo y unirme al Ser.

«Tu alma —repuso el padre— no va a quemarse con tu cuerpo, y los deseos de tu alma no te dejarán reposar en paz.

«¿A qué debo renunciar entonces? —preguntó el muchacho.

«Por fin eres humilde —contestó su padre—; por fin preguntas algo, así que tal vez ahora puedas aprender algo. Renuncia a todo lo que has aprendido. Usa lo que tienes y renuncia a la idea de que estás renunciando. Nada es tuyo y por eso, en realidad, no puedes renunciar a nada. Renuncia al deseo de renunciar. Renuncia al deseo de sacar provecho de tus acciones, pero no a las acciones. Toma lo que necesites y devuélvelo después. Cuando sepas que nada es tuyo sabrás que eres parte del universo, y alcanzarás la paz.”

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Imagen: bloghemia.com

Felipe Garrido